Etiopía, en guerra

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Néstor Siurana, geógrafo experto en África Subsahariana

Los rebeldes han anunciado el inicio de su guerra contra el Gobierno. Ya han tomado los aeropuertos del Tigray. Ethiopian ha suspendido todos los vuelos. Abiy Ahmed, sinónimo de conflicto. Pero… ¿Cómo pudo ganar el NOBEL DE LA PAZ? Muchos intereses.

La concesión del Premio Nobel de la Paz al primer ministro etíope Abiy Ahmed representa uno de los capítulos más complejos de la diplomacia contemporánea. El Comité Noruego buscó premiar un logro tangible e incentivar la democratización en el Cuerno de África, sin tener en cuenta la posterior fragmentación interna del país. Un poco locura. El argumento principal para el galardón fue la histórica resolución del conflicto fronterizo con Eritrea junto a una serie de reformas iniciales que incluyeron la liberación de presos políticos y la legalización de la oposición lo que generó un enorme entusiasmo global.

Detrás de este reconocimiento operaban también claros intereses occidentales y no tan occidentales, que veían en Etiopía un aliado estratégico crucial para la estabilidad regional y la lucha antiterrorista. Sobre todo, enormes intereses económicos y de inversión.

La llegada de Abiy Ahmed al poder en 2018 supuso un giro radical: el país pasó de un modelo socialista de monopolio estatal a un agresivo plan de liberalización y privatización. Esto despertó la codicia de mercados globales que veían en Etiopía (el segundo país más poblado de África), la gran «última frontera» económica del continente.

El Premio Nobel funcionó en gran parte como un sello de confianza internacional para validar estas reformas y garantizar a los mercados que invertir allí era seguro. Por lo que usar el prestigio del premio funcionaba como un mecanismo de presión para blindar al joven líder frente a sus detractores.

Para las potencias occidentales, la apertura económica de Abiy Ahmed era la oportunidad perfecta para arrebatarle influencia a China en la región. El principal atractivo fue el anuncio de la privatización parcial de gigantes estatales como Ethio Telecom (el codiciado sector de las telecomunicaciones) y Ethiopian Airlines (la aerolínea más exitosa de África). Estados Unidos invirtió en el mercado digital y de infraestructura energética. Francia y el Reino Unido, en el sector de las telecomunicaciones, banca, finanzas y en la creciente industria de bienes de consumo (bebidas y distribución).

Antes de Abiy Ahmed, China ya era el mayor socio comercial e inversor de Etiopía, financiando cerca del 60% de los proyectos a través de su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda. China tenía miles de millones de dólares invertidos en la red ferroviaria, carreteras y en parques industriales textiles. Para Pekín, la paz exterior conseguida por Abiy Ahmed y el respaldo del Nobel eran fundamentales para asegurar que sus megainversiones previas no se devaluaran debido al riesgo país.

Por no hablar de las inversiones de Arabia Saudí o Emiratos Árabes en el país.

La tragedia radica en que la paz exterior con Eritrea sirvió para aislar políticamente a la vieja élite del Frente Popular de Liberación de Tigray, precipitando una devastadora guerra civil que transformó al adalid de la convivencia en un líder cuestionado por la comunidad internacional. Ahora mismo, 7 grupos armados están contra él y le han declarado la guerra abiertamente, dejando a Etiopía en una situación de incertidumbre total.

El respaldo internacional a Abiy Ahmed a través del Nobel no solo respondía a una agenda humanitaria, sino también al deseo de estabilizar un mercado de 120 millones de consumidores que prometía rentabilidades multimillonarias a los capitales extranjeros.

Este artículo se publicó originalmente en https://x.com/NestorSiurana

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