Cuando Franco pagó la paloma de Picasso

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Enero de 1950. El secretario de estado norteamericano, Dean Acheson, publicó un texto en The New York Times en el que, pese a seguir justificando la exclusión del régimen de Franco del Plan Marshall y de la OTAN, mostraba la disposición de Washington a modificar su estrategia al respecto. Acheson decía que los Estados Unidos estaban preparados para votar en la ONU una resolución que tuviera por efecto dejar a cada país miembro libertad para decidir el establecimiento de relaciones diplomáticas normales con España.

El astuto general Franco había sabido sortear los años difíciles de la postguerra mundial y, cuando comenzaba la década de los cincuenta, se hablaba de que, incluso, podía estar flirteando comercialmente con la encarnación del mal: la Unión Soviética. Según noticias aparecidas en la prensa francesa, un consejero económico del gobierno español destacado a la Feria Internacional de Chicago, celebrada entre el 7 y el 19 de agosto de 1950, señaló que los soviéticos estaban buscando un acuerdo comercial con Madrid para intercambiar gasolina y trigo rusos por mercurio, del que España era la segunda productora del planeta con cerca de 1.500 toneladas de las casi 7.000 que se producían anualmente a nivel mundial. La península poseía las mayores reservas conocidas de este mineral, evaluadas en torno al millón de frascos. El mercurio, único metal en estado líquido a temperatura ambiente, se mide en frascos, equivaliendo cada unidad a 34,5 kilogramos.

Aunque las aplicaciones del mercurio eran muy variadas -aparatos eléctricos, agente catalizador para la producción de cloro y sosa cáustica, fabricación de lámparas, termómetros, relojes, pilas y baterías, insecticidas y fungicidas- el consejero se tomó la molestia de recalcar que uno de los principales usos del mercurio era el endurecimiento de los metales con los que se fabricaba armamento, aparte de su uso en fulminantes y detonadores de explosivos.

¿Encubría este gambito una maniobra diplomática para obligar al bloque occidental a realizar avances en la negociación para poner fin al bloqueo internacional de la dictadura? Los servicios de inteligencia norteamericanos dieron crédito a esta posibilidad. Según un informe fechado el 13 de febrero de 1951, procedente de la antena en Estocolmo, España se habría convertido en suministrador de mercurio para la URSS en contrapartida a la pérdida del mercado yugoslavo tras la ruptura con Tito. Se acabaría de acordar un amplio envío a través de un intermediario suizo. No sería el único caso: Franco estaría negociando con otros satélites de la URSS importantes operaciones de intercambio como forma de presión diplomática sobre los Estados Unidos.

Un nuevo documento confidencial con fecha del 12 de septiembre de 1951 señaló que había en marcha negociaciones entre España y Suecia que implicaban grandes cantidades de mercurio que, según se creía, serían reenviadas fuera del país escandinavo. La prensa italiana aventuraba que España habría vendido a Checoslovaquia y la URSS 23.000 frascos de mercurio (793,5 toneladas) y se estarían negociando otros 12.000 frascos (414 toneladas).

El negocio podía ir más allá del trueque por alimentos, crudo o fertilizantes y arrojar resultados en divisas. Conocemos datos del lustro posterior (1951-1955), pero podrían ser indicativos de lo que venía ocurriendo en el mercado internacional. El precio del mercurio en Nueva York cotizaba a 187 dólares/frasco en tiempo normal, pero cuando en octubre de 1954 fue incluido en la lista de embargo para impedir su venta al bloque comunista, el precio alcanzó los 329 dólares/frasco. Así se mantuvo hasta abril de 1955, cuando comenzó un lento descenso hasta los 280 dólares/frasco con que acabó el año. En cualquier caso, la creciente demanda industrial de minerales estratégicos llevó, por ejemplo, al ministerio del ramo de la República Democrática Alemana (RDA) a provisionar 1,5 millones de dólares para su compra en el mercado internacional, o a asignar a una empresa intermediaria sueca –A.B. Transfer Kemiska Afdl– con sede en Estocolmo la tarea de ponerse en contacto con empresas germano occidentales y con firmas productoras de sulfatos, entre las que se decía que podría haber españolas, para establecer unas negociaciones que, evidentemente, la RDA no podía asumir directamente por razones políticas. En octubre de 1950, la CIA detectó una nueva operación, protagonizada por dos intermediarios italianos, en la que una importante partida de aceite de oliva español destinado a alimentar aparatos de precisión habría acabado recalando en la URSS tras pasar por la zona de ocupación soviética en Austria, batiendo la competencia de una compañía franco-argelina.

En la época del cuasi aislamiento internacional posterior a la guerra mundial, el déficit de divisas se intentó superar protocolizando las relaciones comerciales mediante un sistema de compensaciones: establecido un acuerdo bilateral, se estipulaban los productos que interesaban a cada parte, se acordaba un precio en divisas propias o de terceros y se procedía al intercambio de tal forma que el resultado final sumaba cero. Un ejemplo: si en el acuerdo con Suecia de 1949, España se comprometió a exportar tejidos de algodón por valor de 549.000 coronas danesas, asumió al mismo tiempo la obligación de importar pasta de papel por idéntica cuantía. Los acuerdos se signaban por los ministros de Asuntos Exteriores, pero de ello quedaba huella en los archivos del Instituto Español de Moneda Extranjera, que era quien se encargaba de los tipos de cambio.

Gracias a sus registros, que se conservan en el Archivo del Banco de España, se puede deducir que la antena de la CIA en Estocolmo había oído campanas, pero que su tañido no era tan estruendoso como creía ni como al que dio pábulo la prensa italiana. Es cierto que en 1950 se negoció el envío de mercurio español a Suecia por valor de 750.000 coronas suecas. Al cambio (7,613 pesetas/corona sueca), el beneficio ascendió a 5.709.750 de pesetas. Para saber de cuántos frascos de mercurio se trataba, habría que hacer la conversión a dólares (39,4 pesetas/dólar) y cotejar el resultado con el precio internacional del frasco. El resultado -a precio del mercado de Nueva York en época normal-, era un flete de 26,7 Tm. o, lo que es lo mismo, 774 frascos. Más significativas, aunque lejos de las sensacionales cifras divulgadas por espías y periodistas, fueron las exportaciones realizadas durante el resto de la década de los 50, que alcanzaron el millón de coronas suecas entre 1951 y 1953 y se estabilizaron en 1.500.000 hasta 1957, con fletes que entre 1953 y 1954 pudieron alcanzar las 53,4 Tm. y los 1.547 frascos.

Otros minerales igualmente estratégicos se exportaron en mayor cuantía, como los englobados bajo la denominación genérica de metales no ferrosos: aluminio, cobre, plomo, níquel, estaño, titanio y zinc y aleaciones como el latón, además de metales exóticos o poco comunes, como cobalto, mercurio, tungsteno, berilio y bismuto. Dejando aparte al espato flúor, cuyas propiedades como fundente facilitador de la obtención de acero de alta calidad interesaban a cualquier rama de la siderurgia, España vendió a Suecia 2.500 Tm. de tungsteno en la década 1948-1958, elemento presente en los filamentos incandescentes de las bombillas, en las soldaduras… y en los blindajes de los carros de combate. En ninguno de los casos exigió garantías de que no se reexportasen a terceros, veto que solo impuso respecto al aceite de oliva. ¿Desconocía el régimen que, como señalaron los servicios norteamericanos, era muy probable que productos esenciales para la defensa estuviesen yendo a parar a destinatarios no previstos? Si era así, no pareció importarle. Evidentemente, eso no afectaba en un ápice a su política anticomunista, pero los negocios eran los negocios.

Otro caso de notable contradicción entre ideología y comercio fue el ejemplificado por las actividades del Bureau d´Études et de Recherches pour l´Industrie Moderne (BERIM), empresa-tapadera de las actividades financieras del PCF, fundada en 1948 y dirigida durante una década por un compañero de viaje, Raymond Aubrac, retratado como “el principal responsable de los intercambios económicos Este-Oeste” por el Presidente de la República, Vicent Auriol. BERIM tenía lazos particularmente estrechos con el PC checoslovaco.

Praga, en el corazón del corredor que, partiendo de Zurich y Viena, comunicaba las dos Europas, era el epicentro de los flujos comerciales hacia el bloque socialista y del retorno en forma de viáticos de los partidos hermanos gobernantes en las democracias populares para sus homólogos occidentales. Por los contactos entre Aubrac y el viceministro de comercio exterior, Rudolf Margolius, se sabe que entre mayo y noviembre de 1951 se negoció entre el PCF y el gobierno de Praga una operación de suministro de metales no ferrosos esenciales para la economía checoslovaca. “La organización comercial de nuestros camaradas franceses” -señalaba el funcionario- “entraría en contacto directo con los productores (sobre todo en España) y, con la ayuda de nuestro representante que asegurará la financiación, realizará el contrato comercial hasta la entrega de los documentos a nuestros representantes”.

Los agentes del PCF ya habían enviado un cierto número de colaboradores a España, Portugal y América del Sur. El problema, no menor, que había que afrontar era el del transporte. Aubrac consagró varias reuniones a resolver el asunto hasta dar con la solución: la contratación de un armador sueco. De nuevo, la conexión escandinava. Tampoco había que olvidar lubricar adecuadamente los engranajes. En un mensaje cifrado con fecha 6 de noviembre de 1952, enviado desde París, el embajador checo solicitó un reembolso de 500.000 francos en concepto de gastos de viaje de Aubrac a España.

El negocio no era una bagatela para los intermediarios. El responsable de finanzas del PCF, Jean Jerôme, solicitó en abril de 1951 un adelanto de comisión de 100.000 dólares por la compra de metales (cobre, plomo, aluminio y cobalto) a cuenta de Checoslovaquia. No era extraño, entonces, que los camaradas checos intentasen sortear el pago en metálico ofreciendo su contravalor en productos de alto interés. En mayo, el viceministro Margolius recomendó a su superior llegar a un acuerdo con los franceses para el trueque de 1.200 toneladas de pasta de celulosa, esencial para la industria editorial -y, por tanto, para el aparato de agitación y propaganda del PCF- a cambio de metales no ferrosos o piritas. El caramelo debió ser tentador, porque el 20 de septiembre, Aubrac le comunicó que un socio suyo iba a encargarse de viajar a España para arreglar las modalidades de envío de un cargamento de pirita. Las gestiones rindieron fruto: el 10 de noviembre, la antena germano oriental de la CIA informó de la existencia de un contrato, firmado en el mes de julio, por el que Checoslovaquia había adquirido 10.000 toneladas de piritas españolas que llegarían a su destino en los próximos meses.

La entrada de España en la ONU abriría el camino a nuevas oportunidades. Agonizaba 1955 cuando el conde de Artaza, Luis de Olivares y Bruguera, cónsul en Londres, informó a la Dirección General de Política Exterior del Ministerio de Asuntos Exteriores que el periodista Guy Bueno, corresponsal de Arriba, se venía encontrando periódicamente de manera autorizada con un enlace del gobierno soviético, un tal Sergueiyev, que pretendía sondearle sobre el establecimiento de relaciones normalizadas entre los dos países a cambio, decía, de “la devolución del oro español en depósito en Rusia”. Hoy día sabemos por los ya clásicos trabajos de Ángel Viñas que no había nada que devolver, pero en aquel momento la añagaza de Moscú podía estar destinada a engolosinar a Madrid con la etérea promesa de un trato diferencial si Franco se mantenía al margen de la OTAN.

Como muestra de buena voluntad, dijo Sergueiyev, se había liberado a los últimos prisioneros de la División Azul o renunciado a la interposición del veto para la admisión de España en las Naciones Unidas. Bueno le respondió que, con ello, “Rusia a lo sumo había dejado de ser «mala», pero que todavía no se podían considerar esos gestos como prueba de que empezase a ser «buena»”. Las expectativas de la URSS y los países satélites, no obstante, eran ambiciosas: en un encuentro posterior a una rueda de prensa en el Foreign Office, el corresponsal oficial checo, Antonin Buzek, manifestó a Bueno su confianza en que “Madrid y Praga volverían a tener relaciones diplomáticas normales dentro de un futuro no muy lejano”. Le interrumpió el ruso, que fijó en la entrada de España en la ONU el momento para normalizar sus relaciones con todos los países. Bueno destacó a Artaza que sus interlocutores le apremiaban cada vez más penetrando en temas concretos y empezando a “dar señales de esperar alguna contestación o reacción nuestra”.

Un memorándum de la Oficina de Investigación e Informes de la CIA corroboró que había indicios fundados de todo esto. Citando un despacho del Departamento de Estado de fecha 13 de diciembre de 1955, que invocaba fuentes fidedignas, se informó que “España ha concluido definitivamente un tratado comercial con la Unión Soviética para la exportación de naranjas. Los rusos, según se informa, pagarán con maquinaria”. A pesar de que el mismísimo general Franco había negado categóricamente -la última vez, el 30 de noviembre- que Madrid tuviera ninguna relación directa con la URSS, sí admitió que hacía tiempo que España recibía bienes rusos por vía de intercambio comercial a través de terceros países y reconoció que algunos productos españoles podrían estar llegando a la URSS por intermediación de idénticos canales indirectos.

Según la inteligencia norteamericana, la URSS estaba preparada para ofrecer trigo a precios considerablemente inferiores a los vigentes en el mercado internacional en pago de las piritas y el mercurio españoles. Los soviéticos podían mejorar su oferta con el suministro de maquinaria industrial y de arrabio, hierro metálico fundido en un alto horno que se emplea como materia prima para la obtención del acero, a cambio de naranjas y arroz. La CIA confirmaba, por último, que en cualquier tentativa de reanudación de las relaciones comerciales entre ambos países iban a jugar un papel determinante las contrapartidas políticas, en concreto la potencial negociación sobre el oro y el retorno de los prisioneros de guerra españoles. Los norteamericanos temían que la reconciliación comercial entre Madrid y Moscú sirviese para que los soviéticos contrarrestaran el incremento de la influencia estadounidense en la península en un momento delicado para el despliegue de su política de contención por parte de Washington.

El cortejo beneficiaba a Franco en sus verdaderas pretensiones. Si occidente no quería que materias primas esenciales para la industria de guerra fuesen a parar a manos inconvenientes, ya sabía lo que tenía que hacer: tejer una red de acuerdos comerciales con España para suministrarle lo que necesitaba (algodón, nitratos, caucho, derivados del petróleo y maquinaria agrícola). La clave era encontrar un modelo que excluyese a la URSS y compensase las pérdidas que España tendría al renunciar al mercado de los países del este. Se encontró, como no podía ser de otra forma, y se materializó en los pactos hispano-norteamericanos de 1953, por los que Franco enfeudaba parte de la soberanía española a los Estados Unidos de América.

Hubiese sido un sarcasmo de la Historia el que, al igual que en el film Un, dos, tres (1961), de Billy Wilder, el joven comunista que sedujo en Berlín oriental a la hija del dueño de Coca-Cola presumía de que su anillo de pedida estaba forjado con el acero de un cañón de Stalingrado, en el blindaje de los carros rusos destinados, según la propaganda de la guerra fría, a tomar el sur de Francia hubiera estado fundido un pedacito de las entrañas telúricas de la España Una, Grande y Libre. Lo que sí parece indudable es que las portadas de L´Humanité en que se tildaba a Franco de asesino y las tarjetas con la reproducción de las palomas de Picasso que el Movimiento por la Paz difundió por centenares de miles se sufragaron gracias a un mineral cristalizado en cubos casi perfectos extraído del subsuelo ibérico. Todo un acto de justicia poética.

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Fernando Hernández Sánchez
Fernando Hernández Sánchez. Doctor en Historia Contemporánea y profesor de Didáctica de las Ciencias Sociales en la Facultad de Educación de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de Guerra o revolución: El Partido Comunista de España en la guerra civil (Crítica,2011); Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (Crítica,2015); El bulldozer negro del general Franco. Una historia de España en el siglo XX para la primera generación del XXI (Pasado&Presente, 2016) y La frontera salvaje. Un frente sombrío del combate contra Franco (Pasado&Presente, 2018). Coautor con Ángel Viñas de El desplome de la República (Crítica,2009). Ha colaborado en las obras colectivas En el combate por la Historia. La República, la guerra civil, el franquismo (Pasado & Presente, 2012) y Los mitos del 18 de julio (Crítica, 2013).

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