RENFE éramos todos

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No es nada nuevo que cualquier huelga intente ser criminalizada y denigrada por los medios al servicio de la patronal, es decir, casi todos. Cuando la huelga en cuestión afecta a sectores como el transporte, como la que tuvo lugar en RENFE la semana anterior a que yo escriba este artículo, es una táctica muy habitual intentar enfrentar a unos trabajadores con otros. Si es jornada laboral se acusa a los huelguistas de impedir a los demás cumplir con su tarea. Si va a haber un descanso, vacaciones o puente, se les acusa de estropear el merecido descanso de los curritos cumplidores. Eso fue también lo que ocurrió en esta ocasión.

Ahora que los maquinistas y ferroviarios han desconvocado su huelga, permítanme transmitirles mi felicitación y mi agradecimiento. Porque sí, es gratitud lo que debemos tener a quien defienda este servicio público. En alguna ocasión les he referido en mis columnas mi afición por los trenes y la curiosidad que siempre he tenido sobre cómo este medio de transporte revolucionó la vida de miles de personas y se convirtió en el símbolo mismo del desarrollo durante el siglo XIX y buena parte del XX. Por ello estoy en condiciones de asegurarles que en todos los países donde el ferrocarril se ha privatizado o liberalizado ha resultado catastrófico.

Sí, cierto, dice que la privatización es nefasta un rojo irredento. Pues verán, esta es una de las pocas ocasiones en que Margaret Thatcher y yo estamos de acuerdo. Y es que el caso del Reino Unido es paradigmático sobre lo que pasa cuando se venden al mejor postor trenes, vías y estaciones. Incluso la primera ministra anteriormente referida, es decir, la reina de las privatizaciones, era consciente de ello. Se le atribuye haberle dirigido esta frase a su ministro de transportes: «La privatización del ferrocarril sería el Waterloo de este gobierno. Por favor, nunca vuelvas siquiera a mencionarme esa posibilidad». Pero una vez liberada la bestia privatizadora es muy difícil volver a meterla en el redil. En 1996 John Mayor, el sucesor de Thatcher, un poco por iniciativa propia y otro poco por contentar a los buitres de la gran empresa británica entregó a manos privadas la compañía pública, British Rail, la red ferroviaria más antigua del mundo y un orgullo del Reino Unido hasta aquel momento. La salida a bolsa de Railtrack, el chiringuito privado que se hizo con este servicio, fue un verdadero pelotazo en la city londinense. 32200 kilómetros de vía, miles de infraestructuras y 2500 estaciones eran un botín muy goloso. Además de las subcontratas a otras 25 compañías para diversas tareas.

Pero en cuanto se pasó la fiebre vinieron los problemas, de los que no se hacían cargo los «creadores de riquezas» sino los británicos de a pie, los mismos que los sufrían. Porque en cuanto por ahorrar inversiones se cerraron estaciones, se bajó la frecuencia de servicio, y no se mantenían en buen estado las infraestructuras, se pueden imaginar los efectos: retrasos, ciudadanos sin acceso al servicio, accidentes… Las infraestructuras férreas son una inversión muy elevada, no hay entramado privado dispuesto a realizarlas. Así que como siempre, fue el estado británico el que tuvo que venir, el que todavía tiene que venir de vez en cuando, al rescate, y el servicio, que pese a su antigüedad era uno de los mejores del mundo, es hoy un completo desastre.

Este proceso no es un caso aislado, aunque por su relevancia sea el más conocido. Les aseguro que esto mismo que les narro ha ocurrido con matemática exactitud en todos los lugares donde se ha tomado la destructiva y malsana decisión de privatizar los caminos férreos.

Debería saberlo un gobierno sedicentemente de izquierdas donde el ex ministro Ábalos ya soltó el globo sonda de lo maravilloso que sería liberalizar el ferrocarril. Resulta en verdad sorprendente que un gobierno que está siendo calificado de extremoizquierdista y al que se está atacando desde todos los frentes posibles —el lawfare, intentos de revoluciones de colores y golpes de mercado—, ande coqueteando con ideas que echaban para atrás a la mismísima Thatcher.

Porque lo que ha provocado la huelga de trabajadores ferroviarios y maquinistas no ha sido la exigencia de una subida de sueldo, de más pausas de trabajo o de medidas de conciliación, medidas a las que tendrían todo el derecho, pero que estarían enfocados a ellos. Han tomado la decisión de luchar por recuperar la frecuencia de trenes, el servicio a localidades donde fue suspendido y la recuperación de maquinistas a los que se despidió para que el servicio vuelva a la normalidad que perdió con la excusa de la pandemia, aunque todos sabemos el verdadero propósito de estos recortes. La primera medida siempre que se desea vender una empresa pública es precarizar y deteriorar sus servicios todo lo posible.

Debemos recordar, por otro lado, que pese a la bajada en el ritmo y frecuencia del servicio, los maquinistas fueron trabajadores esenciales durante el confinamiento, garantizando que el país no colapsara del todo. Gracias a ellos fue posible incluso asegurar la presencia de los sanitarios y el material allí donde hacía falta. Lo mínimo sería tenerlo en cuenta cuando ya no están tan presentes en los medios y el ánimo de la población.

Bueno, creo haber explicado suficientemente por qué los ferroviarios en realidad estaban luchando por todos. No confío en que esos tontos útiles y esquiroles que vociferan cuando sufren retraso en su tren por una huelga pero lo ven normal cuando es por decisiones injustificadas de los señoritos reflexionen, pero al menos yo transmito desde aquí mi reconocimiento a estos servidores públicos.

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Yago Pérez Varela (Madrid). Aunque en cierta época se fijó en las ciencias, acabó notando que la historia era su pasión y lo que le gustaba. La historia le ha permitido ejercer labores gratificantes en documentación e investigación, pero al ser un villano también ha conocido empleos precarios. Quiere a su villa natal de Madrid, aunque le preocupa ver que a veces paga el precio de ser capital de un país, y como tal, refugio de oligarcas.

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