La educación sexual V: El control del cuerpo (el médico I)

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Una vez que la religión empezó a perder peso en la vida diaria y el control de la sexualidad por la Iglesia católica, o cualquiera de sus variantes, se hacía más difícil cogieron protagonismo los médicos sustituyeron a los sacerdotes, que avalados por “la ciencia” venían a demostrar los peligros del sexo y el placer; y asociado a ello la mujer y su sexualidad como origen del mal.

Si una de las aventuras del niño/a es saber por qué si se toca le gusta y a ello se dedica con evidente placer para escándalo de los adultos que le rodean, de adulto la aventura es hacer realidad esa sexualidad de una forma sana sin las prohibiciones y miedos que le han inculcado de crío. Con el cura, eso de tocarse era pecado e ibas de cabeza al infierno; con el médico, lo del pecado se mantiene pasando por el tamiz de la ciencia y se le añade lo perjudicial que es para la salud y las graves consecuencias que tendrá en la descendencia. Los médicos apoyaban al cura y cerraban el círculo: la moral lo prohíbe, la ciencia demuestra la verdad de la moral.

Los curas conocían “el alma”, el médico conoce lo que te duele: el cuerpo. El alma puede esperar, que como te duela una muela vas al médico a toda prisa. La información que antes llegaba por la moral ahora lo hacía por la anatomía. Pero había dos vías de conocimiento: Una oficial, en libros y consulta; y otra en los relatos eróticos del XVIII y XIX, luego en la pornografía de revistas y películas. Y una no es mucho mejor que otra a la hora de mostrar la realidad del sexo. Ambas son absurdas y plagadas de falsedades.

Cierto que Aristóteles, Hipócrates, Galeno, Avicena y otros clásicos como Vesalio o Falopio habían escrito sobre el sexo, pero sin influencia sobre la población general, que ahora podían acceder a la literatura erótica y a los que la opinión de la Iglesia les empezaba a importar un comino.

El creador de la mayoría de los desatinos médicos sobre el sexo que llegan hasta hace dos días, a caballo de la moral y la anatomía, es Giovanni Benedetto Sinibaldi (s. XVII) y su Geneanthropeia. De él sale, por ejemplo, el que todas las mujeres son lascivas, y las pelirrojas las peores de todas.

Otras joyas son que los “excesos venéreos se acompañan de chepa, nariz roja, calvicie, hemorroides, gota…”. Todo lo que no fuese en el coito la postura del “misionero” era dañina y lujuriosa. Y como Sinibaldi era un escritor con talento y bastante gracioso su libro fue un best seller en la época. Y no era para menos, porque en su libro afirma que el deleite en la cópula era imprescindible para un correcto desarrollo del embarazo. Lo que visto con perspectiva es un avance respecto a las ideas de los Padres de la Iglesia sobre el placer, y como además tenía un capítulo sobre las posiciones más fértiles, las más placenteras y las más peligrosas pues fue un exitazo.

También advertía a los amantes que se abstuvieran de copular en epidemias -como ahora-, al paso de cometas y ante acontecimientos portentosos. Se centraba en que el prepucio es el centro del placer, para alegría de los varones, e ignoraba el clítoris. Algo absurdo a esas alturas de la historia porque Realdo Colombo ya lo había descrito en 1593. “Maravilla de algo tan bello y útil”, escribió, y se asombraba de que tantos anatomistas antes que él no hubiesen reparado en “algo tan bello, hecho con tanto arte y tan buen fin” (De Re Anatomica, II, 16).

Avicena también lo había descrito y alabado, y Falopio llegó a proponer su mejora quirúrgica. Pero Sinibaldi pasó de sus doctos colegas y se empecinó en ignorarlo. Quizá para bien de las mujeres, porque hasta finales del XVIII no lo emprenden con él los obsesos salubristas que ven en él una de las fuentes de la histeria y a “tratarlo” con todo tipo de métodos, desde el masaje –el más placentero- hasta su extirpación –el más agresivo-.

El XVIII es un siglo muy rico en literatura erótica, que va desde la médica, pretendidamente científica -y en algunos casos lo es- a la de Sade. Y entre la médica destaca el Dr. John Hunter, al que se atribuye la primera inseminación artificial de la historia, que combina la práctica con el “sentido común” y hace buenas y acertadas observaciones a sus pacientes sobre la mejor manera de tener una sexualidad sana. Algo inusual en la época.

Por el contrario, médicos como William Acton en 1857 escribe que una mujer normal no puede experimentar sensaciones sexuales, porque esas sensaciones contravenían su naturaleza y si llegaban a sentirlas sería, quizá, en el período menstrual, y si el deseo sexual era lo habitual en una mujer sería un caso de ninfomanía. Otras de sus aportaciones científicas fue asociar la masturbación con la ceguera.

Pues bien, esa asociación de placer u orgasmo con la mujer “enferma” se vuelve a encontrar en Marañón (1926), cuando habla de la mujer virilizada como aquella que experimenta orgasmos, ya que como sostenía Acton, la mujer acepta los abrazos del marido por ser él el guía de su vida, para complacerlo y deseo de la maternidad, de lo contrario preferiría ser aliviada de esas atenciones. Marañón lo refleja en su ensayo Amiel: «La mujer diferenciada busca en el hombre no la hora jocunda del deleite, sino aquello que sólo el hombre de gran categoría puede darle: la guía espiritual”. Y atención, no olvidemos que Marañón era un “adelantado” de la reforma sexual en España a inicios del XX.

El ginecólogo Botella Llusía, discípulo de Marañón,  diría como «Hay mujeres, madres … , que confiesan no haber llegado [al orgasmo] más que muy raramente”. “Yo he llegado a pensar […] que la mujer es fisiológicamente frígida y que hasta la exaltación de la libido en la mujer es un carácter masculinoide”.

Sin llegar a tanto, López Ibor, psiquiatra y autor del libro de cabecera de la educación sexual en el franquismo: El libro de la vida sexual (1968), basa todo su modelo de la sexualidad humana sobre la pasividad y renuencia de la mujer al placer. Establece que la gran diferencia es que la sexualidad masculina es una imperiosa necesidad y la femenina un proceso psicológico de dependencia hacia el varón. “En la mujer, la sexualidad aparece como el despertar de un largo sueño. El hombre es precisamente quien la despierta”.

Por ello, López Ibor negará que las mujeres puedan sentir excitación sexual, afirmando que la masturbación se dé entre las mujeres sanas: «…en la mujer normal, la ipsación (qué fino) es una cosa sin sentido”. Afirma que “las que llegan a masturbarse lo hacen, o bien porque su sexualidad ha sido prematuramente excitada a veces de un modo artificial, o bien porque padecen trastornos emocionales graves que bloquean su camino hacia la madurez”.

Y para acabar este primer capítulo sobre las recomendaciones de los médicos veamos brevemente un poco de lo que decían sobre las relaciones sexuales en el embarazo.

El Dr. J.R. Black avisaba de que mantenerlas engendraba disposición para la epilepsia en el bebé, y el Dr. J.H. Kellogg, el de los cereales, culpaba al sexo en el embarazo de las futuras aberraciones sexuales del niño. Ante estos riesgos, la Dra. Alice B. Stockham también lo desaconsejaba vivamente y recomendaba la continencia; pero si ello era imposible pedía recurrir al coito sin eyaculación intravaginal, método que denominó Karezza, pues se centraba en lo que hoy llamaríamos preliminares, con lo que la Dra. Stockham se convertiría en una precursora del sexo tántrico en 1896.

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