Por Adriana Flórez
“Vulnerabilidad”, es la palabra que une a la vida humana en su principio y en su final. “Sagrado”, en su sentido laico refiere, según la RAE, a lo que merece el máximo respeto, donde “máximo” quiere decir máximo.
Y bien, si algo hace de nuestra especie una especie distinta a cualquier otra, no es tanto nuestra capacidad sapiens, cognitiva, sino el hecho de que en nosotros bulle, conforme transcurre nuestra vida, un proceso en el que nos producimos a nosotros mismos, como una serie, como una película, como una novela. Se trata de la producción de nuestra subjetividad que, aunque depende de nuestra capacidad cognitiva, es distinta de ella.
Homo novelus, es lo que somos, en un sentido esencial. “La IA también podrá escribir novelas”, se dice. Pero, en el caso de que fuera cierto e incluso de que fueran “buenas”, no es lo mismo escribir que vivir una novela. Nuestro producirnos como sujetos, indisociable del latir de nuestro cuerpo, de sus pulsiones, de la participación de lo inconscientes y de nuestra mortalidad, es un proceso que la IA no podrá nunca ni emular. Homo novelus. Y, si de novelas se trata, no se puede exagerar la importancia ni del principio ni del final.
Arrancar a una persona de 87 años de su vivienda y de su entorno, como han hecho con Maricarmen el pasado 23 de septiembre, puede cuartar de muchos modos su novela. Malograr un vivir de la mejor manera, a nivel subjetivo, esa última etapa de la vida. Impedir que eso que bulle en su interior y hace de ella un ser humano, se coloque de un modo digno, de un modo que le concilie, en términos simbólicos, con el ya próximo e indefectible final de su vida.
¿Puede haber algo más sagrado? Al parecer, sí: la propiedad.
“La propiedad privada es sagrada y la defenderemos a ultranza”, dijo recientemente una política de cuyo nombre no quiero acordarme. Una política demasiado conocida que, poderosa, así ha terminado de consolidarse junto con Maricarmen como un símbolo, exactamente en el mismo plano, pero en el polo contrario. Con una Maricarmen de 87 años que han tenido que sacar en camilla de la casa que habitó durante 70 años, por desahucio, aunque pagara mes con mes el alquiler que podía (500 euros). Con una Maricarmen que, en medio del dolor y la vulnerabilidad extremas, y sin que ello disminuya la gravedad de su situación, después de una larga resistencia ha podido decir: “he ganado”. Sí, lo dijo.
De un lado la propiedad, del otro la dignidad: la humanidad como tal.
Me refiero a la humanidad como tal que bulle en nosotros si y sólo si en su momento, que empieza desde que salimos del vientre de nuestras madres, se dan las condiciones para que psíquicamente nos constituyamos como sujetos. Donde, ni esas condiciones, ni esa constitución se pueden dar por sentadas: sabemos lo que ocurre con un bebé si lo crían los lobos. He ahí el meollo de la cuestión.
La humanidad en sí misma es un patrimonio que se hereda a través de las generaciones. Que un cachorro humano se convierta en un ser humano depende de muchas condiciones que no puede proporcionar, por ejemplo, una manada de lobos.
Un bebé, aun viendo cubiertas sus necesidades fisiológicas, si carece de contacto con algún otro mamífero suficientemente hábil y presente, perecerá por un síndrome que se ha denominado “hospitalismo” al que subyace una bioquímica que lo explica, hoy muy bien estudiada. Una manada de lobos le puede salvar la vida.
En cambio, el proceso que hace posible, no la mera sobrevivencia, sino la constitución de la subjetividad, aún teniendo también una base fisiológica (sin cuerpo no hay ni lenguaje ni vida) y requerir contacto físico, es eminentemente simbólico: sin ese registro no hay novela.
Para sobrevivir basta con alimento y una manada de lobos bien dispuesta. En cambio, para llegar a ser “alguien”, para convertirnos en seres humanos, hemos de ser recibidos por “un Otro que no sea anónimo”, decía Lacan. Las vías por las que se transmite la herencia simbólica que nos constituye como seres humanos tienen que estar habilitadas y activarse de manera eficiente día tras día, las 24 horas, en el entorno que nos recibe al nacer y nos verá crecer.
Que el proceso mediante el cual un cachorro humano deviene ser humano no se malogre, depende de muchas y delicadísimas circunstancias a las que hay que atender con enorme mimo en los primeros tiempos para, ya después, poder soltar paulatinamente. Cuando se juega con un niño o bebé, cuando se le canta y acuna, se vuelve a alumbrar, se acuna, a la humanidad toda como tal.
¿Puede haber algo más sagrado? Si hablamos en términos simbólicos, ni siquiera la vida. Se trata del sentido, del significado de la vida humana.
Del valor y de la fragilidad extrema que en su origen ello comporta sabe el temblor: el que sienten en sus brazos las madres y algunos padres cuando dejan a sus bebés en esos otros brazos que, cuando hay condiciones, sin temblar los reciben en las escuelas infantiles: los de las educadoras.
¿Puede existir un trabajo más importante, más sagrado?
Es curioso, los trabajos y responsabilidades de los que dependen de manera muy directa las condiciones primarias de la humanidad como tal están, salvo rarísimas excepciones, a cargo de las mujeres: pero todo transcurre como si no nos enteráramos. Al margen de que a nuestro primer idioma se llama, no por nada, “lengua materna”.
“No es conciliación”, dicen con el puño en alto en su lucha las educadoras, ni el recinto donde ejercen su profesión es una “guardería”. Su labor va mucho más allá de lo que esos términos sugieren. No tiene precio, no podría. Y, sin embargo, la están llevando acabo en condiciones tanto retributivas como de otro orden, precarias. Ni ellas ni los bebes están bien así. La situación es mucho más difícil de lo que se suele creer.
El miércoles 23 de septiembre pasado fue la movilización contra el desahucio de Maricarmen, tristemente consumado; y, el jueves 24 por la noche se volvieron a manifestar las educadoras, en el fondo por lo mismo, tras casi medio año en huelga. El modo en que se manifiestan, por cierto, es tan elocuente como el llanto de un niño. Puede verse en el video.
Sueldos mínimos para lo que merece el máximo cuidado y respeto: la humanidad y sus condiciones de posibilidad. Así se está tratando en nuestra sociedad a lo que, en un sentido laico, es sagrado.
¿Cuantos bebés puede atender en condiciones una profesional, teniendo por horizonte la dignidad humana? La de el o la bebé; la de la educadora; la de la relación que entre ellos se establece. ¿Dos?, ¿tres?… Han estado teniendo que intentarlo con ocho. Tenemos que agradecerles que, encima, sean ellas quienes hayan dicho, y esta vez de manera tan eficiente, ¡basta!, a través de un movimiento asambleario independiente impulsado por la Plataforma laboral de escuelas infantiles, PLEI.
Creo que es un buen momento para que, con todo lo que Maricarmen simboliza, con todo lo que va a traer, ampliemos lo más posible el horizonte; que, lejos de olvidarla recordemos, más que nunca, la lucha de las educadoras junto con otras luchas que comparten derrotero.
La lucha no es contra la policía (un tema aparte), una vez habiendo denunciando sus abusos, su acordonamiento no debe tapar el horizonte. La lucha no es contra, es por: por la humanidad. No quitar el dedo de ese renglón es resistencia. Quizás la más difícil, pero acaso la única que, poniendo de su lado a Eros, pueda doblegar, aunque sea un poco, a Thanatos.
La polarización extrema, caldear los ánimos, para lo cual por cierto nunca viene mal algún herido, es algo que interesa a quienes en el poder hacen cálculos electorales. No hay que caer en esa trampa y, pienso que articular los distintos movimiento sociales, exigir en esa medida coherencia, puede ser un antídoto que atempere esa peligrosa tendencia.
Que sean mujeres quienes, cuando en conexión con el mundo, se encargan de las condiciones primarias imprescindibles para la pervivencia de la humanidad como tal, tal vez, además de hablar del patriarcado pueda dar una pista: quizás no sea testosterona lo que más se requiere para defenderla.
Saberse jugar la lucha en el plano simbólico es fundamental cuando de lo que se trata es de defender a la humanidad. Los insultos, los apelativos, en ese contexto, no pueden ser sino piedras y caer en nuestro tejado con fuerza de muchas maneras. El hervir de la sangre, la adrenalina, inevitables y a veces necesarias, no pueden dirigir el barco: juegan en nuestra contra.
Maricarmen, erigiéndose en abuela de quienes pusieron el cuerpo para defenderla, también habló en este sentido ese día en el que la obligaron a despedirse para siempre de su casa. Y cuentan que quien en ese momento representaba al Sindicato de inquilinas de Madrid y lideraba la movilización, Alicia del Río, dio con su ejemplo una clase magistral al respecto. No puede defenderse la humanidad sino con humanidad y, en casos extremos, extrema. Se dice fácil. Además, diciéndolo no quiero invitar a ningún sacrificio, precisamente ⎯por favor⎯ todo lo contrario.
“Qué haríais si fuera vuestra abuela”, fue la consigna emblemática de aquél día. Una pregunta, una invitación a pensar abierta al diálogo. Ponerla sobre la mesa en esos momentos tuvo un valor inconmensurable. Simple, concisa, daba en el clavo invocando a la humanidad tras el casco de los policías anti disturbios. Y al menos dos policías ⎯dicen⎯ la mostraron junto con su rostro: se quitaron el casco, tal como se les pedía. Acaso lo hicieron también en vista de que no había ningún disturbio, sino una multitud formada por cientos de nietos defendiendo con desobediencia civil pacífica a su abuela adoptiva. Porque a sus 87 años la querían echar ⎯y la echaron⎯ de la casa donde vivió durante 70 años. Nunca se repetirá lo bastante.
Ojalá la investigación de los abusos policiales que se cometieron ese día, practicando brutales y peligrosas maniobras contra sus nietos adoptivos, arremetiendo contra cara y cuello, llegue hasta donde tiene que llegar; que haya consecuencias. Que las haya también por impedir el paso a la prensa.
El hecho es que Maricarmen, que se erigió en abuela de todos ese día, con su lucha y su situación nos ha hecho sentir con dolor, por ser profanado; y de un modo que no podía ser más contundente: el carácter sagrado de la vida humana en general y, en particular, de su etapa final.
Además, el sentido tan profundo en que lo ha hecho nos ha llevado a recordar también, de la vida, su etapa inicial, su principio. El que hace posible a la humanidad como tal. Es ahí donde la causa de Maricarmen confluye con muchas otras luchas, pero muy en particular, con la de las educadoras. Que no se nos olvide: están en huelga desde hace medio año ofreciendo servicios mínimos.
Han conseguido ya logros importantes pero no suficientes. Merece la pena apoyarlas, lo están haciendo muy bien y tienen caja de resistencia. Aunque de tanto cargar lo que más importa, tengan los brazos fuertes, nos necesitan (@ escuelasinfantilesplei). Que no se nos olvide, su labor profesional tiene que ver con que sea posible la humanidad como tal.
Esa que demostraron y defendieron, hace dos días, tantas personas, sobre todo jóvenes, pasando ahí toda la noche para acompañar y sentándose apiñadas y apiñados en el suelo ya por la mañana, para aun con miedo proteger, como si fuera la de la casa de su abuela, una puerta. La del número 46 de Sainz de Baranda en Madrid.
Esa puerta no debía cruzarse, no porque salvaguardara ninguna propiedad, sino a la humanidad como tal.
Y, pasó lo que pasó, se los llevaron a rastras, pero en buena medida lo consiguieron. Ella misma, la humanidad, lo dijo en voz de Maricarmen: “he ganado”.








