La instrumentalización de la fuerza laboral migrante en la pantomima de la democracia neoliberal

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«Nunca inflamos La Moneda
Haciendo guerra a otros países

Te pagamos con petróleo
e intereses nuestra deuda
Mientras tanto no sabemos
Quién se queda con la feria
Aunque nos hagan la fama
De que somos vendedores
De la droga que sembramos
Ustedes son consumidores»
De la letra de Frijolero, canción de Molotov

Mientras Trump asume el rol de gigante imprevisible, de ogro drogado y armado que dispara sin ton ni son (un rol que tanto beneficia al imperialismo para tener a quien cargar las culpas de lo que haría igualmente su versión menos descarnada, la demócrata) y viola la legalidad internacional a su antojo, en un acto propio de película de Rambo, secuestrando al presidente legítimo de la República Bolivariana de Venezuela, el resto de países se prepara ante la lotería de su próximo disparo.

La legalidad internacional ha muerto, agredida y violada. Con el cadáver del derecho global aún caliente y desparramado por el suelo, los marcos normativos locales -los de cada entidad nacional- se resienten a su modo y también son agredidos. Vemos así, por ejemplo en España, cómo se profundiza en el austericidio recortador de derechos y salarios, se echa de sus casas a familias o se deja morir a pacientes de cáncer de mama. De igual modo cuecen habas en los EEUU, donde quizás estas maniobras secuestradoras tan espectaculares de su presidente sirvan para meter bajo la alfombra esas miserias.

Y cómo no esas agresiones, repercutidas de lo internacional a lo nacional, se resienten más en las capas sociales más desfavorecidas. Así, vimos hace unos días en España cómo algo supuestamente desterrado volvía a suceder, y llegaba la denuncia en Huelva de un hombre acusado de explotación laboral y sexual de mujeres migrantes en situación administrativa irregular, contratadas en el sector agrícola.

También vimos -gracias a los videos de testigos- la ejecución sumaria ocurrida en Minneapolis cuando un oficial del ICE (los cuerpos de persecución de inmigrantes de Trump) asesinó a una inocente mujer blanca de clase media, poeta y madre de tres hijos.

Observen aquí el reflejo de la violación del derecho internacional en su proyección a nivel local, irónicamente producido en el mismo país que ejecuta esa barbarie a nivel global. Trump y el vicepresidente Vance tildaron de ultraizquierdista y terrorista a la mujer asesinada que tuvo el infortunio de tropezarse con los pistoleros del ICE. Ojalá exista el Dios en el que creen estos perros, para que les tenga reservado el juicio que merecen.

La podredumbre infecta del sistema político estadounidense, que naturaliza que en este país una persona merezca morir sin pasar por un juicio, solo por pensar diferente, tiene aquí un ejemplo en una persona de piel blanca. Pero son miles los ejemplos de personas de otros tonos de piel y otros rasgos, pues hacia ellos se intensifica la persecución. Por citar un ejemplo, Claudia Gómez era una joven de Guatemala a la que mató de un disparo en la cabeza un agente de la Patrulla Fronteriza en Estados Unidos en 2018. Un ejemplo entre la infinidad de casos que no nos llegan o que nunca sabremos porque sus cuerpos jamás fueron encontrados en los desiertos de Chihuahua o de Sonora, por los que cruza el fronterizo Río Bravo.

Bajo estas injusticias propias del salvaje Oeste, como si por el Río Bravo no hubiese pasado el tiempo que sirvió de escenario a aquellas películas del «formal» John Wayne, subyace una realidad que al sistema no le conviene desenterrar.

El capitalismo depende de la mano de obra inmigrante. Sectores clave de la economía estadounidense (agricultura, construcción, servicios, cuidado de personas) dependen históricamente de trabajadores indocumentados, quienes aceptan salarios bajos, condiciones precarias y sin protección laboral por su estatus vulnerable. Ocurre de igual modo en España en los mismos sectores.

La indocumentación permite a los empleadores pagar por debajo del salario mínimo, evitar beneficios (seguro médico, pensiones) y eludir regulaciones. Esto genera una hiperplusvalía sin la cual esos negocios no serían ni siquiera estimados por los capitalistas. Se estima que los migrantes contribuyen con billones al PIB, pero son excluidos de protecciones sociales.

De este modo se produce un ciclo de instrumentalización: se fomenta la migración por demanda laboral (véanse los contratos circulares para inmigrantes en España, o los llamados paroles humanitarios en USA), pero se niegan derechos plenos. Cuando conviene políticamente, se criminaliza a los mismos trabajadores como «ilegales», creando un ejército de reserva explotable y desechable.

El «mito de la tolerancia» de los gobiernos demócratas (o sus filiales en otros países como el PSOE y sus satélites sumatorios o podemistas) es una de las trampas propagandísticas. Obama deportó a más de 3 millones de personas —cifra récord— bajo programas que colaboraban con policías locales. Trump como vemos ha intensificado la retórica antiinmigrante y políticas como «Tolerancia Cero», pero Biden mantuvo deportaciones y restricciones fronterizas. La diferencia es de énfasis retórico, no estructural.

Ambos partidos sirven a los intereses del capital que requiere mano de obra flexible. Los republicanos usan un patriotismo explícito para movilizar su base; los demócratas adoptan un liberalismo simbólico que parece más humanitario y revive el «sueño americano» mientras mantiene el control fronterizo igualmente.

El uso abusivo de la inmigración da una vuelta de tuerca al usarse como chivo expiatorio. En períodos de crisis económica (como la decadencia imperialista que vivimos actualmente), la retórica política desplaza la culpa hacia migrantes por «robar empleos» o «sobrecargar servicios». Esto oculta problemas sistémico, como salarios estancados o recortes al bienestar. Todo ello contribuye al racismo estructural, la construcción del «inmigrante como amenaza». Se vincula migración con crimen (aunque estudios muestran que los migrantes cometen menos delitos que los nativos) para justificar más fondos a agencias como ICE.

La decadencia imperialista de EE.UU. como trasfondo

La pérdida de supremacía económica absoluta (ante el ascenso de China, por ejemplo) y derrotas militares (como Afganistán o ahora Ucrania) generan una ansiedad nacional que se proyecta en la frontera como último espacio de «soberanía controlable».El endurecimiento fronterizo es un síntoma de imperialismo en retroceso, donde la élite política busca reafirmar poder ante su población, prometiendo con su patrioterismo reaccionario protección contra «invasores» externos.

Aunque, como hemos visto, esto plantea una enorme contradicción. El capitalismo de EE.UU. necesita migrantes para mantener tasas de ganancia, pero su proyecto político nacionalista los rechaza. El sistema migratorio estadounidense es un mecanismo de regulación laboral y control racial, que oscila entre la explotación económica y la represión política. La violencia de ICE, las deportaciones masivas y la retórica nativista son expresiones de un capitalismo en crisis, que externaliza sus contradicciones hacia los más vulnerables mientras oculta su dependencia de ellos.

La decadencia imperialista se manifiesta como una locura fronteriza y una incapacidad estructural para reconciliar su modelo económico con los derechos humanos. Mientras no se desmonte la lógica de plusvalía extrema y jerarquías raciales, la doble moral persistirá, independientemente del partido en el poder.

Y sí, en España es la misma mierda que USA pero con distintos mojones

Donde allá son republicanos y demócratas, acá son PP (más sus caballos de posta VOX) y PSOE (más los caballos de posta correspondientes, IU, Podemos y demás spin-offs de estos) los que realizan la misma jugada.

Tanto EE.UU. como la UE operan bajo la dialéctica capitalista de la migración, necesitan mano de obra flexible y barata, pero deben gestionar la contradicción política que genera entre sus electorados. La UE muestra más esquizofrenia entre su retórica de derechos humanos y políticas nacionales restrictivas, mientras EE.UU. es más consistentemente represiva a nivel federal.

Ambos sistemas, aunque separados por un océano, son semejantes, ambos coinciden en los muros legales y físicos que no son tan altos como para esconder la explotación inherente, mientras se culpabiliza al migrante de las crisis sistémicas, estructurales e intrínsecas de un sistema podrido y decadente.

Esta similitud sugiere que no es un problema de políticas nacionales aisladas, sino del capitalismo global tardío, que requiere movilidad laboral pero rechaza derechos humanos cuando entran en conflicto con la acumulación de capital.

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