Educación sexual V: El control del cuerpo (el médico II)

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Una de las aventuras del niño/a es saber por qué si se toca le gusta. Con el cura eso era pecado e iba al infierno. Con el médico eso es perjudicial para su salud y acabará en el hospital si no se controla. Pobres críos. La masturbación es donde la medicina ha patinado más y mejor. Hasta mediados del XVIII no se había apenas tocado en la literatura médica. La 1ª vez fue en el XVII.

El autor anónimo de Hippolytus Redivivus (1644) lo ve como un remedio para evitar las seducciones de las mujeres. A los médicos les preocupaba más la retención del semen intra que su emisión, pues creían que podía llegar a convertirse en un veneno que enturbiase la visión. Se daba una paradoja. Si retengo semen, me enveneno; y si lo saco siento placer. ¿Qué hacer? Pues casarse. ¿Y hasta entonces? Ajo y agua. Penitencia. Oración. Cilicio. Gimnasia y ducha de agua fría. Medicina e Iglesia estaban en la misma onda: es malo y muy peligroso tocarse.

Herman Boerhaave (1708) médico y botánico es quien informa que “la brusca emisión de semen produce lasitud, flojedad, paroxismos, sequedad, fiebres, dolores… problemas en la vista, deterioro de la médula espinal y otros males análogos”. ¿Os suena? Así, quien se arriesgue será con una gran dosis de culpa. Algunos autores llegan más allá y atribuyen a la masturbación la gonorrea, estangurrias, impotencia, ceguera -otra vez- y, por supuesto, el infierno. No había mal físico o psíquico que no estuviese ligado a la masturbación.

Tissot, calvinista comme il faut, y autor en 1760 de L’Onanisme, dissertation sur les maladies produites par le masturbation, que alcanzó en vida del autor 63 reediciones, aseguraba que toda actividad sexual era peligrosa per se, pues la sangre fluye al cerebro ¿?, debilita los nervios y favorece la locura; por lo que quien se masturbaba era casi un suicida. Anteriormente, entre 1707 y 1715 se había editado en Londres un panfleto católico titulado “Onanía, el horrendo crimen de Onan”, de autor anónimo, que fue un exitazo de ventas, y lo que llevó a Tissot a buscar su parte de gloria años más tarde.

Más tarde, Esquirol, en 1816, asegura que “se reconoce en todos los países [a la masturbación] como una causa habitual de insania”. Era un problema de salud nacional y contra esta lacra se aliaron todos los estamentos. A lo largo del todo el XIX la lucha contra el “vicio solitario” es constante. Tratados de ginecología, psiquiatría, pediatría, venereología lo recalcan una y otra vez: te tocas, estás enfermo. La medicina se añade a la religión como creadores de patología sexual.

Y si la penitencia y rezo ya no servían como solución para alejarse del nefasto vicio, la ciencia médica disponía, al menos, de soluciones para mitigar los estragos de la masturbación: Tintura. La solar para hombres y la lunar para mujeres. Por menos quemaban brujas. Y una vez abierta la veda aparecieron el Silent Friend, el Bálsamo Cordial de Siriaco, etc., todos con el aval de prestigiosos médicos. Y así hasta nuestros días, en que uno de los productos estrella del Sex-shop son los complejos tónicos y vigorizantes.

Otros, como el Dr. John H. Kellogg, un enfermo en sí mismo, director del sanatorio de Battle Creek (fundado por la Iglesia Adventista del Séptimo Día) hacía especial énfasis en la nutrición, el ejercicio físico y el uso terapéutico de enemas. El objetivo de sus terapias era “disminuir la estimulación sexual” de los pacientes. Dentro de este delirio se confiaba en la alimentación sana para cortar el onanismo e inventó la dieta de cereales en el desayuno, y se hace de oro. Los que aún desayunéis cereales, hacéoslo mirar.

Aconsejaba también la infibulación del prepucio con un hilo de plata, como hiciera Vogel en 1786 -lo del piercing tiene solera-, los enemas de agua y yogur para limpiarse, y a las mujeres darse un poco de ácido en el clítoris para mitigar sus ardores. Y en su obra Tratamiento contra el auto-abuso y sus efectos escribió: “El remedio contra la masturbación que resulta casi infalible en niños pequeños es la circuncisión. La operación debe ser llevada a cabo por un cirujano sin administrar anestesia alguna, pues el breve instante de dolor durante la operación tendrá un efecto saludable en la mente del individuo, tanto más si se asocia con la idea de castigo”.

Y para las mujeres: “En las mujeres, el autor ha descubierto que la aplicación de fenol puro en el clítoris supone un método excelente de calmar una excitación anormal”. El Dr. Kellog era un sádico.

A partir de 1850 se comienzan a utilizar métodos radicales para detener la plaga de la masturbación: cirugía, atar las manos a la cama, cauterizar o desnervar los genitales… y todo con aval médico.Para evitar el onanismo en niñas, que corrían el riesgo de ser ninfómanas y acabar de prostitutas, se reinventó el cinturón de castidad como faja de castidad, que tal y cómo se describía podría hoy venderse en un sex-shop por el alto nivel de excitación que proporcionaba su uso al estar recubierto de sedas y terciopelos, que al andar rozaban la zona del pubis.

En el catálogo de material médico de Mathieu (1904) incluía los cinturones de castidad para ambos sexos y guantes metálicos con rugosidades para evitar la masturbación. El paraíso de un masoquista.

Se llegó a practicar la clitoridectomía mediante cauterización, extirpación o recubrimiento con hilo de plata. Una mutilación genital en toda regla. En los varones la circuncisión se disparó, ya no por motivos religiosos sino “sanitarios”.

Lo de la circuncisión masculina fue una plaga, y en 1966, cuando Masters y Johnson buscan voluntarios para sus observaciones, de 300 hombres sólo 35 estaban sin circuncidar. Frente a los médicos con su locura castradora de clítoris estaban otros como el Dr. Charles West, que aseguraban no haber encontrado nunca un caso de epilepsia o retraso mental por la masturbación. Pero este caso de racionalidad era una gota en un océano. El Dr. West era un humanista en su trato con los niños y en la amplitud de su práctica profesional.

Y en esta locura de los remedios drásticos los protestantes fueron con mucho los más crueles. Los católicos, con todo su temor al cuerpo y al placer no les llegaban ni a la suela del zapato. Pues si los calvinistas y otras hierbas tiraban de bisturí a la mínima, los católicos confiaban más en la penitencia y la oración, acompañada, eso sí, de pudorosos camisones y vigilancia estricta.

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