Existe una lógica inquietud por conocer cuál es el alcance real del desastre sufrido en la provincia de Valencia, una vez que han pasado ya cinco días. Esta preocupación tiene su base en dos principales motivos: el testimonio directo de los vecinos y los voluntarios, cuyas imágenes muestran los lugares en los que aún no se han retirado las montañas de vehículos y escombros, cuya dimensión es escalofriante, y por otra parte la desconfianza que producen tanto los responsables administrativos, locales o estatales, así como los medios informativos.
El ministro Óscar Puente señalaba en su cuenta de X que el número oficial era de 214 (a las 11 horas del 3 de noviembre; según medios el número ahora mismo, 24 horas más tarde, ha subido sólo en 3 y son 217) y que «hablar de otras cifras es una especulación». Puente indica en el mismo comunicado que no tiene sentido pensar que se oculta el número real porque todavía no se han rastreado todas las zonas, aún inaccesibles.
El diario ABC ha publicado esta misma mañana que los equipos de rescate no han encontrado ningún cadáver tras achicar el agua en el parking del Centro Comercial Bonaire. Se trataba de una de las zonas que más preocupación producía, debido a que es un centro comercial de gran tamaño.
En medio de esta gran inquietud, se produjeron ayer escenas esperpénticas en las visitas oficiales de Felipe VI y de Pedro Sánchez. Ambos tuvieron que acudir a las zonas afectadas en medio de un fuerte operativo policial y aun así recibieron lanzamiento de barro y objetos por parte de vecinos indignados.
Si no es suficientemente esperpéntico por sí que exista un personaje anacrónico y símbolo de nuestra sumisión colonial al neoliberalismo como Felipe VI, y asimismo que el presidente haga esa visita con tan considerable comitiva cuando se está cuestionando la escasez y lentitud de las ayudas, ambos actos han dejado una imagen grotesca.
Algunas fuentes indican que las protestas estuvieron provocadas o alentadas por organizaciones de ultraderecha, con la finalidad de dar una imagen positiva del rey y, en contra, negativa del presidente. Por otra parte, tenemos el habitual intento de las fuentes afines al Gobierno de Coalición por menospreciar las protestas contra sus gestiones. Ambas situaciones señalarían una grave situación de manipulación de una catástrofe por intereses partidistas.
En cualquier caso el disparate es incomprensible. Extraña que ambos personajes tuviesen la urgencia de hacer la visita oficial de rigor ayer, a sabiendas que iba a existir una razonable y justa expresión de indignación por parte de los vecinos afectados. Dan pábulo a pensar que esas visitas no se pospusieron a un momento más adecuado precisamente porque aún no se ha dado la cifra real de fallecidos, y que esta va a ser muy superior a los doscientos y pico confirmados hasta ahora. Es lógico que se produzca desconfianza.
No da ninguna confianza que posean más poder las grandes empresas que los propios responsables políticos, y que estos acaben siendo finalmente simples mediadores de los intereses de las empresas, dejando de lado siempre a los trabajadores y trabajadoras, que son quienes finalmente acaban pagando con su sufrimiento y sus vidas.
Tampoco existen motivos para depositar confianza en unos gestores que han procurado eludir la responsabilidad del retraso en la declaración de la alarma a nivel local, así como de la torpeza en la gestión desde las instancias estatales.
No existe tampoco confianza en un Gobierno que, pese a haberse arrogado la creación de un «escudo social», mantiene a su población en un estado cada vez más deficiente, en peores condiciones de asistencia sanitaria y de servicios públicos, con una grave crisis de vivienda, y que por contra está gestionando un auténtico agosto para el beneficio récord de las empresas y de los especuladores y rentistas.
Para remate, somo testigos cada día de las noticias de enormes envíos de dinero público a las guerras a las que la Unión Europea nos tiene encomendados, como parte de los intereses de la Alianza Atlántica (incluida la relación con los genocidas del pueblo palestino), y que esos mismos medios nos venden como cuestiones prioritarias y de absoluta necesidad, pues al parecer nos defienden de supuestos enemigos.
Y mientras esto se produce y hay víctimas aún sin extraer, el riesgo de un peligroso contagio se cierne sobre nosotros. No me refiero solo al riesgo que corren las personas que han tenido la valentía de acudir a aportar su ayuda a Valencia. Me refiero al riesgo de que los oportunistas y los fascistas aprovechen la confusión para atribuirse méritos. En ausencia absoluta de un referente de clase, el contagio fascista es bastante posible. Y se produce precisamente porque se ha abandonado un cometido fundamental: decir la verdad a la clase trabajadora.
Tal vez sea momento de preguntarse si ese supuesto enemigo al que enviamos miles de millones no está más allá de las fronteras europeas sino que lo tenemos en nuestra propia casa.








