La incorporación de los procesos de primarias a la cultura organizativa de una parte de la izquierda española constituye un fenómeno que merece ser analizado con rigor conceptual. Se nos presenta, en el lenguaje del “sentido común” progresista, como un avance democrático irreversible: el instrumento que devuelve la voz a la militancia y a la ciudadanía frente a las cúpulas, el mecanismo que garantiza la transparencia y la renovación. Quien se opone a él es acusado de elitismo, de nostalgia burocrática, de desprecio hacia las bases.
No obstante, las primarias no son un instrumento neutral: son una forma concreta de organizar la selección política que produce efectos determinados sobre quién resulta elegido, qué intereses se ven beneficiados y qué modelo de organización se consolida.
Se supone que, para la izquierda, la política transformadora no se debería articular en torno a personalidades, sino en torno a programas. Lo que define a una organización política progresista no es el carisma de sus dirigentes, sino la línea política que defiende, el análisis de la realidad social que elabora y la estrategia que propone para transformarla. Cuando el foco del proceso político se desplaza de la línea a la figura, la organización deja de ser un instrumento de las clases populares y se convierte en plataforma de promoción individual. Este desplazamiento es precisamente lo que las primarias institucionalizan: convierten la elección de personas en el centro del procedimiento, subordinando el debate programático a la competición entre figuras. Como si la política fuera una cuestión de ofertas personales en un mercado electoral, y no una práctica colectiva orientada a la transformación de las relaciones sociales.
Hay que repetirlo sin ambages: programa, programa, programa. La tarea de una organización de izquierda consiste en elaborar colectivamente una línea política, discutirla democráticamente y aplicarla con disciplina. Los candidatos no son el sujeto de la política: son sus portavoces, sus “voceros”, sus instrumentos. Confundir el instrumento con el sujeto constituye el error característico del liberalismo, que reduce la política a competencia entre individuos. Cuando la izquierda asume ese error, no se hace más democrática: se hace más burguesa.
Seamos honestos, todos sabemos que las primarias no seleccionan necesariamente a los candidatos más capaces, más honestos o más útiles para el trabajo parlamentario. Seleccionan a quienes tienen mayor capacidad de hacerse visibles. Y en una sociedad donde la visibilidad se produce fundamentalmente a través de los medios de comunicación de masas, esto significa que las primarias favorecen sistemáticamente a quien ya cuenta con una plataforma mediática, a quien sabe moverse en los códigos del espectáculo, a quien puede financiar una campaña de notoriedad.
Conviene recordar aquí una categoría fundamental del análisis materialista del Estado: los medios de comunicación no son actores neutrales que se limiten a reflejar una realidad preexistente. Constituyen aparatos ideológicos del Estado, en el sentido que Althusser dio a ese concepto. No se limitan a informar: producen subjetividad, construyen consenso, seleccionan lo decible y lo indecible, legitiman unas posiciones y deslegitiman otras. Su función no es la de un árbitro imparcial, sino la de un engranaje en la reproducción de las relaciones de dominación. De ello se sigue una consecuencia que la izquierda no debería ignorar: en un proceso de primarias, quien decide de facto la candidatura no es la militancia, sino el sistema mediático. Y como el sistema mediático está al servicio de los intereses dominantes, el resultado más probable es que la candidatura finalmente elegida sea la que esos intereses consideran aceptable, inofensiva o incluso útil. No se trata de una conspiración, sino de un mecanismo estructural: las reglas del juego mediático favorecen determinados perfiles y descartan otros, con independencia de la voluntad de quienes votan.
Un grupo parlamentario de izquierdas necesita personas capaces de analizar problemas complejos, de elaborar propuestas rigurosas, de sostener un debate técnico y jurídico con solvencia, de trabajar en equipo con disciplina para poder hacer un trabajo serio. Necesita, en suma, cuadros formados, no figuras mediáticas.
Sin embargo, las personas más valiosas para ese trabajo son frecuentemente las menos visibles. Un camarada con una sólida formación teórica, con capacidad de análisis, con disciplina de trabajo y con voluntad de aportar en un grupo parlamentario puede no tener ninguna presencia pública, ninguna cuenta con miles de seguidores, ninguna habilidad para el espectáculo. Y precisamente por eso, en un proceso de primarias, sería barrido por cualquier candidato con mayor notoriedad. Las primarias no premian la competencia: premian la capacidad de atraer atención. Y esas dos cosas, en la sociedad del espectáculo, rara vez coinciden.
Una organización política que funcione de verdad debería ser capaz de identificar a sus cuadros más valiosos y de asignarles las responsabilidades para las que están mejor preparados, con independencia de su popularidad. Eso es lo que significa planificar en el terreno político: utilizar los recursos humanos disponibles de la manera más racional, según criterios de utilidad política y no de mercado electoral.
Pero, si las primarias no garantizan la selección de los mejores, ¿quién debe elegir a los candidatos? La respuesta es clara: las direcciones políticas, que han sido elegidas democráticamente por la militancia para dirigir la acción política. Este principio no es un capricho burocrático, sino una exigencia de eficacia y de responsabilidad. En una organización que funciona de verdad, la dirección asume colectivamente la responsabilidad de la línea política y de su aplicación. Elegir candidatos es parte de esa responsabilidad. Y si la dirección propone candidatos que fracasan, que no rinden a la altura de lo necesario o que defraudan las expectativas, la dirección debe responder por ello. Responsabilidad significa consecuencias: si la dirección se equivoca, debe asumirlo y dar paso a otra dirección. La dimisión no es una palabra extraña ni un concepto importado: es el mecanismo mediante el cual una organización política exige a sus dirigentes que rindan cuentas. Una dirección que nunca asume sus responsabilidad, aunque fracase es una burocracia atrincherada. Una dirección que pasa de 71 diputados a 4 debería asumir su responsabilidad y abandonar la vida pública. Pero las primarias diluyen esa responsabilidad. Si el candidato surge de un proceso supuestamente asambleario, nadie es responsable de su fracaso. La dirección se lava las manos, los votantes se desentienden, y el resultado es una organización en la que nadie responde por nada. Eso no es democracia interna: es irresponsabilidad organizada.
El problema de la izquierda no es que le falten primarias. El problema es que le falta democracia interna real y funcionamiento orgánico estable. Las primarias son un sucedáneo: una forma de simular participación sin transformar las estructuras de decisión, una manera de incorporar a la militancia en un acto puntual sin integrarla en un proceso permanente de elaboración política. No obstante, lo que una organización de izquierda necesita no es un mecanismo electoral ocasional, sino una vida orgánica densa: células y agrupaciones que funcionen, congresos que discutan de verdad, dirección colectiva que se reúna y decida, control efectivo de los órganos por parte de la militancia, circulación de información, formación política permanente, crítica y autocrítica ejercidas con seriedad. Sin todo eso, las primarias son un parche que no tapa nada: un acto participativo que deja intactas las relaciones de poder reales dentro de la organización en el que los congresos y asambleas son más mítines con aplausómetro que organismos colectivos de deliberación. Y conviene decirlo con claridad: no es de recibo que, en algunas direcciones, el acceso a puestos de responsabilidad se transmita según lógicas familiares o clientelares. Que el testigo pase entre el marido, la mujer y la amiga de la familia no es democracia interna, es lo contrario. Es la reproducción de un pequeño aparato cerrado en sí mismo, indiferente a la voluntad de la militancia y a las necesidades de la clase. Cuando eso sucede, la organización no representa a la clase trabajadora: se representa a sí misma.
Hay una consecuencia de las primarias que rara vez se menciona, y que es quizá la más grave de todas: su tendencia estructural a la división. Cuando la política se organiza en torno a personas y no en torno a programas, cada derrota interna se convierte en una fractura. Quien pierde unas primarias no acepta disciplinadamente el resultado y se integra en el trabajo colectivo: tiende a construir su propia plataforma, su propio espacio, su propia candidatura de cara al siguiente proceso. El personalismo genera una dinámica en la que el que no gana no se suma, sino que se escinde. El resultado es conocido: división, atomización y multiplicación de pequeños grupos. Lo que empieza siendo una competición entre dos o tres figuras termina siendo una constelación de siglas, cada una con su líder, su sede, su pequeño aparato y su clientela. Es lo que en el lenguaje popular se llaman chiringuitos: estructuras organizativas construidas en torno a una persona y no en torno a un proyecto político, que se reproducen a sí mismas con independencia de su utilidad real para la clase. Y cada una de esas escisiones debilita al conjunto, fragmenta la representación, dispersa los recursos y facilita la tarea del adversario, que no necesita derrotar a una izquierda dividida cuando esa izquierda se divide sola.
La lógica es implacable. Si el sujeto de la política es la persona, entonces la organización solo tiene sentido mientras sirve a esa persona. Cuando deja de servirle, se crea otra. Si el sujeto de la política es el programa, en cambio, la organización tiene una razón de ser que trasciende a los individuos: el proyecto colectivo. Por eso las primarias, al personalizar la política, siembran las condiciones objetivas de la fragmentación permanente. No es un accidente: es la consecuencia lógica de un modelo que pone a las personas por delante de la línea política.
Las primarias han sido presentadas como la solución a todos los males de la izquierda: la transparencia, la participación, la renovación. Pero su lógica de fondo es profundamente conservadora. Premian la notoriedad y no el mérito; favorecen a los perfiles que el sistema mediático considera aceptables; diluyen la responsabilidad de las direcciones; sustituyen la construcción de una línea política por la competición entre personas; y, a la postre, generan división, atomización y chiringuitos. Todo ello bajo una apariencia de democracia radical que oculta su verdadera naturaleza: la adaptación del funcionamiento interno de la izquierda a los códigos del espectáculo capitalista. Frente a eso, la tradición comunista ofrece una alternativa: la centralización democrática del trabajo político, la primacía del programa sobre las personas, la dirección colectiva responsable, el funcionamiento orgánico estable, la formación de cuadros, el control de la militancia sobre sus organismos dirigentes. No son fórmulas nuevas ni modernas, y precisamente por eso resultan sospechosas a quienes confunden la novedad con el progreso. Pero son las herramientas que el movimiento obrero se dio a sí mismo para construir una fuerza política capaz de disputar el poder a la burguesía, y siguen siendo hoy las únicas que permiten pensar la política como lo que es: una práctica colectiva orientada a la transformación revolucionaria de la sociedad.
Quien quiera un club de amigos, que funde una peña flamenca.








