Dos soldados norcoreanos como moneda de cambio en una partida donde nadie les preguntó si querían jugar
Hay algo que deberíamos cuestionar antes de tragar el relato oficial. Cuando un jefe de Estado captura a dos personas, las retiene veinte meses, las exhibe en vídeos de interrogatorio, las ofrece como moneda de cambio a un tercer país, las traslada en secreto sin base jurídica clara y luego las revela desde una tribuna internacional para sacar rédito político, no estamos ante un acto de guerra legítimo. Estamos ante un método mafioso. Y deberíamos decirlo sin rodeos, porque si no lo decimos, el siguiente será cualquiera.
Enero de 2025. Región de Kursk. Dos soldados norcoreanos caen en manos ucranianas. Uno es explorador-francotirador. El otro, fusilero. Al primero le graban un vídeo diciendo que le habían enviado a Rusia “de entrenamiento”. Al segundo le encuentran un documento militar ruso falso, a nombre de un tal Antonin Aranzyn, nacido en Tuvá. Tiene la mandíbula vendada y responde por escrito. The Guardian lo cuenta el 12 de enero.
Y aquí debería parar la historia, ¿no? Dos prisioneros de guerra. Punto. Convenio de Ginebra, artículo 13, protección contra la curiosidad pública. Se acabó.
Pero no. Zelenski publica los vídeos.
Human Rights Watch ya avisó. Que difundir imágenes de prisioneros puede violar el III Convenio de Ginebra. Que la curiosidad pública no es un derecho del captor. Pero qué más da. El vídeo ya estaba subido. La exhibición ya estaba hecha. Y el valor de esos dos hombres como moneda de cambio se calculó antes que cualquier otra cosa. El 12 de enero, el mismo día de la publicación, Zelenski ofreció entregarlos a Kim Jong-un a cambio de prisioneros ucranianos en manos rusas.
Esto es lo que Zelenski ha hecho con dos soldados norcoreanos capturados en Kursk. Y lo peor no es lo que hizo. Lo peor es que casi nadie lo está contando como lo que es: un chantaje.

Veinte meses. Veinte meses estuvieron retenidos por separado. En mayo de 2026 Rusia pidió dos veces su devolución como parte de los canjes. Kiev dijo que no. Pero en noviembre y diciembre de 2025 pidieron asilo en Corea del Sur, mediante una carta filtrada a la AFP (Agencia Francia-Presse) donde hablaban de empezar “una nueva vida”. Pero ojo, pidieron asilo bajo custodia ucraniana. No en libertad. Encerrados. Y ese detalle importa, porque pedir asilo encerrado no es lo mismo que pedirlo cuando puedes elegir.
Y aquí viene lo que chirría de verdad en toda esta historia. Es como si un náufrago firmara un contrato leonino a cambio de subir al único barco que pasa por allí; dice que sí porque la alternativa es ahogarse, no porque las condiciones sean justas. ¿Y de verdad se puede sostener que esos dos hombres eligieron libremente? ¿Elegir con total autonomía mientras estás bajo custodia, incomunicado y tras veinte meses de encierro?
¿Alguien ha intentado alguna vez tomar una decisión verdaderamente libre cuando lleva casi dos años sin ver el sol y su vida entera depende de la voluntad de sus captores?
Un maldito discurso y un «malentendido» diplomático
El NIS surcoreano, el servicio de inteligencia, concluyó ante el parlamento que Zelenski hizo pública la transferencia para agitar la opinión pública surcoreana a favor de enviar armas. Lo dice el NIS. No lo digo yo. No lo dice un medio alternativo. Lo dice el propio servicio de inteligencia de Corea del Sur.
Y el contexto lo explica todo. Ucrania lleva desde 2022 mendigando misiles Patriot, artillería pesada y obuses de 155 mm. Al otro lado del tablero está Corea del Sur: uno de los mayores arsenales del bloque aliado de Estados Unidos. Sin embargo, Seúl se ha blindado en la diplomacia de mínimos, limitando su apoyo estrictamente a la ayuda humanitaria. Unos 445 millones de dólares desde el inicio de la invasión y otros 100 millones prometidos por el presidente Lee. No es una postura caprichosa; es un reflejo social: el 66% de los surcoreanos se opone tajantemente a enviar armas a una zona en guerra y solo respalda la asistencia médica y económica.
Así que la revelación en la ONU no fue un acto de transparencia. Fue una jugada de marketing geopolítico. Convertir dos hombres en un argumento vivo para que el público surcoreano diga “vale, mandemos armas”.
La contranarrativa de Seúl tiene sus grietas, claro. Según la oficina de Lee, fue Ucrania quien pidió el secreto. Por dos razones. Proteger a las familias de los soldados y evitar las críticas por haber renunciado al canje con Rusia. Kiev habría sacrificado un canje que beneficiaba a soldados ucranianos. Y el silencio le convenía. Lee además interpretó que hablar de un “conflicto inminente” entre las dos Coreas era un intento de arrastrar a la península a la lógica de la guerra. Porque su gobierno negocia con Pyongyang el fin formal de la guerra de 1953. Y esta publicidad lo dinamita.
Pero eso no quita que Zelenski usara a dos hombres como pieza oratoria.
En mi trabajo, cuando un paciente me cuenta que alguien cercano le ha manipulado, que le ha usado como herramienta para conseguir algo de otro, que le ha exhibido sin su consentimiento para sacar rédito, yo sé lo que estoy viendo. Sé lo que es. Y no necesito un manual para nombrarlo.
Esto es lo mismo. A escala geopolítica, con un Estado y un ejército y una tribuna en la ONU, pero es lo mismo. Capturar. Exhibir. Retener. Ofrecer. Trasladar en secreto. Revelar en público. Sacar rédito. Dos hombres sin nombre. Sin rostro. Sin voz propia.
Y lo que no está confirmado es lo que más importa. La identidad completa de los dos hombres. Su paradero actual exacto. La base jurídica del traslado. Si realmente pidieron asilo en libertad o bajo coacción. Si realmente fueron consultados antes del traslado. Si realmente se respetó su “voluntad libre”.
Más allá de los desmentidos y los giros diplomáticos, los hechos objetivos son incontestables. Dos soldados capturados en Kursk fueron exhibidos ante los medios, utilizados como moneda de cambio, retenidos en el aislamiento durante veinte meses, trasladados bajo un pacto de secreto y, finalmente, expuestos en la ONU como un resorte de propaganda. El propio NIS surcoreano concluyó lo que el sentido común dictaba: que la maniobra de Zelenski pretendía sacudir de raíz a la opinión pública de Seúl para forzar el envío de armas letales.
Si esto lo hiciera cualquier otro jefe de Estado, lo llamaríamos por su nombre. Secuestro. Exhibición de prisioneros. Chantaje. Uso de personas como moneda de cambio. Traición diplomática.
¿Por qué cuando lo hace Zelenski lo llamamos “estrategia de comunicación”? ¿Por qué cuando lo hace Zelenski lo justificamos con la guerra? ¿Por qué cuando lo hace Zelenski nadie se pone de uñas y dice “esto no es democracia, esto no es derecho internacional, esto es un método mafioso”?
Porque el método funciona. Capturas, retienes, exhibes, ofreces, trasladas, revelas. Y el mundo aplaude. O mira hacia otro lado. O dice “bueno, es que hay una guerra”. Y la guerra lo justifica todo. La guerra convierte a dos hombres en fichas. Y a un mafioso en estadista.
Y tú, que estás leyendo esto, ¿qué harías? ¿Te callarías porque hay una guerra? ¿O dirías que dos hombres son dos hombres y que nadie tiene derecho a usarlos como pieza propagandística desde una tribuna de la ONU?
Yo lo tengo claro.








