Un 8M para quemar cosas

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El fin de semana pasado, mientras muchas familias recorrían despreocupadas los pasillos de un centro comercial valenciano, la realidad se abría paso con la crudeza de un titular imposible de endulzar: una niña de 13 años fue agredida sexualmente por cuatro menores. Una escena que —esperamos— remueve conciencias y activa un déjà vu colectivo insoportable, porque la violencia sexual en manada no es ningún fantasma del pasado ni una anomalía estadística: es una expresión brutal de un problema estructural desgarradoramente presente.

Llegamos a una nueva semana del 8 de Marzo, el Día de la Mujer, con una sensación amarga de cansancio moral. Cada recuento reciente de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas, cada criatura atrapada en la violencia vicaria (en algún momento tendremos que repensar esto de poner calificativos diferentes a las violencias que son, en una palabra, machistas), no son solo cifras: son vidas truncadas dentro de un patrón que se repite con una regularidad que estremece. Y sí, cuesta no formular la pregunta incómoda: ¿qué falla cuando, un mes tras otro, año tras año, el mismo terror adopta formas nuevas pero mantiene las viejas expresiones de siempre?

Una parte de la respuesta —incómoda, pero ineludible— apunta hacia la cultura que normaliza la cosificación. La pornografía, masiva y accesible, no es una anécdota tecnológica ni una simple opción de ocio. Es una industria que presenta a las mujeres como objetos disponibles, sin deseo propio, sin límites. No es, como algunos pretenden, una modalidad de educación sexual; es una pedagogía del poder. Y cuando el relato hegemónico sobre el sexo se construye desde la dominación y la humillación ¿sorprende, de verdad, que algunos adolescentes confundan deseo, o incluso consentimiento, con disponibilidad?

Mientras tanto, varios estudios y encuestas alertan de un fenómeno igualmente inquietante: el negacionismo creciente entre la juventud respecto a la violencia machista. No es solo la típica reacción adolescente a consignas adultas; es el síntoma de un relato social roto, de una batalla cultural donde la igualdad compite con mensajes virales que banalizan abiertamente el machismo. Autodefinirse «no feminista» se ha convertido, para algunos, en una orgullosa etiqueta de apariencia rebelde. Paradoja curiosa, si recordamos que el feminismo no reclama privilegios, sino derechos básicos e igualdad.

Y en este escenario, el debate público a menudo parece atrapado en equilibrios extraños. Se defiende el velo islámico en nombre del relativismo cultural, como si cuestionarlo fuera una forma de intolerancia y no una reflexión legítima sobre símbolos que son un recordatorio de control sobre el cuerpo femenino, sobre la libertad de las mujeres para ser y existir de la manera que quieran. Se continúa hablando de la prostitución como «trabajo», con una naturalidad que ignora las asimetrías de poder y las condiciones materiales que abocan a tantas mujeres a esa realidad que las esclaviza y las somete a los caprichos de puteros y proxenetas. El lenguaje se puede maquillar, pero no transforma la esencia del problema.

En contraste con tanta confusión, hace unos días, en Mollet del Vallés, se ha celebrado el III Congreso de DOFEMCO (Docentes Feministas por la Coeducación), un encuentro que ha contado con la asistencia de casi 250 profesionales de la enseñanza feministas —la inmensa mayoría mujeres, pero también algún hombre— que ha puesto el foco donde realmente importa: en la educación. Coeducar no es una moda pedagógica ni un eslogan bienintencionado; es una necesidad, una estrategia de prevención profunda, la piedra angular de la construcción de una sociedad igualitaria. Implica enseñar a identificar los sesgos, a desmontar mitos, a entender el consentimiento, a reconocer la dignidad propia y ajena. Es, en definitiva, construir ciudadanía crítica en vez de limitarse a repetir esquemas heredados.

Porque la violencia no nace de la nada. Crece entre silencios, en las bromas machistas normalizadas, en imaginarios que legitiman la desigualdad. Y si algo ha demostrado la historia es que ninguna transformación social duradera se ha producido sin una apuesta decidida por la educación. Una educación, una coeducación, fundamental para dibujar una sociedad donde los niños de 13 o 14 años no piensen que es una opción agredir sexualmente una compañera de la misma edad. Una sociedad donde las niñas y las mujeres podamos ejercer de ciudadanas de pleno derecho, sin tener que pensar por adelantado en todas las posibles consecuencias de quedar con un amigo, incluso las más alocadas y tétricas, como que haya acordado violarnos en compañía de tres amigos más.

Mientras tanto, el debate público se dispersa con una facilidad desconcertante. Modas virales, polémicas instantáneas, fenómenos convertidos en espectáculo. El bombardeo informativo sobre los therian, por ejemplo, se ha instalado en conversaciones y pantallas con una intensidad que invita a la reflexión: ¿Cuánta energía colectiva dedicamos a lo pintoresco mientras la violència real, material y devastadora sigue cobrándose vidas? ¿Qué ocupa el centro y que queda en los márgenes?

Porque en los márgenes, con demasiada frecuencia, estamos las mujeres y están las criaturas víctimas de la violencia machista. También encontramos la educación afectivosexual pendiente, la coeducación infrafinanciada, o las políticas preventivas que nunca llegan a tiempo. Allí están, en definitiva, los debates incómodos que no encajan en formatos breves ni en algoritmos caprichosos.

Por eso, reordenar las prioridades colectivas es un ejercicio urgente. Hablar menos de distracciones y más de estructuras. Menos de ruido y más de raíces. Porque la igualdad no se defiende solo en manifestaciones anuales ni en declaraciones institucionales, sino en la manera en que una sociedad decide qué es accesorio y qué es irrenunciable.

Y quizás la conclusión más honesta, aunque incómoda, sea esta: ninguna moda mediática, ningún debate pasajero, ninguna cortina de humo digital tendría que eclipsar lo fundamental. La seguridad, la dignidad y la vida de las mujeres no son un tema más en la agenda social y política. Son la medida misma de la salud democrática de una sociedad. Todo lo que desvíe la mirada de esto merece, como mínimo, una sospecha crítica. Y toda sociedad que aspire a autodefinirse como justa, debe recibir una respuesta valiente.

Cerrar este relato sin caer en el derrotismo es muy difícil, pero también es necesario. Porque si alguna lección deja cada oleada de indignación es que la memoria social es frágil y el escándalo, efímero. Hoy nos conmueve un caso, mañana otro, y entre titular y titular el riesgo es acostumbrarnos al horror como quien se acostumbra al ruido del tráfico: siempre presente, cada vez menos audible.

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