Por Pilar Aguilar Carrasco (Presidenta del Partido Feministas al Congreso PFAC)
Durante años, a base de bregar sin tregua, el movimiento feminista fue fortaleciéndose. Y llegó un momento en el que eclosionó y rompió barreras. Así, en 2014, logró parar una ley y hacer dimitir a un ministro.
En 2015 la Marcha Estatal contra las Violencias Machistas, celebrada en Madrid el 7 de noviembre, reunió a 200.000 personas.
El 8M de 2018, la huelga feminista tuvo un seguimiento estimado en cinco millones de mujeres.
Tres meses más tarde subió al poder el PSOE. Las feministas estábamos seguras de que el gobierno progresista atendería al menos algunas de nuestras más perentorias demandas. Con ese impulso, la manifestación del 8M del 2019 fuera potentísima.
Pero, progresivamente, a medida que pasaban los meses, los años, los gobiernos, nos fueron invadiendo, primero, la incredulidad y la perplejidad; luego, el desencanto y, finalmente, la ira. Porque ¿quién, ni en sus peores y más negras pesadillas, podía imaginar que hoy, 8 años más tarde, estaríamos como estamos?
No solo no ha atendido nuestra agenda, sino que nos han atacado, aislado, denigrado y debilitado. Y lo han hecho con armas novedosas y, desgraciadamente, muy potentes.
Así, lejos de utilizar contra las feministas los clásicos insultos de “feas, amargadas, mal folladas” (dicho sea de paso: si todas las mal folladas fueran feministas, el 90% de las mujeres estaría con nosotras) usaron una táctica inédita que ha resultado demoledora: apropiarse de la palabra para llenarla de contenidos espurios y antifeministas propagando así desconcierto y desánimo.
Y duro es admitirlo: han debilitado al movimiento feminista. Nos intentan dividir, maniatar y acordonar de todas las maneras posibles. Así, por ejemplo, consiguieron que todas las que con regularidad publicábamos en prensa y participábamos en programas de radio y tv fuésemos vetadas.
De modo que, después de 8 años de gobierno “progresista”, los índices de feminicidios y de violencia contra las mujeres han aumentado. Y quien lo dude solo tiene que consultar los datos hospitalarios que dan cuenta del número de mujeres atendidas por agresiones machistas ocasionadas incluso en relaciones sexuales “consentidas”.
La última Memoria de la Fiscalía General del Estado denuncia que los delitos sexuales perpetrados por menores han subido un 35,85%. En 2025 se contabilizaron casi 4.500 ataques contra la libertad sexual cometidos a edades tempranas. La Memoria señala que estamos ante una “alarmante espiral que no para de crecer”.
No es de extrañar: Unicef, en un informe elaborado con las respuestas de casi 100.000 participantes, concluye que, a los 11 años, la mitad de la población infantil ya ha accedido a contenidos pornográficos.
Robin Morgan lo dijo: “La pornografía es la teoría y la violación la práctica”. Y la prostitución es la violación pagada. El gobierno alega que poner coto a la pornografía es difícil. Cierto, sí, pero con el acceso a las prédicas terroristas se consigue ¿verdad?
Para colmo, han dinamitado lo poco que se hacía para educar en igualdad… Ahora, todo es “diversidad y transexualidad”. Y quienes no comulguen con la doctrina queer (o sea, las profesoras feministas) incluso se exponen a severas sanciones.
Miremos donde miremos, el panorama es desolador. Suena brutal decirlo, pero más brutal es constatar que, en muchos aspectos, hemos empeorado.
Así las manifestaciones “feministas” que cuentan con apoyo oficial piden la legalización de la prostitución. Alucinante…
Hace dos años, el 8M, la Ministra de Igualdad, tuvo a bien acudir por la mañana a la manifestación institucional y por la tarde a la feminista. Declaró que lo hacía porque “Es más lo que nos une que lo que nos separa”. Piensa, pues, que ser abolicionista o ser regulacionista es un detalle secundario…
Los fieles del PSOE alegan: “Es que han tenido que pactar”. Y sí, gobernar es también pactar. Pero ¿por qué nos pactan a nosotras siempre y siempre a la baja? Podían pactarnos al alza: “Abolición de la prostitución, sí o sí. A ver, a cambio, qué pedís”.
Y los fieles alegan: “Perderían votos”. Pues no. Según la macroencuesta realizada por el CIS y presentada en febrero de 2026, en España, el 69 % de la población considera que la prostitución es una forma de violencia contra las mujeres. Puede que no todas esas personas aboguen por un abolicionismo radical, pero, a ver, si el gobierno ha conseguido mediante una pertinaz, constante y poderosa, campaña convencer a buena parte de la ciudadanía de que un hombre que “se siente” mujer, lo es y que una adolescente que se espante ante el panorama que se cierne sobre ella solo por ser mujer, es, en realidad, hombre ¿cómo no lograrían fácilmente que, ese 69% abogara por aprobar una ley como la LOASP?
Ahora bien, también sabemos que nunca el feminismo ha perdido ninguna batalla. Pequeñas derrotas puntuales, sí; épocas en las que hemos tenido que estar muy replegadas, también, pero siempre hemos terminado consiguiendo las reivindicaciones por las que luchábamos.
En esta nueva fase que vivimos, constatamos que ni las súplicas de algunas ni las protestas y rebeliones de otras hacen mella en nuestros supuestos “aliados progresistas”. De modo que la cuestión es ¿cómo seguir avanzando? Muchas ya hemos respondido: se acabó lo de pedirle al poder que nos escuche, ha llegado el momento de que nosotras accedamos directamente al poder. Ha llegado el momento de disputarles el voto y de que, respaldadas por ese voto, les obliguemos a pactar.
Y sí, claro, hemos de vencer un muy fuerte escollo: las mujeres no confiamos en nosotras mismas. El patriarcado nos educa en la autodesvalorización y la sumisión. Las tenemos profundamente interiorizadas.
Pues habrá que redoblar esfuerzos para vencer esas resistencias, porque está clarísimo: o les asustamos (y solo les asusta lo que les disputa poder) o tendremos que vivir avasalladas durante muchos años más.
Y no, no vamos a resignarnos.








