Al comienzo de Las benévolas, el exoficial de las SS, Maximilian Aue, explica la imposibilidad de la mente humana de apreciar la realidad que representan cifras tan desmesuradas como la de muertos en la II Guerra Mundial. Afirma que es casi necesario comparar algunas cantidades tan excesivas con otras menores que nuestro cerebro sí pueda procesar para así alcanzar una idea aproximada. Como la cifra de más de 60 millones de personas es casi imposible de asimilar, resultaría más sencillo pensar que durante los seis años en los que duró la guerra murió prácticamente la totalidad de personas que viven actualmente en la Península Ibérica.
Desde que comenzaron la ofensiva, ocupación, bloqueo y, por último, política de exterminio de Israel sobre Gaza, más de 53.000 palestinos han sido asesinados por los ataques y políticas israelíes. En España, la cifra superaría el aforo del Mestalla, y, según la ONU, el mismo número de bebés que el de los habitantes de Jaca podría fallecer en menos de veinticuatro horas debido a la hambruna causada por el bloqueo israelí.
El mismo día en el que se celebró la sexagésima edición del Festival de Eurovisión, Israel atacó un campo de refugiados en Gaza, en el que fueron asesinadas 34 personas y 120 resultaron heridas, lo que supone una clase numerosa de la ESO y la capacidad de algunos autobuses urbanos, respectivamente. Borrell denunció en la Ser que la mitad de las bombas que caen sobre los gazatíes proceden de la propia Unión Europa, que permite, para evitar la indignación de países como Alemania, que amenaza con abandonar el concurso si se expulsase a Israel, que el país hebreo participe en el festival eurovisivo.
En el ayuntamiento de Münich ondeaba durante el verano de 2024, y puede que lo siga haciendo, la bandera de Israel, como si el gobierno local temiese ser calificado de antisemita, y como si considerase que su apoyo a la causa sionista en Eurovisión y en la guerra fuese capaz de redimir a Alemania de las atrocidades que cometieron antepasados que murieron hace décadas y que Maximilian Aue describe en la novela de Littell. Pero sin considerar que, para evitar caer en el calificativo tan temido por quienes tiemblan ante la posibilidad de ser vistos como cómplices de alguna fobia, apoyan, por cuestiones económicas o ideológicas, a quienes acribillan a las personas que van a recoger alimentos y ayuda humanitaria porque se están muriendo de hambre.
En España, Isabel Díaz Ayuso criticó, durante la celebración de Eurovisión, las protestas públicas de aquellos dirigentes o ciudadanos que cuestionan y denuncian la participación de Israel en el festival. Algunos sectores simpatizantes consideran que su respuesta bélica es una defensa justificada de los sucesivos intentos de Hamás para acabar con la población judía del país, del mismo modo que lo hubiera estado la aniquilación de la población vasca durante los años del terrorismo de ETA, y que es una manera legítima de acabar con la permanente amenaza a las aspiraciones sionistas. Ayuso también atacaba a quienes supuestamente se olvidaban de defender a aquellos homosexuales que serían perseguidos en los territorios bombardeados, sin darles la oportunidad a esos recién nacidos, que poblarían ellos solos la ciudad entera de Jaca, de crecer y desarrollar siquiera el rechazo, como si un pensamiento más retrógrado o intolerante fuera causa justificada para el asesinato y el genocidio, o, incluso, sin darles la oportunidad tampoco de llegar a condenarlo, o sin apreciar que Israel, a pesar de contar con Tel Aviv como paraíso vacacional de la población homosexual masculina, no permite la unión matrimonial de personas del mismo sexo.
En The Israel Lobby, John Mearsheimer y Stephen Walt afirman que Israel es la principal conductora de la política estadounidense en Oriente Medio y la causante de que las relaciones entre Estados Unidos y los países árabes de la zona hayan empeorado considerablemente desde la segunda mitad del siglo XX. Exponen las políticas intimidatorias, que se continúan llevando a cabo, detención de Hamdan Ballal por el documental No Other Land mediante, para continuar con sus políticas sionistas y genocidas impunemente, y no solamente evitando la intervención internacional, sino también contando con el apoyo de grandes potencias que acallan las voces críticas y haciendo testigo al mundo del regodeo de quienes participan impunemente en el festival europeo. El ensayo fue calificado, incluso por autores españoles como Roca Barea en Imperofobia, de antisemita, que se ha convertido en la defensa más absoluta para justificar cualquier acción israelí, al realizarse en amparo de la identidad y de la nación judía, aunque quieran obviar que la religión hebrea es irrelevante para condenar un genocidio que es celebrado en festividades como el Día de Jerusalén, en cuya procesión anual son quienes viven amenazados por las crecientes supuestas oleadas de antisemitismo, en un país fundado expresamente para los fieles de una religión concreta, los que entonan cánticos que desean la muerte de los árabes.
Rosa Montero escribe que Europa ha estado mal acostumbrada, por vivir durante décadas ajena a conflictos o situaciones que dejasen en evidencia a una estabilidad que no manifestaba ser tan frágil. La guerra de Ucrania, la pandemia del 2020, la tragedia en Valencia y Albacete o el apagón en la Península Ibérica contagiaron de una manera aparente a muchos de una incertidumbre extraña y novedosa, pero incapaz de sustituir los deseos e inquietudes individuales por ideales colectivos.
Los muertos que aparecían en cada telediario con una frecuencia espantosa décadas atrás tal vez lograron inmunizar, por lejanía geográfica, religiosa o ideológica, a quienes conocían el número de personas asesinadas por ETA, el IRA, en la guerra de Irak o en la de Yugoslavia, o por los atentados yihadistas. Y en Europa, las políticas comerciales reales de los gobiernos contradicen constantemente las declaraciones públicas sobre Palestina que emiten esos mismos gobiernos, como el español, que no solamente evita aprobar un real decreto ley mediante el que se embarguen las armas a Israel, sino que ha continuado importando material armamentístico o tecnología de seguridad del país que echa a familias de sus casas para convertir los terrenos en campos de entrenamiento militar.
Tal vez ante la hipocresía política europea, o tal vez ante la posibilidad de asistir, gracias a las redes sociales, a las historias personales de los afectados, las más de 50.000 vidas que poblarían el Mestalla ya no parecen tan lejanas, y cierta tardía conciencia social parece haber despertado. Ha aumentado la presión sobre la Unión Europea para intervenir, o pronunciarse al menos, sobre las matanzas, aunque von der Leyen haya denunciado el, según sus palabras, uso desproporcionado de la fuerza contra civiles, pero recalcando el apoyo de la Comisión Europea al derecho de Israel a la autodefensa, sin especificar si la respuesta bélica se enmarca en la autodefensa o simplemente en el ataque indiscriminado contra una población desarmada.
Cuando Maximilien Aue comienza a contar su historia, aunque no sea, durante la novela, un narrador demasiado fiable, es evidente que su mente ha quedado totalmente deteriorada por todas las masacres que presenció y cometió durante esos años. Probablemente por haber crecido con la costumbre de temer por su vida, la manera de percibir el mundo en Gaza y Cisjordania haya sido totalmente distinta a la europea, que nunca se ha preocupado, desde Yugoslavia y hasta la guerra de Ucrania, por los bombardeos o la falta de alimento. Pero quienes allí malviven están condenados a convivir con la incertidumbre de poder ser asesinados en cualquier momento y obligados a continuar viviendo, hasta que formen parte de los asesinados o del 90% de la población desplazada forzosamente, después de haber enterrado a miembros de su familia durante el conflicto reciente en el que más mujeres y niños han sido asesinados por cualquier ejército durante el mismo periodo, según Oxfam, mientras su percepción de la realidad empeora o las esperanzas de vivir dignamente disminuyen.
Si en un futuro, algún miembro del ejército israelí decidiese contar su experiencia durante la guerra en unas memorias, no únicamente tendría que justificar, o solo describir, los bombardeos, los gritos y las muertes, sino que también tendría que explicar a los futuros habitantes de Europa que el resto del mundo se mantuvo impasible ante el genocidio, que Netanyahu no fue arrestado a pesar de la orden emitida por la Corte Penal Internacional, y que las instituciones de distintos países escuchaban las canciones que Israel presentaba en el concurso de Eurovisión, sin estar a la altura para defender a unos ciudadanos cuyas muertes comenzaron a importar demasiado tarde.



