Enormes suspiros se sintieron ayer en España tras conocerse los resultados electorales en Alemania. Las expresiones de alivio fueron inmensas. ¿Era alivio por saber si Europa se distanciaba por fin del genocidio en Gaza? ¿Por el anuncio del fin de la guerra de Ucrania y del gasto militar? ¿Por el cese de los techos de gasto que recortan servicios públicos? Nein, nein, nein.
Parece ser que fue por otros motivos. Por un lado, la enésima expresión del mal menor, que no ganó la ultraderecha. Hay que aclarar aquí que en el imaginario vigente ocurre como con los esquimales con el color blanco, se distingue variedad de matices en lo que aparentemente es igual, y así puede haber partidos moderados, derecha, ultraderecha e incluso una autoidentificada izquierda, aunque todos sean en realidad versiones de gestores de los mismos intereses otanistas.
Y en ese amplio espectro de opciones reaccionarias, se considera preferible que ganase un candidato que fue directivo de BlackRock. Sí, ese enorme fondo de inversiones americano que especula con sectores estratégicos de naciones enteras. Será quizás porque en los Gobiernos de Europa los delegados de BlackRock son ya como de la familia. Más vale lo malo conocido, deben pensar los malmenoristas.

Por otra parte, otros celebraron también un gran alivio por que el partido de Sahra Wagenknecht se quedase a poco de entrar en el Bundestag. A la candidata alemana ya la habían juzgado, condenado y expuesta en público como «xenófoba». Daba igual conocer la propuesta real, tampoco importaba averiguar qué medidas ofrecía sobre la guerra o Palestina o los servicios sociales. El veredicto ya estaba dictado.
Y de ese modo respiraban aliviados por la derrota de la «xenófoba», argumentando que «la gente no es tonta» y que puestos a elegir siempre prefieren la «versión original» conservadora a los experimentos. Este alivio tan peculiar venía de los mismos que participan en Gobiernos que envían armas a nostálgicos de Stepan Bandera, o comercian armas con los ejecutores de un genocidio, o escalan la guerra en su propio territorio hasta niveles nucleares, o ven cómo les revientan un gasoducto en la cara y miran para otro lado.
Son también los mismos que aseguran sentirse preocupados por las personas refugiadas o por los que se ahogan en el Mediterráneo, mientras sostienen a los Gobiernos que ejecutan los expolios imperialistas, y mientras tratan como terroristas a quienes traten de zafarse de la opresión en los países colonizados.
Siguiendo esa lógica, podríamos también preguntarnos ¿quién necesita a la derecha española si la supuesta izquierda cumple a la perfección sus deseos?
Todo este enorme teatro de apariencias y fingimiento debería alertar a cualquier hijo de vecino que haya logrado mantener un mínimo de capacidad de reflexión, pese al aturdimiento de los medios. Pero qué va. Quién quiere perder el tiempo en razonar pudiendo economizar gastos con simples atribuciones primarias y silogismos para mentes estrechas.
En confianza les explicaré algo. Todos esos alivios denotan una preocupación profunda y mal contenida. La preocupación de que ese teatro del absurdo quede al descubierto, de que se caiga la careta y se vea lo que hay en realidad. Porque si se ve, muchos se quedan sin obra donde actuar.
Y parece ser que esta vez han conseguido sortear la clausura, se prolonga la función. De momento.









