Peppino Impastato somos nosotros, que nadie se sienta excluido

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«Creo que este es un momento en el que se debe escuchar y tratar de entender la realidad, luego llegará el tiempo de la palabra». Estas palabras las pronunció el ministro Brag en L’aquila, en ocasión de la marcha de los storici dell’arte. Bray hacía referencia a sí mismo, a su ser desde hacía demasiado poco tiempo ministro. Pero, al escucharlo, es imposible no recodar que, en esas palabras, en estos larguísimos, vergonzosos por muchos motivos, años fueron impuestos como clave a los ciudadanos y ciudadanas de L’Aquila.

El 6 de abril y los días siguientes no eran «el tiempo de la palabra», eran el momento del dolor. No era el tiempo de la palabra, en las semanas siguientes, había que doblar el lomo para la emergencia.

No era el tiempo de la palabra en los meses siguientes, tiempo de G8: Italia no podía permitirse cagarla delante de la «solemne comunidad internacional». No era el tiempo de la palabra tampoco después. No era el tiempo de la palabra tampoco para las mafias, ellas trabajaban en silencio, preparaban sus rebosantes banquetes. Pero los aquilanos y aquilanas tenían que quedar en silencio.

Esto no ocurrió para todos; porque alguien no respetó nunca la consigna del silencio, no respetó nunca «el tiempo de la palabra», que si hubiera sido por las clases del poder no habría tenido que llegar nunca. Alguien habló, gritó, alzó la voz y denunció todo lo que pudo. Exactamente como, en la Cinisi de algún decenio antes, Peppino Impastato. Peppino no respetó nunca la consigna del silencio, no entrenó nunca la genuflexión suplicante y cómplice a las rodillas de las mafias y a los potentes de Mafiopoli. Hasta el final, retumbaron desde los micrófonos de radio Aut los nombres, entre burlas y sarcasmo, de Tano Seduto y de sus cómplices de Mafiopoli.

Camaradas y vecinos en el funeral de Peppino Impastato

El 9 de mayo es el aniversario del asesinato de Peppino Impastato, un asesinato comisionado por Tano Seduto y por las mafias de Cinisi, bien cubierto por aparatos institucionales y de estado, que intentaron de todas las maneras posibles, enfangarlo y silenciar su voz.

Peppino fue asesinado el mismo día que encontraron el cadáver de Aldo Moro. Entonces el 9 de mayo se ha convertido sobre todo en el día de este último delito, llevando a Peppino a una especie de segundo plano. El 9 de mayo de cada año ceremonias y desfiles recuerdan a Aldo Moro y a las víctimas del terrorismo.

A Peppino así se le ahorró, al menos en parte, el peor de los ultrajes y de las ofensas a su empeño y a su recuerdo: la retórica vacía y buenista solo para los desfiles en las ceremonias pomposas y llenas de bellas palabras. Disminuido, pero no eliminado. Porque, como ocurre con cada persona asesinada por la mafia, cada hombre o mujer que ha sacrificado su vida por sus ideales y por las luchas más nobles y vivas, la trampa salta siempre: la creación de estampitas laicas que menear entre discursos pomposos, al menos una vez al año. Y luego volver a la vida de siempre. A la vida de la cobardía, de la no denuncia, de la omertà. Es la negación y el ultraje de quien ha muerto y de la antimafia, la verdadera, cotidiana, pulsante, viva. Peppino no es una estampita, no es un chaval guapo que hay que recordar para el purgatorio de la conciencia de algunos.

El ejemplo de Peppino, sus denuncias son fuego vivo que debe estar dentro de nosotros. La conmemoración de Peppino, el respeto de su sacrificio, la hacen en L’Aquila aquellos que no se quedaron en silencio sino denunciaron, desvelando nombres, apellidos, tramas, intrigas. La conmemoración de Peppino no es un día solo, sino todo el año, es llevada a cabo por quién está combatiendo contra la OTAN, contra la colonización militar de su propia tierra.

Peppino a las puertas de su emisora de radio

En el libro La città delle nuvole el autor escribió que en Taranto «Un día, sin embargo, alguien empezó a mirar al cielo con mayor curiosidad, luego con una fuerte sospecha, finalmente con rabia. Las nubes nunca habían estado todas iguales como lo parecían ahora, esa era la novedad bajo el sol de Taranto. Porque dentro de aquellas nubes de las cuales nadie se había dado cuenta, o que nadie nunca había querido ver, se cobijaba un enemigo que da miedo con solo nombrarlo». Pues, quien ha mirado al cielo, su propia tierra herida y ha dado la palabra a la rabia, a la indignación, quién ha nombrado al «enemigo que da miedo» es Peppino Impastato hoy y quien respeta su recuerdo y prosigue su camino. Exactamente como los y las periodistas que nunca llegan lejos porque, con coraje, día tras día, denuncian los fuertes poderes ocultos de cada parte de Italia.

Los sicilianos y las sicilianas antimafia nunca se han conformado con llorar a Falcone, Borsellino, a Pio la Torre o a Peppino. Sin retorica ni ambigüedad hemos alzado la voz y nos hemos posicionado en el bando de los «Testigos de la justicia», exigimos justicia para Sandro Marcucci o Enzo di Pisa y todas las personas asesinadas en la masacre de Ustica. Creemos que la conmemorazione es la única que respeta y hace dignos del recuerdo a personas como Peppino. Ponerle el nombre a una calle con el dinero de quién contamina y envenena un territorio (no sabemos si definir más sucio su dinero o la basura de sus industrias) no es conmemorar, es despreciar con una ofensa indigna e indecente. No se puede un día llorar a Agnese Borsellino y al día siguiente exaltar el recuerdo de Giulio Andreotti, no se pueden tener ceremonias por las víctimas de Ustica y de Piazza della Loggia un día y al otro contribuir a no rendirles justicia y verdad, no se puede conmemorar a Pio la Torre y a Peppino Impastato y luego aceptar, compartir, callar delante de las violencias fascistas o engañar, intentar callar, reprimir (en primera persona o siendo cómplices) la oposición a la OTAN (recordemos que una de las batallas de Pío la Torre fue evitar los misiles en Comiso).

 No quiero recordar esta frase porque Peppino era un chico guapo o para provocar la conmoción o sentimiento dignos de una bella poesia. Quiero recordarla porque esas palabras deben ser también las nuestras, esas palabras que nos incendian el corazón, que nos remueven la conciencia y nos indican una dirección bien precisa.

No hay siciliano o siciliana que no haya leído u oído una de las frases más célebres de Peppino: «Si se enseñara la belleza a la gente, se le daría un arma contra la resignación, el miedo y la omertà. A la existencia de horribles edificios nacidos de la nada, con toda su miseria, de operaciones especulativas, nos acostumbramos con pronta rapidez, ponemos cortinas en las ventanas, plantas en el dintel y pronto nos olvidamos de cómo eran aquellos lugares antes, y cada cosa, por el mero hecho de que es así, parece que debió ser así desde siempre y para siempre. Es por esto que deberíamos educar a la belleza a la gente: porque en los hombres y en las mujeres no se insinúe más la costumbre y la resignación, sino queden siempre vivos la curiosidad y el estupor».

Peppino las pronunció mientras luchaba contra la realización de la tercera pista del aeropuerto de Palermo, junto a los campesinos a los cuales les habían sustraído sus tierras. Esas palabras sintetizan la profundidad del alma de Peppino, la intensidad de su lucha. La belleza contra la resignación es una lucha que nos envuelve a todos nosotros, son palabras que no hay que declamar en un desfile para enjuagar las conciencias.

Valen en Sicilia, en Toscana, en Andalucia, en Ucrania, en Rusia, en Colombia, en Cuba, en Palestina, en Donbass,…

Porque la belleza que debemos defender es la de la especulación de las armas, de la explotación de los recursos, del impacto ambiental, del abuso del petróleo.

La belleza contra la resignación impone mirar alrededor, no mirar al otro lado frente a la devastación de los territorios y de su gente, es la obligación de decir nombre y apellido, de señalar, de denunciar, de no ser cómplice de las mafias. Porque, si queremos conmemorar a Peppino, no debemos hacerlo solo un día sino todo el año. Con la poesía de los hechos y no la retórica de la ambigüedad y de la hipocresía.

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