Julián Gómez-Cambronero Alcolea @CongoActual elcongoenespanol.blogspot.com
Aunque lo más conocido de la época colonial en el Congo son los crímenes del que fuera su primer propietario, el rey Leopoldo II de Bélgica, tras ceder la colonia al reino belga y convertirse el país en el Congo Belga, sus nuevos dueños cometieron tropelías, no tan sangrantes, pero igualmente vejatorias para el pueblo congoleño, todas ellas poco conocidas. Hoy voy a hablar de los métis -mestizos- del Congo Belga y de, seguramente, uno de los mayores secuestros que se han cometido en la Historia.
Las relaciones entre hombres blancos y mujeres nativas estaban prohibidas en la colonia belga y, por supuesto, los matrimonios interraciales. Obviamente, miles de hombres solos -solteros, casados o prometidos en Bélgica- y muy lejos de su país no cumplían las normas, con unas consecuencias que no se podían ocultar en los hijos que nacían: mestizos, mulatos, que ponían en evidencia la corrupción por parte de los belgas al incumplir la ley y, visto desde el lado belga, mezclarse con mujeres que sólo eran consideradas súbditas, ni siquiera ciudadanas belgas -como ningún nativo del Congo-.
La proliferación de mestizos no solo evidenciaba ese “pecado”, sino que rompía el equilibrio creado por la colonización que separaba, incluso físicamente en las nuevas ciudades, a colonos y nativos, cada cual en sus barrios cerrados y solo mezclándose por la actividad diaria hasta las seis de la tarde.
«El mestizaje era […] visto como una fuente de subversión, visto como una amenaza al prestigio de los blancos, una encarnación de la degeneración europea y la decadencia moral» según palabras de la antropóloga Ann Laura Stoler. “Salvo excepciones, los mestizos son, por lo tanto, elementos poco morales y, por lo tanto, deben ser temidos. Los mestizos constituyen por tanto un elemento que puede volverse peligroso muy rápidamente y es importante tratar de reducir su número”, decía Joseph Pholien en 1913, jurista que luego fue primer ministro belga. Para rematar había un dicho: «Dios hizo al hombre blanco y al hombre negro, el diablo hizo al mestizo». Había que quitarlos de en medio de alguna manera.
Esconderlos en instituciones donde no existieran
Para sacarlos de la sociedad las autoridades belgas utilizaron varios métodos: engañar a las madres diciéndoles que sus hijos e hijas estarían mejor cuidados, alimentados, educados… en las instituciones donde los llevarían para que firmaran autorizaciones en un idioma que muchas veces no conocían o ante textos que no sabían leer. También, utilizando leyes de Leopoldo II, acudían al concepto de “niños abandonados”, porque sus madres solas no podían alimentarlos correctamente, para que fueran custodiados por el Estado o instituciones religiosas o las mataban “legalmente”, de manera que se convertían en huérfanos. En algunos casos eran sus padres -¿hace falta decir que la inmensa mayoría no los reconocía como hijos?- los que los ingresaban en instituciones antes de volver a Bélgica. Tampoco fueron excepciones cuando simplemente la policía se llevó por la fuerza a todo mestizo con el que se cruzaba.
Las instituciones donde fueron “guardados” estaban regentadas por la Iglesia Católica y, a veces, misioneros protestantes y en ellas no siempre podían mantener el contacto con sus madres. Y, pese a la aversión que se tenía al “mestizaje”, siempre serían mejores que los “negros” porque, al fin y al cabo, eran blancos a medias, por lo que en esas mismas instituciones permanecían aislados del resto y se fomentaba una superioridad sobre los niños y niñas negras.
Es difícil saber el número de métis, algo bastante lógico, dado que los belgas no se preocuparon por saber los habitantes que tenía el propio país hasta 1948 y que en el “paquete” también iban las actuales Ruanda y Burundi -arrebatadas a Alemania tras la Primera Guerra Mundial gracias a las victorias de los soldados congoleños- pero las cifras que se manejan llegan en algunos casos a los 20.000.
Y llegó la independencia
Con la independencia del Congo encima y un panorama que podía ser muy inestable, en diversas instituciones que custodiaban a estos métis se optó por trasladarlos a Bélgica. Allí se organizó un sistema de acogida y adopciones que en ningún momento respeto los vínculos entre hermanos ni el origen o la cultura de los niños y niñas que perdieron hasta sus apellidos antes de ser dispersados por todo el país. Se dejó bien claro que ninguno de estos niños podía ser considerado belga -incluso aunque fuera legalmente hijo de un belga- lo que les ha deparado un complicado futuro -y a sus descendientes- al no saber qué son, de haber crecido creyéndose “abandonados” por sus madres –“negras ignorantes”, como las calificó una organización dedicada a darlos en acogida- y vivir como ciudadanos de tercera con continuos problemas para cosas como salir del país o casarse.
Una vez más, Bélgica reconoce sus crímenes
Es justo decir que Bélgica ha ido reconociendo uno tras otro los innumerables y vergonzosos crímenes cometidos en el Congo y contra el pueblo congoleño. Así lo ha hecho también en el caso de los secuestros de métis -aunque a la hora de indemnizar o la enseñanza las cosas cambian- y han sido parlamentos, obispos o el primer ministro los que han ido reconociendo hasta el último detalle de este vergonzoso episodio, mientras la justicia empieza a recibir reclamaciones de algunos de estos niños y niñas ya mayores.
Pero, como dijo otro destacado político belga, “el pasado no se borra”. Una investigación de la ONU reconocía una “discriminación racial endémica” en las instituciones belgas y, como declaró la hija de una métisse trasladada a Bélgica tras la independencia, «Llevamos el dolor de nuestros antepasados en nuestros huesos”.








