El rescate de la tía Antón

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Uno nunca cree saber del todo por qué ha escrito una historia o sobre un personaje concreto. Cuando la tía Mari vio la luz, creía que, de todas las personas cercanas, la había escogido a ella por la posible universalidad del personaje o por el cariño que nos une, aunque después de algunas presentaciones llegué a pensar incluso que realmente había estado transmutándome en ella para reflexionar sobre inquietudes propias y que la historia era solo una excusa para comunicarlas. Puede que la respuesta sea una combinación de ambas o que pensar siquiera en la elección de un protagonista u otro sea concederse demasiada importancia, pero es cierto que sin ella la historia de Costa Rica nº 2 no habría sido la misma.

De niño, cuando ya le daba un valor algo desproporcionado a la familia, tal vez por ser la primera comunidad de la que uno forma parte, o por la posibilidad de disfrutar de ella durante las vacaciones, mis primos y mi hermana eran con quienes quería pasar las horas. Pero, con los años y la madurez, uno comienza a apreciar a sus abuelos de otra manera, como si representasen el inicio de algo inexistente sin ellos, y, quizá, con la inocencia de quienes van descubriendo poco a poco que no son figuras inamovibles, sino personas que tuvieron un pasado del que sus nietos no pudieron formar parte.

A la sombra de mi abuela materna parecieron estar siempre sus dos hermanas. Una, que habría de convertirse en la protagonista de una novela, se nos antojaba gruñona y estricta; a la otra, a la que veíamos muy poco porque vivía en Madrid, siempre se le había reprochado la independencia con la que vivía, pero, probablemente sin saberlo, y aunque desde unas posiciones algo conservadoras, ambas han podido ser de las mujeres de su generación que menos explicaciones han concedido.

Hace poco, a la tía Antón se le ha acabó la independencia. Con noventa y un años ha aceptado a regañadientes las limitaciones de la edad y ha vuelto a Cádiz, a convertirse, sin que nadie pudiera imaginarlo nunca, en la compañera de piso de la tía Mari. Son tan diferentes y han entendido la vida de maneras tan opuestas que la complicidad que pudiera existir entre ellas al resto de la familia se nos hacía imposible. Cuando uno las ve juntas es capaz de apreciar que su relación transcurre entre el rechazo de sus personalidades y en la aceptación absoluta de la alteridad. No es necesario que pase mucho tiempo entre un punto y el otro, sino que en una misma escena cotidiana ambas pueden ser incapaces de aceptar las actuaciones ajenas, pero al instante siguiente descubren que su hermana es una persona autónoma con capacidad de elección y que pueden quererse aunque se saquen de quicio. Verlas en estas secuencias costumbristas puede considerarse un privilegio, porque en ellas, aunque sean escasas, uno percibe la ternura en su forma más desinteresada.

La tía Mari siempre había prometido que no volvería a Madrid, que ella se lo pasó muy bien cuando vino a opositar, que en Plaza Mayor fue a un tablado y que con una amiga animaron el cotarro, pero que no se le había perdido nada en la capital a estas alturas. También se le hace grande la ciudad, que con la edad todos nos acomodamos, y que coger el coche, como llama al tren, se le hace un mundo. Pero, ante la escasez de ayuda y ante la urgencia de la situación, se plantó en la ciudad para culminar el rescate de su hermana mayor.

Si la familia como primera comunidad se fractura ante situaciones complejas, observar a mi tía Mari cruzar con miedo la Gran Vía o agobiada por las calles, mientras mi tía Antón saludaba y sonreía a desconocidos en restaurantes, en taxis o por las calles, me ha permitido terminar de contemplarlas definitivamente como otras dos posibles abuelas que he ido ganando durante estos años. Con ellas he podido compartir más momentos de los que me podría haber imaginado cuando una no nos dejaba bañarnos en la playa y a la otra era incapaz de ponerle cara, y con quienes todavía puedo mantener las conversaciones que me habría gustado tener con mis abuelos.

Durante los preparativos para el exilio, en la que había sido la habitación de su hermana, la tía Mari le dijo, mientras intentaba guardar postales cubiertas de polvo o fotografías deslucidas para llevarse a Cádiz, que, Antoñita, los recuerdos se guardan en los lugares de los que carecían el hombre de hojalata y el espantapájaros. Yo, que llevo años pensando en las circunstancias de mi muerte o en la probabilidad de alguna enfermedad degenerativa hereditaria, me he convencido de que la tenacidad con la que mi tía dijo esas palabras y la mirada con la que su hermana las asumió se han convertido en un recuerdo del que, desde luego, no me pienso desprender.

No sé todavía por qué la tía Mari se ha convertido en la protagonista de mi primera novela. Puede que sea yo el que realmente tenga miedo al cambio o al paso del tiempo, o puede ser también porque mi tía es una de las personas a las que más admiro. Durante los días en los que estuvo en Madrid conseguí verla alinearse con su alter ego literario y actuar con la misma coherencia e integridad que su yo ficticio, y terminé de convencerme de que, aunque nunca llegue a saber el motivo, ella era la única persona que podría haber visto llover durante tantas horas desde Costa Rica nº 2.

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