La derecha no necesita hacer campaña. Ya la hace la izquierda caviar por ella

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Insultando a la clase trabajadora

En España, la derecha —incluida la más reaccionaria, la de Vox y los herederos del franquismo sociológico— no necesita ya invertir demasiado en campañas electorales. Tiene algo mejor: aliados involuntarios (aunque tengo mis dudas de que sean involuntarios) en las filas de la izquierda institucional. Una izquierda que habla de clase obrera en los platós de televisión, que llena sus columnas de tributos a Gramsci y Rosa Luxemburgo, pero que cuando tiene ocasión de defender a un trabajador… acaba enfrentándolo con otro. No hace falta que Feijóo o Abascal agiten el discurso del “mérito y el esfuerzo” contra los que estudian una carrera: ya lo hace, gratis y con mucho más alcance, alguien que se presenta como periodista de izquierdas. Así es imposible que la derecha no arrase. Con estos aliados inesperados, la alternativa política al régimen actual se autodestruye desde dentro antes de que nadie la ataque desde fuera.

El pasado 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, el periodista de Canal Red Raúl Solís publicó el siguiente tuit: “Un MIR se levanta, con guardias incluidas, más de 2.000 euros al mes. Chavales con 25 años cobrando más que una limpiadora con 35 años de antigüedad. Ya está bien de mentiras y de clasismo.”

El tuit es un ejercicio brillante de demagogia barata. En 280 caracteres logra lo que llevan décadas intentando los empresarios: convencer a los trabajadores de que su enemigo es el compañero de al lado, no el que los explota a ambos.

Los datos que Solís se olvidó de mirar

Hablemos de lo que cuesta realmente llegar a esos «más de 2.000 euros». Un MIR de primer año cobra entre 1.200 y 1.400 euros netos al mes sin guardias en 2026, mientras que un residente de último año (R5) puede alcanzar entre 1.500 y 1.700 euros netos mensuales. El sueldo base bruto de un residente es de 1.387,24 euros, al que se añade un complemento de grado de formación que va del 8% del sueldo base en el segundo año hasta el 38% en el quinto año, sin que los residentes de primer año perciban dicho complemento

¿De dónde salen los 2.000 euros que tanto indignan al periodista? De las guardias. Es decir, ese salario que Solís presenta como un escándalo no es un sueldo digno: es el resultado de trabajar jornadas ilegales. Más del 80% de los MIR supera sistemáticamente las 50 horas semanales, vulnerando los límites que establece la directiva europea de tiempo de trabajo. En algunos servicios de urgencias, los residentes hacen siete u ocho guardias al mes y sostienen más del 50% de la plantilla en determinados turnos nocturnos. El escándalo no es que cobren por esas horas. El escándalo es que el sistema público de salud no funciona sin explotarlos.

No son solo “médicos”: son todo un ecosistema de precariedad

Solís habla de “MIR” como si la residencia fuera exclusiva de medicina. Pero el sistema de formación sanitaria especializada afecta a siete titulaciones: Medicina (MIR), Enfermería (EIR), Psicología (PIR), Farmacia (FIR), Biología (BIR), Química (QIR) y Física Médica (RFIR). Son miles de trabajadores sanitarios en formación obligados muchas veces a desplazarse a otra ciudad para conseguir plaza, lejos de sus familias, asumiendo costes de alojamiento, transporte y doble vida que el Estado no contempla ni compensa. Enfermeros, farmacéuticos, psicólogos… todos sujetos a la misma precariedad estructural, con responsabilidades clínicas reales sobre pacientes reales desde el primer día y dedicación exclusiva no remunerada.

La “vocación” coartada perfecta para depreciar salarios

Este es el núcleo del problema y la razón por la que el tuit de Solís es ideológicamente tan peligroso. Al mezclar la palabra “vocacional” con el salario de un residente, se construye el argumento favorito de la patronal sanitaria para mantener salarios bajos en toda la cadena: si lo haces porque te gusta, no necesitas cobrar más.

Es exactamente el mismo discurso que usan los empresarios para pagar mal a los maestros, a las enfermeras y a los trabajadores sociales. El “ay, es que lo hacéis por vocación” es una herramienta de explotación perfectamente documentada, y Solís la está distribuyendo gratuitamente en el Día del Trabajador. Más aún: reduce toda la cuestión salarial de los médicos a un problema de actitud, quitando del mapa el dato fundamental de que esos 2.000 euros, cuando se alcanzan, se consiguen vulnerando la normativa laboral europea.

Hay algo más grave aún que parece escapársele a Solís. El acceso a carreras como Medicina representa uno de los pocos ascensores sociales que aún funcionan en España. Un joven de familia obrera que estudia seis años, supera el examen MIR —el más competitivo del sistema educativo español—, y luego soporta cuatro o cinco años de residencia en condiciones que rozan la ilegalidad, ha utilizado la educación pública como palanca de movilidad social. Atacar ese salario no protege a la limpiadora: dinamita la escalera que permite a hijos de obreros acceder a profesiones cualificadas. Es, paradójicamente, el argumento más clasista del debate.

Cuando gobernaban, ni para uno ni para otro

Lo más cínico de todo es la procedencia del mensaje. Raúl Solís es periodista de Canal Red, vinculado a las confluencias de la izquierda institucional española —el mismo que, cuando estuvo en el Grupo de Podemos en Granada, cobró 31.715,93 euros brutos anuales al 50% de jornada como asesor “vocacional”, es decir, unos 2.650 euros netos al mes trabajando media jornada, más de lo que cobra un residente con guardias incluidas. Esa misma izquierda que estuvo en el Gobierno de coalición durante años y que no mejoró las condiciones laborales de los MIR ni las de las limpiadoras. El Real Decreto 1146/2006 que regula la relación laboral especial de residencia lleva dos décadas sin reforma efectiva, y solo ahora, tras años de presión sindical y amenazas de huelga, el Ministerio de Sanidad ha iniciado el proceso para eliminar las guardias de 24 horas. Llegaron tarde y forzados.

Y mientras tanto, la privatización de los servicios de limpieza y cocina hospitalaria avanzó sin que ningún partido de izquierda en el gobierno lo detuviera. Esa externalización es precisamente la que convierte a la limpiadora en una trabajadora explotada de empresa subcontratada, sin convenio del sector público, sin los derechos de una empleada directa del hospital. Ese es el escándalo real. No que un residente médico cobre 2.000 euros haciendo guardias que la ley debería haber limitado hace años.

Mientras nadie se acordaba de estos trabajadores hay que decir que Solís percibía más de 2.650 € netos mensuales a media jornada como asesor político, sin guardias de 24 horas, sin cinco años de formación especializada, y sin responsabilidad sobre vidas humanas. El nombramiento fue publicado en el decreto correspondiente fijando una retribución bruta anual de 31.715,93 euros al 50%, lo que implica que a jornada completa equivaldría a más de 5.200 € brutos mensuales.

Póster obrero sin logo de Quirónsalud, misma composición

La trampa que beneficia solo al empresario

El tuit de Solís construye una guerra entre la limpiadora y el médico residente. Ambos merecen mejores salarios. Ambos están siendo explotados por un sistema sanitario que depende estructuralmente de la precariedad para funcionar. La respuesta de izquierdas no es decir “tú cobras demasiado”: es decir “los dos cobráis poco y los dos merecéis condiciones dignas”.

Enfrentar a trabajadores entre sí por sus salarios no es denunciar el clasismo. Es el viejo truco de la patronal, esta vez ejercitado por alguien con un micrófono izquierdista y una audiencia de cientos de miles de personas. Y eso, publicado el Día del Trabajador, tiene un nombre muy concreto: le hace el trabajo sucio a la derecha. Gratis. Con más eficacia que cualquier campaña del PP o de Vox. Por eso la derecha no necesita esforzarse demasiado en España. Ya hay quien lo hace por ella.

Cuando la crítica más eficaz al trabajador la formula alguien que cobró 2.650 euros al mes a media jornada por asesorar a Podemos, y la lanza el Día del Trabajador contra un residente que sostiene el sistema sanitario público a golpe de guardias ilegales, ya no estamos ante un error de análisis. Estamos ante un síntoma de clase.

No hay conspiración que explicar. No hace falta. Una izquierda que ha interiorizado los valores del enemigo —que mide la legitimidad de un salario por su cuantía en lugar de por las condiciones en que se obtiene, que enfrenta a los de abajo en lugar de señalar a los de arriba— es más útil al capital que cualquier think tank de la CEOE.

La limpiadora merece más. El residente merece más. Y los dos merecen una izquierda que no les haga lo mismo que lleva décadas haciéndoles la derecha: convencerles de que su problema es el compañero de al lado.

Mientras eso no ocurra, la derecha puede descansar. Tiene quien trabaje por ella. Y encima, gratis.

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