La gran operación propagandística de la reforma laboral de 2021 se sostuvo sobre una idea sencilla: España dejaba atrás la temporalidad masiva y avanzaba hacia la estabilidad.
El Gobierno “más progresista de la historia” vendió el aumento de los contratos indefinidos como un hito histórico, una supuesta derrota de la precariedad y un cambio estructural del mercado laboral; pero bajo la superficie estadística empieza a emerger otra realidad: miles de trabajadores son despedidos gratis durante el periodo de prueba, convertidos en mano de obra desechable bajo la etiqueta de “indefinidos”.
Los datos ya son imposibles de ocultar. Según el último informe de UGT, en 2025 se registraron 31.600 bajas de contratos indefinidos por no superar el periodo de prueba, frente a las 5.900 de 2019. Es decir: las extinciones se han multiplicado por más de cinco desde antes de la reforma laboral.
La cifra desmonta buena parte del relato oficial. La reforma no eliminó la precariedad: simplemente transformó sus mecanismos.
Allí donde antes predominaba el contrato temporal de días o semanas, ahora aparece un contrato indefinido que puede extinguirse sin indemnización ni prácticamente control judicial durante los primeros meses. Podríamos hablar ya abiertamente de “uso fraudulento” del periodo de prueba y no es una exageración: la ley permite a las empresas rescindir unilateralmente el contrato durante ese periodo sin necesidad de justificar la causa y sin indemnización. En la práctica, muchas empresas han encontrado una fórmula perfecta: contratar como indefinido, maquillar las estadísticas de estabilidad y despedir gratis antes de consolidar la relación laboral.
El maquillaje estadístico de la “estabilidad”
La caída de la temporalidad es real sobre el papel. La tasa bajó hasta alrededor del 15%, mínimos históricos, y el porcentaje de contratos indefinidos se disparó desde la aprobación de la reforma.
Pero la pregunta clave es otra: ¿qué calidad tiene ese empleo indefinido?
La propia evolución de los datos oficiales revela que buena parte de la supuesta estabilidad es extremadamente frágil. Uno de cada tres contratos temporales sigue durando menos de un mes, mientras aumentan las rotaciones y las bajas de fijos discontinuos.
Además, las bajas por no superar el periodo de prueba se han disparado un 659% desde 2021, según distintos análisis sobre microdatos de Seguridad Social.
Lo que antes era temporalidad explícita ahora aparece fragmentado entre:
-contratos indefinidos extinguidos en periodo de prueba;
-fijos discontinuos que pasan meses inactivos;
-parcialidad involuntaria;
-rotación constante entre empleos precarios.
El resultado es una falsa sensación de estabilidad estadística mientras persiste la inseguridad material de la clase trabajadora.
Reformar sin tocar el poder empresarial
La reforma laboral fue presentada como una ruptura con las políticas antisociales del ciclo austeritario. Sin embargo, el núcleo del poder empresarial quedó intacto.
No se recuperó la indemnización de 45 días. No se restauraron los salarios de tramitación. No se endureció de forma seria el despido. No se eliminó la capacidad patronal de usar mecanismos flexibles de expulsión de trabajadores.
La lógica sigue siendo la misma: abaratar y facilitar la rotación laboral.
El periodo de prueba se ha convertido precisamente en una válvula de escape para el empresariado.
La empresa obtiene todas las ventajas del contrato indefinido, bonificaciones, imagen estadística, flexibilidad, sin asumir apenas riesgos económicos si decide despedir.
Incluso la Inspección de Trabajo ha empezado a detectar abusos sistemáticos. En marzo se conoció que Trabajo había impuesto multas por más de 578.000 euros a cientos de empresas por irregularidades relacionadas con periodos de prueba fraudulentos.
El problema es que las sanciones llegan tarde y afectan solo a una pequeña parte del fenómeno.
La precariedad cambia de nombre
La reforma laboral no destruyó el modelo precario español: lo reorganizó.
Durante años, la temporalidad fue el gran símbolo de la explotación laboral en España. Ahora el sistema muta hacia formas más sofisticadas de inestabilidad, estadísticamente invisibilizadas.
Un trabajador puede encadenar varios “indefinidos” en pocos meses, ser despedido repetidamente durante el periodo de prueba y seguir apareciendo en las estadísticas oficiales como parte del milagro laboral del Gobierno.
El discurso triunfalista choca con la experiencia cotidiana de miles de trabajadores de hostelería, comercio, logística o telemarketing, sectores donde la rotación sigue siendo brutal y la estabilidad apenas existe.
La patronal ha aprendido rápidamente a adaptarse a la nueva normativa y el Gobierno, mientras presume de cifras récord de empleo, evita confrontar la cuestión central: quién controla realmente las condiciones de trabajo.
El sindicalismo ante el nuevo fraude laboral
Estos datos revelan también una contradicción política importante. Los grandes sindicatos avalaron la reforma laboral y participaron en su construcción dentro del marco del diálogo social. Hoy reconocen públicamente algunos de sus efectos perversos.
Sin embargo, las críticas institucionales siguen limitándose a pedir “más vigilancia” o campañas de inspección. El problema es más profundo: mientras el despido siga siendo barato y el poder empresarial siga intacto, la precariedad encontrará nuevas formas de reproducirse, porque el verdadero balance de la reforma no puede medirse solo contando contratos indefinidos. Hay que medir cuánto duran, cuánto pagan y cuánta seguridad real garantizan. Y ahí el relato empieza a resquebrajarse.








