Aranceles: cómo el imperialismo decadente pretende exprimir más a la clase trabajadora

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Los interesantes tiempos que nos tocó vivir nos dejan de sorprendernos con extrañas situaciones. Partidos que son a la vez Gobierno y oposición, políticos que de la noche a la mañana pasan de aplaudir a la OTAN a exigir la salida, economías que van como un cohete mientras la gente realquila habitaciones, amenazas de invasión rusa, rearmes que no son rearmes aunque se trate de gastar miles de millones en armas… Por si fuera poco este esperpento, ahora nos llega una nueva propuesta: poner aranceles enormes para combatir la inflación.

El presidente de EEUU anunció el pasado miércoles que extenderá masivamente su guerra comercial con China al resto de países del mundo, por la vía de imponer aranceles altísimos a las importaciones que vengan incluso de sus países aliados. Este anuncio fue declarado como liberation day, el día en que la economía yanqui renacía, volviendo a hacer a USA wealthy again.

No es la primera vez que Trump ejecuta una medida de este tipo, pues esa guerra comercial contra China se lleva produciendo desde 2018, en el mandato anterior de Trump. La medida era supuestamente destinada a combatir lo que estimaba una «práctica desleal de China» y a reforzar la industria norteamericana. De hecho, en su campaña electoral Trump ya advirtió que la palabra tariff era la más hermosa del idioma inglés, incluso por encima de la palabra love. Este aumento arancelario, nos dicen los expertos, puede producir graves consecuencias en el mercado mundial.

Los aranceles provocarán altos niveles de inflación en el propio país norteamericano, esto es, los precios de los productos tenderán a elevarse considerablemente. Además, ese anuncio de incremento en los precios provoca que los ciudadanos se alarmen y acudan a comprar los productos antes de que suban de precio, lo que finalmente deviene en que las superficies comerciales tiendan a subir los precios ante la mayor demanda, con lo cual se produce igualmente la inflación y la carestía en determinados productos como ha sucedido por ejemplo con los huevos en el país americano.

Esta situación amenaza además a propagarse a los países que incluso son aliados de EEUU como Japón o los miembros de la Unión Europea, cuyas tasas subirán hasta en un 20%. Así lo anunció Trump en el pasado «día de la liberación» mostrando en público unas tablas enormes, como un moderno Moisés tras descender del monte Sinaí.

A su vez, los países señalados han advertido que esa jugada puede volverse del revés y han anunciado subidas similares a los productos norteamericanos. Esto parece tenerlo previsto el propio Trump, pues asegura que esos aranceles son «recíprocos». Es decir, Washington parece tener previsto todo y ya ha añadido el incremento de los aranceles estimando la subida recíproca que efectuarán el resto de países, como puede observarse en las bíblicas tablas mencionadas. China, por ejemplo, es el segundo país del que EEUU importa tras México en una cantidad que supone el 3% de su PIB. Aunque EEUU ha reducido en parte las importaciones de bienes chinos en los últimos años, de todos modos esta influencia se hace notar en el valor agregado obtenido en EEUU y cuyo origen es realmente China, a través de los productos fabricados en China y que se reutilizan en terceros países para finalmente ser exportados a EEUU.

Esta situación esperpéntica nos deja asombrados, pues aparentemente es un sinsentido absoluto. Supuestamente el gobierno Trump vino a sustituir a un Biden que perdió votos al ser culpado de las altas tasas de inflación sufridas en EEUU tras la pandemia.

¿Hay algo detrás de este absurdo que se nos escape? Como siempre, el análisis concreto de la situación concreta suele ser nuestro mejor aliado para intentar entender estas complejas situaciones.

Tras estos aranceles habría que explicar que se encuentra el déficit comercial de EEUU con cada país, esto es, la relación entre exportaciones e importaciones, cuyo índice obviamente desearían reducir a cero. Para ello debería principalmente aumentar sus exportaciones a estos países, pero si estos países encuentran esos grandes aumentos en los aranceles responderán negativamente a esa exportación al ser lógicamente encarecido el precio de los productos. Esta tormenta perfecta tiene todas las señales de conducir a una gran inflación y por tanto a un probable periodo de recesión económica, que repercutirá además en los países asociados a la economía del entorno atlántico (España incluida, por supuesto).

Sin embargo, como hemos comentado, el objetivo de este segundo mandato del Ejecutivo de Trump era revitalizar su economía y protegerla de este déficit con respecto a, por ejemplo, los países BRICS a través del reforzamiento de su sistema productivo. Esto sencillamente contradice la política de los EEUU de las últimas décadas, que se ha caracterizado por lo opuesto al reforzamiento de la producción propia. Ese reforzamiento -tal como han realizado otros países como China mediante una economía planificada- se lograría con la inversión en infraestructura, en industria local, en los sectores estratégicos propios, etc. Pero en lugar de ello, EEUU se ha caracterizado por sustituir la producción por capital financiero y la inversión principalmente en movimientos accionariales. Estos movimientos financieros producen un altísimo rendimiento a los grandes accionistas de las corporaciones y reflejan en las estadísticas unos impresionantes índices de «salud» económica, pues se traducen en elevadísimas tasas de interés para los beneficiados en esos movimientos accionariales. Aunque, tras ello, no exista ningún producto real y material, sino meras jugadas bursátiles.

Un reflejo de esta situación podemos encontrarla en la especulación inmobiliaria que está agudizando el problema de la vivienda en España. país que igualmente ha visto deteriorada su capacidad productiva (por mandato de la UE desde su entrada en la organización) y derivada su economía hacia el sector turístico. Así, ante el escaso margen de beneficio a través de la vía productiva, es normal que los capitalistas tiendan a reconducir sus intereses al campo inmobiliario.

Así pues, en realidad la intención de estos incomprensibles movimientos del Gobierno de Trump parece más destinados a cargar sobre las espaldas de los consumidores el peso de su incapacidad para competir en los mercados con los países BRICS. Serán los hogares trabajadores quienes soportarán subidas de precios en muchos productos. Ni se tocarán los intereses de las grandes empresas, bancos o fondos de inversión. Estos en cambio, aparte de salir de rositas, podrán aumentar sus ganancias si saben aprovechar ese incremento de la presión sobre las clases populares.

Se trataría entonces de otra consecuencia del pérfido trumpismo, según nos advierten quienes aseguran que es mucho peor la pata republicana del sistema bipartidista yanqui que la pata demócrata. Primero, tras ridiculizar en público al «comediante mediocre» Zelensky, logró imponer el gasto militar a los socios europeos, quienes sin inmutarse recogieron el testigo de la guerra y andan buscando 800 mil millones de euros para comprar armas (¿las comprarán a USA?) y prolongar la guerra y salvarnos así de la «amenaza rusa».

Ahora sabemos que quizás encuentren en una elevación de los precios la forma de recaudar ese dinero para las armas. Como en la parábola de la rana hervida, la clase trabajadora continúa impasible mientras todo a su alrededor se dirige al retroceso de su calidad de vida, a la pérdida de derechos, y ahora además a un posible conflicto global que pagará con su sangre en el frente o sufragando las armas.

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