¿Necesitamos las mujeres manifestarnos el 8 de marzo?

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Por Amparo Mañés Barbé (Secretaria General del Partido Feministas al Congreso – PFAC)

Ha calado en mucha gente el mensaje de que ya hay igualdad entre los sexos. Y en efecto, sobre el papel, la igualdad formal está prácticamente conseguida. Pero lo datos son tozudos y nos demuestran que la realidad no es, desgraciadamente, así. Pondré solo algunos ejemplos de lo que afirmo:

En los primeros 2 meses de este año, 10 mujeres y 2 criaturas han sido asesinadas por parte de sus parejas varones o sus padres en nuestro país. Violentos asesinos camuflados de perfectos vecinos. En todo el mundo, según el informe de UN Women, 50.000 mujeres y niñas fueron asesinadas por parejas sentimentales o familiares en 2024, lo que representa un promedio de 137 mujeres asesinadas cada día o una cada 10 minutos.

Solo en España, 2025 cerró con 103.942 casos activos de mujeres víctimas de violencia de género registrados en el sistema VioGen, teniendo en cuenta que muchas mujeres no denuncian nunca a su agresor por lo que no se pueden incluir en las estadísticas. El INE cifra en más de 39.000 los hombres condenados por violencia de género al año en España.

En estos meses pasados hemos podido constatar con horror que, la pederastia, ese horrible delito de agresión sexual contra menores, sobre todo niñas, está mucho más generalizada de lo que quisiéramos admitir. Y que, si la perpetran tipos ricos o poderosos, queda prácticamente impune. Por no hablar de la pederastia legal que países con normas estrictas en materia de sexualidad femenina, pero que autorizan en cambio a sus varones matrimonios con niñas prepúberes. La pederastia también está entre “los nuestros”.  Pero es que, además, casi cada día nos enteramos de juicios a abuelos, padres, tíos, etc. de criaturas inocentes que han sufrido abusos y agresiones sexuales, a menudo por años, por parte de familiares y gente de su entorno más inmediato. Y sabemos que solo llegan a juicio una ínfima minoría de los casos reales, casos que marcarán de por vida a las niñas y niños que los han sufrido en silencio. Además, niñas y jovencitas, sufren en muchos países del mundo -y cada día- mutilaciones genitales, matrimonios forzosos y violencia y crímenes de honor.

La prostitución y la pornografía, en cantidad ingente, accesible y gratuita para todas las edades (incluidos niños a partir de 7-8 años), no nos hablan de sexo sino de dominación masculina, porque siempre suponen violencia sexual; y también violencia física, económica, y tratos humillantes y degradantes contra las mujeres.

Asistimos también a una nueva manera de explotar a las mujeres en base a sus capacidades reproductivas. Así, proliferan clínicas depredadoras de óvulos y entramados de explotadores reproductivos de mujeres pobres y vulnerables de terceros países, con el objetivo de realizar una transacción criminal: la venta de bebés a personas que los compran para satisfacer deseos, que no derechos, y a las que el Estado renuncia a investigar, como sí hace en el caso de las adopciones. Al parecer, el talonario en estos casos la necesidad de demostrar la idoneidad como padres.

Las violaciones sexuales (y también el acoso sexual o por razón de sexo), siguen incrementándose en número y crueldad: en nuestro país, de 15 a 17 violaciones denuncias diarias. Teniendo en cuenta que las personas expertas consideran que apenas se denuncia un 10% de las realmente perpetradas. E incluso están presentes también en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Esas instituciones destinadas a proteger a toda la ciudadanía pero que permite agresiones y abusos contra las mujeres en su propio seno.

Cuando reclamamos igualdad, a menudo los varones nos reprochan que nosotras no vamos a la guerra. Pero, siendo cierto que muy pocas mujeres van al campo de batalla, no lo es menos que el cuerpo de las mujeres se convierte, en las guerras, en campo de batalla. Sufrimos no solo bombardeos, sino violaciones y asesinatos impunes, tráfico, cuidado de dependientes a cargo en contextos de supervivencia extrema. Y, al contrario que los varones, nos encuentra agotadas, indefensas y desarmadas. 

Si las guerras nunca se ganan, porque las perdemos todas y todos, las posguerras siempre las pierden las mujeres, no importa de qué bando sean: los varones heridos, héroes; las mujeres violadas o con embarazos forzosos, marcadas para el desecho. Por no hablar de la posguerra en países como Afganistán, Siria, Sudán, etc. en la que las mujeres están ahora mucho peor que antes de la guerra, sin que ningún organismo internacional tenga tiempo ni dedique esfuerzo alguno para remediar la ominosa conculcación de sus DDHH más elementales.

En cuanto a las estructuras de poder, todas ellas fuertemente masculinizadas, la generalización de la presencia femenina en proporción a su peso poblacional, como sería lo justo, apenas avanza a golpe de cuotas, que, además, son fuertemente cuestionadas por gente que nunca se ha cuestionado las cuotas masculinas a pesar de que -en no pocas ocasiones- alcanzan hasta el 100%.

Son datos y no opiniones, las que nos permiten constatar notables brechas de sexo en las cátedras universitarias, en los Cuerpos superiores de investigación, en las Reales Academias, en la judicatura, en el Ibex 35 o en las profesiones mejor valoradas como ingeniería e informática (mientras se desvalorizan profesiones feminizadas como Medicina o Magisterio). 

También hay que mencionar las brechas de tiempo y de responsabilidades domésticas que penalizan a las mujeres, generando a su vez brecha salarial y después de pensiones, contribuyendo decisivamente a la feminización de la pobreza. Restando, además, oportunidades de participación política y sindical, especialmente en la cúpula de esas organizaciones, allá donde se podrían corregir los sesgos entre ambos sexos. Tenemos que referirnos también a las mujeres migrantes, muchas de ellas con pésimas condiciones laborales o directamente explotadas.

Por su parte, en nuestras calles podemos constatar dos fenómenos en apariencia radicalmente distintos, pero ambos fruto del mismo origen patriarcal: el borrado físico del cuerpo de mujeres y niñas por diversos tipos de velo (hiyab, shayla, al-amira, chador, niqab o, incluso,  burka), porque así lo quieren los varones; y la exhibición, a veces casi pornográfica, del cuerpo de las adolescentes y mujeres jóvenes porque así lo quieren los varones (ombligos y escotes al aire en pleno invierno, tacones o plataformas imposibles, delgadez ¡pero con tetas!, perreo, etc.). 

Frente a todas estas desigualdades que tanto está costando erradicar a golpe de reivindicación feminista, nos encontramos ahora con el borrado legal del sexo femenino en las leyes, al convertir nuestro sexo en un sentimiento en la mente de los varones que así lo declaren. Ningún integrante de la clase política se atreve a definir a la mujer como lo que es: la hembra humana adulta. Y sufren censura y cancelación las mujeres que se atreven a decirlo… porque es la verdad.

Pero no nos engañan: porque al tiempo que nos dicen que ser mujer es un sentimiento en la mente de algunos varones o que es muy complejo definirnos, podemos comprobar que saben perfectamente quienes somos las mujeres. Y es que todas las violencias y desigualdades descritas en este artículo, y otras muchas, se ejercen precisamente contra nosotras, las mujeres, y contra nuestros cuerpos sexuados. En ese aspecto, jamás se confunden: siempre aciertan para saber quién es mujer y quién no.

Ante este contexto de violencia y desigualdad, la coeducación y la educación sexual feministas, instrumentos vitales para revertir la violencia masculina contra las mujeres y las niñas, son rechazadas por padres y madres por considerarlas «ideología», sin que las instituciones y autoridades educativas cumplan con su obligación legal de generalizarla en todos los niveles educativos. Pero sí se admite, en cambio, el fomento de la diversidad trans, que campa a sus anchas -confundiendo, cuando no dañando, a niñas y niños- sin que sus padres se enteren o se inmuten. 

Todas las realidades descritas me sirven para afirmar que, cuando se niega -contra toda evidencia- la violencia machista, o cuando se afirma que ya tenemos igualdad, lo que se pretende es desactivar nuestra lucha por conseguir erradicar la primera y alcanzar la segunda. 

Así es que sí, respondiendo a la pregunta que da título a este artículo, este 8 de marzo todas las mujeres debemos Y NECESITAMOS salir a reivindicar que las calles también son nuestras, como es nuestra la mitad de todo. Y que reclamar nuestro lugar en el mundo, al mismo nivel que los varones, no es “pasarse” como muchos de ellos afirman, sino -por el contrario- pura y simple justicia.

#8M2026

#DemocràciaSenseFeminisme=Barbàrie

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