¿Por qué algunas mujeres se identifican con sus opresores para dejar de sentirse oprimidas?

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Por Araceli Muñoz de Lacalle (Psicóloga, integrante de CASANDRA Red de Psicología)

En las RRSS se encuentran vídeos de mujeres que, en tratamiento químico y quirúrgico para masculinizar su cuerpo, se jactan de las ventajas que tiene dicho proceso. Llama especialmente la atención una mujer que explica que desde que tiene la “apariencia” de hombre siente que ha entrado en lo que llama un club privado (el de los hombres), y se regocija comentando algunas de las ventajas que ve siendo aceptada en ese grupo:  Cuando habla nota que se la escucha con más respeto, siente más seguridad cuando va por la calle, cree que puede viajar en solitario sin problemas, se la da más espacio, no siente acoso, no se la juzga por su manera de vestir….

Estos comentarios que pueden deslumbrar a algunas adolescentes por la presunta libertad de la que hablan, conllevan, a su vez, un cuestionamiento acerca del mundo social que habitamos:

 ¿En qué clase de mundo una mujer tiene que modificar su mente y su cuerpo química y/o quirúrgicamente para convertirse en un ser socialmente respetable?

 ¿En qué clase de mundo, una mujer tiene que disimular serlo para sentirse segura?

 ¿En qué clase de mundo a las mujeres se les sigue imponiendo la forma de vestir y se las juzga por ello? 

Creo que ninguna mujer se pone la máscara de la transición sexual por capricho. Esa decisión es producto de descubrir, especialmente en la adolescencia, que el lesbianismo sólo resulta “woke” si la pareja reproduce la heteronorma mujer + hombre, que la violencia sexual contra las mujeres no está penalizada, que la exigencia social de cumplir con el estereotipo femenino sigue siendo asfixiante, y que las limitaciones a la libertad de las mujeres siguen ahí a pesar de la aparente igualdad.  Desde esta percepción -en la mayoría de los casos inconsciente-, a la que se unen influencias de su entorno y problemáticas personales, muchas jóvenes optan por el camino que se presenta más fácil: aprenden a despreciar ser mujeres, a mostrarse implacables con “las otras” y consigo mismas, a no identificarse con la clase sexual a la que pertenecen, y finalmente, algunas, llegan a decir que son Trans. El llamado síndrome de Estocolmo se materializa en nuestros días a través del transexualismo porque en las sociedades en que vivimos se admite antes el trampantojo de sentirse hombre que la realidad incuestionable de ser mujer.

Pero toda mentira tiene un coste y no sólo se trata de la distorsión cognitiva asociada al cambio conceptual, en este caso el coste es bastante más alto: bloquear el desarrollo cognoscitivo que conlleva la alteración sexual hormonal, vivir en la impostura social, depender de fármacos, dañar su fisiología corporal y desequilibrar su psique intentando modificar la conciencia de sí mismas… 

Con la testosterona en el cuerpo – a la que se añaden en muchos casos antidepresivos y píldoras de progesterona para detener la menstruación- resulta fácil olvidar la causa del sufrimiento -ahora denominado “disforia de género”- y de confundir esa causa con una identidad. Estas adolescentes se aferran a un personaje identitario enfrentándose a sus angustiadas madres y padres que ven como hipotecan su futuro sin ningún freno, o cancelando al profesorado que intenta simplemente que reflexionen sobre sus creencias. Se niegan a escuchar nada que se oponga a sus deseos ni admitir ningún razonamiento por muy lógico que sea. Y es que nos enfrentamos a un problema que no es cognitivo. 

Una mayoría de estas adolescentes destaca en sus estudios e incluso tiene altas capacidades en muchos ámbitos, aunque no en el emocional. Emocionalmente se caracterizan por ser personas muy vulnerables que unen a la crisis adolescente trastornos mentales o problemas agravados por sentir qué si no eres hombre, sobrevivir en el mundo te será mucho más difícil, y se ven solas para luchar frente a las condiciones de desigualdad que siguen ahí, aunque nuestra sociedad con leyes de igualdad que son derogadas por otras posteriores -como ha ocurrido con la llamada ley Trans-, hayan intentado que crean que no, que ya no es así. 

A estas circunstancias se une la afirmación de esa supuesta identidad que reciben tanto en los medios y en las redes sociales, como en gran parte del entorno sanitario al que suelen dirigirse. Detrás de todo este activismo social -que cuenta con unánime apoyo político y legislativo- ejercen su poder entidades económicas con fuertes intereses en la ingeniería social del Transhumanismo.  Son los centros de poder que manipulan nuestro mundo, a los que no les importa llevarse por delante a toda una generación-cobaya a la que utilizan de manera experimental valiéndose de su alto nivel de influencia.

Pero llega un momento, más tarde o más temprano, en que engañar a los demás ya no es suficiente. Esa aparente seguridad deja de ser tal cuando, siguiendo el proceso madurativo natural, la adolescencia se va dejando atrás y se comprende que para obtener ese pase “en el club”, se ha tenido que renunciar a partes esenciales de sí misma. Cuando se atisba que la solución no consiste en fabricarse una identidad que las niega como mujeres, sino en reconocer – con ayuda psicológica exploratoria si fuera necesario- el porqué del dolor profundo que hay detrás.

Se trata de entender que no hay que cambiar nada en el propio cuerpo, que la superación de ese dolor está en reconocer los problemas psicosociales que llevaron a ese sentimiento identitario, comprender cómo nació esa necesidad de ser “otro” y enfrentarse al posible trauma de violencia sexual, al miedo por no encajar en los grupos de iguales, a la frustración de tener un trastorno mental, al rechazo por no atenerse al estereotipo de mujer establecido…Y desde ese reconocimiento, aprender a sostenerse sin renunciar a ser una mujer como garantiza su biología, sin abandonar “el barco”, apoyándose en la experiencia de otras mujeres que les precedieron y en mujeres que actualmente luchan unidas por la supervivencia de todas. 

En esa comprensión comienza el camino hacia su autenticidad. No hacia una versión de mujer -seudo hombre- impuesta por una modernidad que no es tal, sino hacia la realidad de ser quienes nunca dejaron de ser, llegando, finalmente, al conocimiento necesario para reconocerse como mujeres valiosas e insustituibles. Sin necesidad de esconderse tras histriónicas apariencias de libertad.

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