Congoleñas: mujeres y niñas invisibles que sufren

0

Julián Gómez-Cambronero Alcolea @CongoActual elcongoenespanol.blogspot.com

De lo poco que nos llega sobre lo que ocurre en la República Democrática del Congo (RDC) quizá lo más difundido es la violencia sexual que sufren mujeres y niñas, a nivel nacional con cortos, documentales o programas de televisión e internacionalmente incluso con reconocimientos como el Premio Nobel de la Paz 2018 al ginecólogo congoleño Denis Mukwege o el español Príncipe de Asturias de la Concordia 2014 a la periodista y activista congoleña Caddy Abzuba. Mukwege es “el hombre que repara a las mujeres”, fundador y director del Hospital Panzi en Bukavu, donde se atiende a mujeres y niñas violadas cuyas consecuencias muchas veces las llevan hasta el quirófano; y Caddy, que en su intervención en los cursos de verano en El Escorial dijera: “Nosotras morimos para que ustedes puedan tener sus smartphones (…) Es una guerra que se ha librado sobre el cuerpo de la mujer”.

La violencia sexual en el Congo, que se ceba con mujeres y niñas a lo largo de un país regido por un poderoso sistema patriarcal que pasa inadvertido a nivel mundial, se multiplica en los lugares donde gobierna la violencia armada o, directamente, se combate en guerras tan desconocidas como destructoras. Dos causas principales, a mi entender, disparan este tipo de violencia en estas situaciones: su uso como “arma de guerra” y, sobre todo, la impunidad que da una maraña de conflictos y grupos armados muchas veces en territorios sumidos en un vacío de poder.

Lo de “arma de guerra” es conocido, también, y no es patrimonio del Congo. Más específicamente en la RDC, la violación tiene el poder de destruir comunidades sin pegar un tiro, sin gastar en una bala, precisamente debido a ese contundente patriarcado que nombraba y que, a diferencia de otros, no mantiene encerrada a la mujer en su casa. Muy al contrario, las mujeres congoleñas lideran sectores económicos del país, como la agricultura o el pequeño comercio y tiran de la economía a la par que sacan adelante familias numerosas -con una media de seis hijos por mujer que en zonas rurales llega a los diez-. Acabar con ellas, por lo tanto, puede acabar con una comunidad y acabar con ellas ocurre tras una violación en grupo, muchas veces acompañada de una extraordinaria e innecesaria violencia que destruye cuerpos y almas. La mujer tendrá que elegir entre callar y sobrellevar el daño recibido, con todo lo que conlleve, o sufrir la vergüenza pública y la estigmatización, entre otros, del marido que, o echará de la casa a su esposa, y ésta tendrá que abandonar la comunidad, o se irá él y la mujer quedará completamente desamparada y aislada.

La impunidad es la que da todo caos y ausencia de autoridad provocada por la guerra y suele estar ligada, como en el caso de “arma de guerra”, a cualquier conflicto armado, sea en África (Sudán, Etiopía, con el añadido de tratar de destruir la fertilidad del “enemigo”) o incluso en la pacífica Europa, cuando la ocasión lo requiere (recordemos Pale y sus prostíbulos de guerra, en Bosnia). Particularmente ese dramático aumento de la violencia sexual se vivió en el Este congoleño cuando a principios de 2025 el M-23 endureció su ofensiva y cayeron las ciudades de Goma y Bukavu. Como repetí entonces siempre que tuve ocasión, a la guerra que contábamos se unía otra paralela, invisible. Si en la conocida básicamente se enfrentaban dos bandos, en la invisible también había dos, aunque solo uno sufría: de un lado todos los combatientes (milicianos del M-23, integrantes de grupos armados, militares, desertores) y en el otro cualquier mujer o niña, estuviera donde estuviese (en la vulnerable tienda de un campamento de desplazados, recogiendo leña o buscando alimentos en las afueras, vagando por los caminos huyendo de los combates… y hasta en casas donde daban cobijo a las familias de refugiados).

En ese período, que no ha cesado, decenas de miles de mujeres fueron violadas. Es casi imposible conocer cuántas. Solo se tienen datos de mujeres atendidas en hospitales de organizaciones como Médicos Sin Fronteras, centros de salud… lo que hace suponer que las cifras conocidas se multiplican por muchas más porque, en estos casos, también, lo mejor es callar para no convertirte en la responsable de que te hayan violado o ver a tu familia apartada del resto. El hecho más monstruoso de aquel principio de año ocurrió en la prisión de Munzenze, en Goma, la noche anterior a la entrada del M-23, y durante el motín consiguiente todas las presas de esa cárcel fueron violadas. ¿Fueron los propios presos, milicianos de un bando u otro? Nunca se sabrá quién lo hizo, pero no quedó ahí la cosa: fortuitamente, o provocado para esconder ese crimen o, como se dijo, por la caída una bomba, el sector de las mujeres se incendió y casi todas, juntos a sus hijos también internos, murieron abrasadas…

Mucho más se podría decir, preguntarse, analizar… El doctor Mukwege en una ocasión pudo hablar con un joven que buscaba trabajo tras desertar de un grupo armado. El Premio Nobel le preguntó que porqué, además de violar a las mujeres, tenían que infringirles tanto daño, provocarles graves desgarros y otros destrozos. Y el joven le respondió: son nuestras y hacemos lo que queremos con ellas, ¿alguien se preguntaría porqué le retorcemos el pescuezo a un pollo?

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.