Educación sexual III: El placer

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Uno de los aspectos más negros de la moral cristiana ha sido el placer. Todo lo que ha tenido que ver con él ha sido anatema. Su persecución y condena ha modelado la justicia, la medicina y la psicología. Los criterios morales han definido lo que era delito, la normalidad y la salud mental. Su ocultación, su persecución ha perjudicado la vida sexual de millones de personas a lo largo de toda la historia en occidente.

La Iglesia católica ha temido a la sexualidad, a su manifestación abierta siempre. Ha creado una atmósfera de mojigatería, de represión y complejos de culpa, que han convertido los mecanismos biológicos del placer en enfermedades de las que avergonzarse y temer. Ha hecho del placer el elemento vergonzoso por antonomasia.

¿Pero cómo fue posible esta transformación, esta perversión, de algo que nos es esencial en la vida? Pues porque el cristianismo, inspirándose en Pitágoras y Platón, adoptó la idea del principio del cuerpo como corruptor del alma, y a la mujer y su sexualidad como elemento intermedio de esa corrupción. Y esta idea que impregnó a muchos filósofos griegos, les llevaba a aconsejar que antes de ir al templo había que guardar continencia durante unos días antes. Y Pablo de Tarso, judío de ciudadanía romana pero de educación griega se educa en esas ideas pitagóricas y platónicas, que recoge y difunde en sus cartas en repetidas ocasiones.

Tal era el temor al placer que San Jerónimo cuenta en Carta XXII A Eustoquio que, en sus retiros, imaginándose en medio de unas jóvenes danzarinas, y sobreexcitado por ello, se hacía acompañar de escorpiones como método para apaciguar sus picores. Los cilicios, las fundas peneales con puas, los azotes con pinchos para flagelarse fueron algunas de las recetas para combatir esos cosquilleos que ocasionalmente sentimos en nuestras partes. Y estas no fueron las más drásticas. Que en el sadomaso cristiano siempre hay un puntito más.

Sta. Mª Magdalena dei Pazzi (s. XVI), carmelita florentina, una de las “más eminentes místicas de su orden”, se revolcaba en espinas, dejaba caer cera ardiendo en ella, se hacía insultar, patear, azotar, y todo ello la llevaba al más evidente y extremo de los arrobamientos. Curiosamente, en la condena del placer la Iglesia lleva a extraerlo de la flagelación, especialmente en sus religiosas. La literatura mística está llena de este tipo de arrobos y uniones místicas.

Y entre los reformistas como Calvino, Zwinglio o Lutero el “acto matrimonial” no era distinto al “adulterio o la fornicación, en tanto intervienen la pasión sensual y el placer nefando”. El reformismo protestante cambió de jerarquía pero no de ideología, e incluso se agravaría más con el enfoque puritano.

Pero como la carne es débil, y nos recordaba el Arcipreste de Hita que todos buscamos “juntamiento con fembra placentera”, al menos que fuese casto y soso, se inventó la “camisa del monje” para pasar ese momento de la necesaria procreación. Consistía éste en un blusón que tapaba el cuerpo hasta los pies con una rendija en los genitales, de tal modo que se evite el roce gozoso de las pieles pero se posibilite el “juntamiento con fembra” pero con el menor placer posible.

Y si para lograr placer se elegía una postura “antinatural” -un situs ultra modum-, se cometía un pecado grave, como “el robo o el asesinato” Y el hijo engendrado perversamente heredaba alguna tara, según monseñor J-B. Bouvier, (1875) Manual para Confesores. Obispo de Le Mans. Pecan si “se entregan a actos obscenos o que atenten al pudor”… “si la mujer toma el miembro de su marido en su boca o lo coloca entre sus pechos o lo introduce en su ano” … “si el hombre, … toma a su mujer por detrás, al modo de los animales, o si se coloca debajo de ella”.

Si lo de “folgar” fuera del matrimonio era pecado, hacerlo dentro de él no mejoraba mucho el asunto. San Agustín deja bien claro que los esposos pecan tan pronto se entregan al placer, por lo que deben rezar: “perdónanos nuestras culpas”. Pero si se podía, él aconsejaba, más bien ordenaba, que siguiesen su ejemplo, el del crápula reconvertido cuando dice “En cuanto a mí, creo que las relaciones sexuales deben evitarse radicalmente. Opino que nada envilece más el espíritu del hombre que las caricias de una mujer y las relaciones corporales que forman parte del matrimonio” (Soliloquios, I, 10, 17).

San Isidoro de Sevilla ve que el matrimonio es bueno “en sí” pero las “circunstancias son malas”. Y qué son las circunstancias: pues excitarse y disfrutar. De tal forma que para muchos teólogos “cuanto mayor es el placer, tanto mayor es el pecado”. Con el tiempo esto se suavizó, de modo que si el placer era buscando hijos y de forma moderada se podría admitir. Pero si es por gozar, así, a lo loco, no. Si se “permitía” el placer a los casados era porque es una “sexualidad querida por Dios”. Si no era pecado grave.

Por el rechazo al placer en sí es por lo que la Iglesia se ha opuesto, y opone, con uñas y dientes a los anticonceptivos en cualquiera de sus formas, pues si la mujer se libera del temor a un embarazo, ya puede disfrutar por puro placer sin consecuencias. Y eso es algo inadmisible para los guardianes de la moral.

Esto es lo que tiene haber dejado en manos de dos enfermos mentales como Pablo de Tarso y Agustín de Hipona la elaboración de la idea del amor, del sexo y de la mujer. Por poner un ejemplo, Agustín hablaba del placer como lo abominable, lo infernal, una inflamación irritante, un ardor horrible, una enfermedad, una locura, una putrefacción, un cieno asqueroso. Y detrás de él, el resto de los “Padres de la Iglesia”.

A tanto llegó la preocupación por restringir el placer, por establecer qué era o no admisible, por medirlo para establecer un criterio del grado del placer -del pecado-, que se establecieron categorías sobre la belleza y juventud de los amantes, pues no es lo mismo yacer con una guapa que con una fea, siendo más pecado con una guapa avisa el obispo Huguccio (1190), “porque, en este caso, el placer y el goce son mayores”. De acostarse con un feo no se dice nada.

En esa línea de grados entra la edad, pues es no es lo mismo yacer siendo joven que siendo viejo. Si se acepta que el joven siente más placer, y además lo hace con una mujer hermosa, entonces, según la teoría del goce máximo, se peca más. Pero si se supone que se está exacerbando el instinto, entonces es el viejo el que peca con más gravedad, pues pone más empeño y fornica con mayor consciencia, aunque disfrute menos, sea con fea o guapa. Un lío. Y en cualquier caso, fea o guapa, joven o viejo, si te entregas al placer te rebajas al nivel de las bestias que te lleva al “hedor narcotizante del sexo” del “sexo infrahumano”. Y te hundes “en una existencia propia de animales” (Cardenal Garrone, 1960).

Esta negación del placer, de la piel, de la biología ha tenido sus costes que aún se siguen pagando. Pues ante una capacidad orgásmica cuasi ilimitada en la mujer, acogotada por siglos de prohibiciones, el resultado ha sido la patología de la sexualidad: vaginismo, anorgasmia… Y los hombres también han pagado su parte con impotencia, eyaculación precoz… Siendo la impotencia una de las humillaciones más duras para el ego masculino. Y uno de los pocos casos en que la Iglesia admite la nulidad matrimonial.

Recientemente, una teóloga católica, María Caterinaa Jacobelli (Risus Paschalis, 1991), quiere reconciliar la idea del placer sexual con la religión católica. Y para ello se remonta a los orígenes de lo que ella denomina “nacimiento de todas las culturas posteriores” (op. cit, 6, pp-63-71): la hindú y el Shivaísmo, pero por más que lo intenta y repasa las opiniones al respecto de algunos padres de la Iglesia como Jerónimo, Ambrosio y reinterpreta el Génesis y los escritos de Tomás de Aquino no logra convencerse ni a sí misma, por más que el libro es de una erudición y revisión bibliográfica apabullante.

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