Amaia parece arrepentirse en Yamaguchi de haberse marchado del parque de cerezos en el que celebró fiestas de san Juan. Muchos de los que crecimos en Ceuta lo hicimos con la certeza de que también acabaríamos por abandonarla si queríamos estudiar en la universidad o ampliar las posibilidades laborales, sin ser conscientes entonces de que años más tarde compartiríamos con Amaia la misma emoción que ella siente al recordar el parque de su ciudad.
Durante los años previos, los comentarios y miedos acerca de una futura anexión de Ceuta y Melilla a Marruecos siempre existieron, aunque se imaginaban inciertos o exagerados. La crisis de Perejil, solucionada rápidamente gracias a la camaradería de Bush y Aznar, pareció ser la amenaza cumplida de un país vecino que nunca había ocultado sus aspiraciones expansionistas, aunque todavía sonasen a episodios históricos superados las políticas imperialistas que Rusia, China, Israel o Estados Unidos han rescatado y devuelto al presente.
La relación de Marruecos y Estados Unidos, que apoya, al igual que España desde marzo de 2022, la soberanía de Rabat sobre el Sahara Occidental probablemente haya facilitado la entrada masiva en Ceuta de casi tantas personas como las que habitan la ciudad autónoma. La crisis, considerablemente peor a la de 2021, ha dejado en evidencia la falta de recursos destinados a la protección de una frontera que ya se demostró demasiado frágil, a pesar de haber sido asegurados el refuerzo de la presencia de personal militar en la zona o la incorporación de Ceuta y Melilla al espacio aduanero europeo.
Marruecos parece estar cumpliendo la advertencia de estas décadas, como ya ocurriera con la Marcha Verde, y buscando simultáneamente una desestabilización política demasiado sencilla de provocar gracias a la pasividad del Gobierno, celebrada por Trump en su red social preferida sin sutilidad alguna.
En las semanas posteriores a que Ceuta viese cómo peligraba la realidad de una ciudad en la que casi el 50% de su población es musulmana, sin que nunca hayan existido graves problemas de convivencia por ello, las respuestas gubernamentales fueron escasas, contradictorias e insultantes.
Aunque se ha demostrado que Margarita Robles decía la verdad cuando afirmaba que el CNI advirtió de una posible entrada masiva en la ciudad, Sánchez y Marlaska no solo han exculpado al país vecino, sino que lo han definido como un socio fiable o calificado la inseguridad de los ceutíes como algo subjetivo. Para Mónica García la causa del aumento de diagnosticados con enfermedades que pueden ser epidémicas se debe a la xenofobia de la población, y no a la llegada de casi 100.000 personas procedentes de un país donde las carencias sanitarias son mayores. Ana Redondo desmiente el aumento de violaciones en la ciudad como consecuencia de la crisis, aunque médicos a los que no se permite informar a los medios de comunicación atendieron a menores marroquíes ingresadas tras haber sido violadas y un marroquí con antecedentes penales fue expulsado de España tras introducirse en la cama de una vecina mientras dormía.
Escribió Littell en Las benévolas que es imposible para la mente humana apreciar cifras tan inabarcables como la de muertos en la Segunda Guerra Mundial, aunque bastaría con saber la cantidad de habitantes ceutíes para suponer el alcance de la situación que está atravesando una ciudad fronteriza sin infraestructuras suficientes para los inmigrantes. Considerar además a esa población como una masa homogénea no solo los deshumaniza, sino que borra todas las circunstancias que los acompañan.
El 30 de julio hubo familias que cruzaron la frontera a nado con bebés a los que hubo que ingresar por hipotermia, jóvenes que pasaron para divertirse y que volvieron a la mañana siguiente, niños dirigidos por adultos, inmigrantes que volvieron pese al rechazo de Marruecos, hombres con antecedentes sexuales, adolescentes que mueren en hospitales, posibles yihadistas, niñas y mujeres a las que sus propios compatriotas violarían a cambio de una protección ficticia y más de ciento cuarenta fallecidos.
El oportunismo político y mediático de quienes quieren contribuir a la desestabilización y a la desinformación, y de quienes curiosamente se preocupan ahora por temas sociales que antes rechazaban, los ha tratado como entes irracionales y salvajes, seres mitológicos a los que grabar para que la polarización acrítica aumente, olvidando que Marruecos los ha utilizado para generar el caos y obviando que la criminalidad es consecuencia de la pobreza que muchas de sus políticas causan.
Para los procedentes ideológicamente de posturas de izquierdas, el Estado debe mantener una actitud funcional y operante ante crisis que puedan perjudicar a los habitantes del país e intervenir para fomentar y perpetuar medidas sociales frente a las políticas liberales, pero tras los primeros días no hubo gestión alguna por parte de un gobierno aparentemente socialista, sino recomendaciones musicales que contribuyeron al enfado y a la impotencia de quienes necesitaban actuaciones inmediatas.
Una de las primeras medidas, que el propio presidente ha considerado tardías, supone la aprobación de 309 millones de euros para reforzar los servicios públicos, la seguridad y la acogida de los inmigrantes, marroquíes y subsaharianos, a los que los propios inmigrantes procedentes de Marruecos consideran inferiores. Pero también ha tomado el Gobierno el control del puerto de Ceuta para alojar a 1.000 inmigrantes de manera provisional hasta final de año, sin poder asegurar si podría convertirse en un campo de acogida temporal similar a los existentes en las Canarias.
A pesar de la colaboración, tardía también, de la Unión Europea con 114,7 millones de euros para proteger la frontera sur del continente y acelerar las repatriaciones, que deben basarse en análisis individuales de acuerdo con la legislación europea, las medidas tomadas no supondrían una solución real a una amenaza latente, sino un remedio temporal.
Taleb Alisalem describe el proyecto del Gran Marruecos y el plan expansionista marroquí como una táctica paciente, en la que España seguiría atrapada si Marruecos continúa causando y resolviendo el problema migratorio según sus intereses. Afirma también el activista saharaui que uno de los objetivos primordiales de la monarquía alauita es convertir a las ciudades autónomas en territorios inseguros e incluso disputados y conseguir que el resto de España y Europa así las considere para facilitar su anexión. Sin ocultar su objetivo, Nizar Baraka, ministro de Obras Públicas y Agua de Marruecos, insiste en la reclamación marroquí de Ceuta, a la que incluye en su territorio nacional. Aquellas afirmaciones de décadas atrás no se perciben ahora tan exageradas, sino que provocan inquietud ante la docilidad con la que un Gobierno permite un atentado tan grave a su soberanía territorial.
Gran parte de los partidos políticos que se denominan de izquierda parecen avergonzarse todavía de conceptos que no deberían tener carga ideológica alguna, como soberanía nacional, integridad territorial o patria, pero que en España suelen asociarse todavía a la derecha. La defensa real de España supondría una confrontación con Marruecos, mediante la recuperación de la postura tradicional sobre la autodeterminación del Sahara, el endurecimiento de los controles fronterizos sobre las importaciones de Marruecos o sobre el suministro energético, así como la recuperación de la gestión directa de sus fronteras.
El espionaje marroquí a través de Pegasus es para muchos la respuesta a la falta de políticas efectivas que atiendan a un problema que, aunque algunos lo consideren una crisis humanitaria o una cuestión racista, comenzó con las tesis de Allal el Fassi a mediados del siglo XX y cuyo fin parece no apreciarse todavía.
Con el paso de los meses y la gestión, los ciudadanos de Ceuta están obligados a acostumbrarse a una realidad que hasta hace poco les resultaba inimaginable. La población ceutí se ha manifestado ante la ausencia de responsabilidad política, se mantuvo impasible ante los populismos de Quiles o Alvise y Melchor León, diputado socialista, defiende la integridad de su ciudad frente al abandono de su partido o las mentiras del delegado del Gobierno, pero, sin que los ruegos o las protestas parezcan suficientes, la población ceutí teme que, en unos años o en algunas décadas, la letra de Amaia en Yamaguchi se les antoje más cercana todavía, cuando, quienes abandonaron la ciudad para estudiar en la península o quienes hubieron de abandonarla por cuestiones geopolíticas, lamenten haberse marchado de los montes en los que festejaron el día de la Mochila o de las playas donde celebraron fiestas de san Juan.



