Lenin empezó primero. Sobre las lecturas revisionistas de la Historia por el Parlamento Europeo

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Estrasburgo, capital de Alsacia, es lugar propicio para la reflexión sobre la historia. De hecho, habiendo estado entre los motivos de tres guerras europeas entre 1870 y 1945, se le podría aplicar aquello que decía Churchill respecto a los Balcanes: que es una región que condensa más intensidad histórica de la que es capaz de soportar.

En su parlamento, que ya es el de la mayor parte de la Europa unificada, se ha dado en debatir últimamente con cierta reiteración sobre un pasado que no pasa: el que sucedió a la Segunda Guerra Mundial. Porque la guerra que implicó a la mayor parte del continente en la primera mitad del siglo XX no fue solo un conflicto que enfrentó entre sí a estados. Todos los países que participaron en ella experimentaron tres variables de conflicto: la guerra entre ejércitos, la guerra de guerrillas y diversas modalidades de guerras civiles.

En Francia, la depuración extrajudicial, las ejecuciones sumarias que se perpetraron por iniciativa particular o por mandato de la resistencia durante la ocupación alemana, en el transcurso de la Liberación o a posteriori fueron inicialmente estimadas al alza. En 1944, el ministro del Interior, Adrien Tixier, adelantó que podrían ser unas 100.000. Estas cifras fueron recogidas por los partidarios de Vichy que se sirvieron de ellas para fomentar la tesis de un “baño de sangre” perpetrado por la resistencia y en particular por los comunistas.

Las encuestas efectuadas entre 1948 y 1952 a petición del ministerio del Interior por los Renseignements Généraux y por la Gendarmería arrojaron respectivamente 9.673 y 10.822 ejecuciones, cifras muy próximas a las ofrecidas por el general De Gaulle (10.842). En 1986, Marcel Badout, del Comité d’Histoire de la Deuxième Guerre Mondiale trazó un balance casi definitivo, aunque incompleto, con los datos de 73 departamentos, en el que se fijaban en 7.306 las ejecuciones extra-judiciales. En 1992, Henry Rousso llegó a la conclusión de que hubo 8.775 ejecuciones y que el 80 % de ellas fueron perpetradas durante los combates de la liberación.

Para Italia, Woller cifró el número de víctimas de la guerra civil  (1943-1945) entre 10.000 y 15.000.  El ministro Mario Scelba habló de 1.732 muertes, mientras los neofascistas las elevaban a 300.000. En 1946, el ministro del Interior, Alcide De Gasperi, evaluó en 8.197 las personas asesinadas en el contexto de la caída del fascismo. Guido Crainz, basándose en los informes policiales de ese mismo año, indicó la cifra de 9.364 muertos o desaparecidos “por razones políticas”.

El revisionismo historiográfico tiene efectos políticos porque, al fin y al cabo, es eso y no un mero debate académico lo que se busca por sus impulsores. Hoy en día, la Lega, los Fratelli d´Italia y los fascistas de Casa Pound pervierten la naturaleza antifascista del 25 de abril, la fiesta de la Liberación, organizando actos en los pozos de Bassovizza, donde las fuerzas de Tito que ocuparon Trieste en 1945 arrojaron los cadáveres de prisioneros italianos sumariamente ejecutados. El objetivo es contraprogramar los homenajes de la Associazione Nazionale Partigiani d’Italia (ANPI) a la resistencia en la Risiera di San Babba, campo de detención donde perecieron miles de partisanos, presos políticos y judíos a manos de las SS y de sus auxiliares ucranianos. En la práctica, han conseguido que las autoridades locales e incluso europeas se repartan entre las dos ceremonias con la idea reconfortante de que así se rinde homenaje “a los caídos en todas las guerras”.

Es el intento de imponer el revisionismo historiográfico de Renzo de Felice o Ernst Nolte, que interpretan el auge del fascismo y del nacionalsocialismo como fenómenos reactivos al peligro de la revolución comunista. Un revisionismo consolidado por Sergio Luzzatto cuando inculpó a Primo Levi, un venerable símbolo universal de la lucha antifascista, en la purga y ejecución de dos compañeros del grupo partisano del valle de Aosta del que formaba parte. No hay héroes, vienen a decir: solo víctimas. Y en última instancia:  si los bolcheviques hubiesen sido pacientes y la revolución no hubiera tenido lugar en octubre de 1917, Rusia habría optado sin duda por el modelo natural de desarrollo occidental y hubiera sido, al igual que los países occidentales, un país próspero, ahorrándonos a todos la emergencia defensiva de los nazifascismos. La culpa de todo fue de los comunistas.

Estas tentativas de relectura de la reciente historia europea fueron contrarrestadas en los círculos académicos – fue tremendamente agitada la denominada “querella de los historiadores” en Alemania- pero han reflotado en lo político con el movimiento que lidera en la Unión Europea el grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, la República Checa y Eslovaquia), con el apoyo externo de los países bálticos. Muestra reciente de esta lectura del pasado es la resolución del parlamento europeo “sobre la importancia de la memoria histórica para el futuro de Europa” donde se condenan “los crímenes cometidos por las dictaduras comunista, nazi y de otro tipo”, con escasa profundización en el contexto histórico y sin que quede muy claro, por ejemplo, si el franquismo queda incluido en este último cajón de sastre. O los argumentos, empleados cada vez con menor sonrojo, que califican como terrorismo las acciones de la resistencia.

Al parecer, no inquietan tanto en Estrasburgo las expresiones de reconocimiento en Ucrania a Stepan Bandera, líder ultranacionalista y antisemita responsable de pogroms y crímenes de guerra bajo la ocupación nazi, o los anuales homenajes en Estonia, Letonia y Lituania a sus respectivas unidades Wafen-SS, consideradas como fuerzas patriotas que combatieron por la independencia frente a la ocupación soviética.

Porque, ya se sabe, la equidistancia es el punto de equilibrio entre víctimas y verdugos; «las guerras civiles ensucian” y en ellas “no existe ni el bueno perfecto ni el malo perfecto”. Así nos va.

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Fernando Hernández Sánchez
Fernando Hernández Sánchez. Doctor en Historia Contemporánea y profesor de Didáctica de las Ciencias Sociales en la Facultad de Educación de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de Guerra o revolución: El Partido Comunista de España en la guerra civil (Crítica,2011); Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (Crítica,2015); El bulldozer negro del general Franco. Una historia de España en el siglo XX para la primera generación del XXI (Pasado&Presente, 2016) y La frontera salvaje. Un frente sombrío del combate contra Franco (Pasado&Presente, 2018). Coautor con Ángel Viñas de El desplome de la República (Crítica,2009). Ha colaborado en las obras colectivas En el combate por la Historia. La República, la guerra civil, el franquismo (Pasado & Presente, 2012) y Los mitos del 18 de julio (Crítica, 2013).

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