La «prosperidad» de Franco al alcance de todos

0

Durante unos años parecía haber desaparecido, pero, visto lo visto, el comentario de que «con Franco vivíamos mejor» debe de haber estado en barbecho y resurgido con más fuerza. Ha descansado y ahora se ha fortalecido de los elementos de la tierra . Porque últimamente se ve en redes sociales y cualquier otra plataforma que permita expresarse al público una versión aumentada de tales comentarios. En las últimas semanas, al menos este Villlano, no ha parado de encontrar en twitter y similares proclamas no ya de que en la dictadura se vivía mejor o que ciertos problemas eran propios de la democracia, sino que, según estos usuarios, parece que el franquismo fue una época de prosperidad inusitada, la utopía última del progreso humano, donde todos atábamos a los perros con longanizas y nos bañábamos en champán. Todo esto dicho a veces por usuarios claramente nativos digitales, que nunca han tenido ya las referencias que tuvo este villano de ustedes.

No quiero incidir en el topicazo de que internet es lo peor pero, dado que se ha demostrado ineficaz el desmentir con datos históricos y objetivos en la mano la propaganda fascista que nos llega por este y otros canales, permítanme hacer una refutación de tal idea a través de mi propia experiencia, de cosas que a estos chavales, quizás, les pueda atraer e interesar comprobar y que pueden hacerlo en su propio entorno. A fin de cuentas, si bien, por edad, nadie me incluiría ya entre los jóvenes, sí soy, todavía, del grupo más reciente de los maduritos.

Cuando este Villano nació en la querida villa medieval de Madrid, hoy convertida en urbe y capital de un país —teóricamente— del primer mundo, la «modélica transición» no estaba en absoluto consolidada, y quizás por ello, aún, durante los primeros años de mi vida consciente, recuerdo haber visto a diversas personas soltar el tan traído y llevado «con Franco vivíamos mejor» o «con Franco esto no pasaba». Sin embargo, quienes soltaban tales remoquetes eran minoría, quizás auténticos señoritos al estilo de Los Santos Inocentes o miembros de Falange u otro grupo privilegiado a los que, efectivamente, la dictadura tenía bien cuidados. Y eran objeto de sorna en el humor de la época: como muchos españoles, este villano aprendió a leer con las historietas de Mortadelo y Filemón y recuerdo a Ibáñez, y a algún otro viñetista o historietista, como Forges, hacer una infinidad de chistes de tales comentarios. Aunque yo todavía tenía que crecer unos cuantos años y aprender historia de mi país para entender del todo aquellos chascarrillos, los recordaba, los veía y sí captaba que aludían a ciertos lugares comunes de aquel momento.

Aquí tenemos una primera refutación a pie de calle de tal idea: con lo bien que vivía todo el mundo en el franquismo, resulta que casi toda la actividad cultural española de la época mostraba otra cosa. Se decía hasta en los productos dedicados a un público infantil. Yo he citado a Ibáñez y sus agentes, pero este villano también tenía a su alcance otras historietas, como las del genial Manuel Escobar Saliente, que murió siendo este villano niño, y que, desde antes de la guerra, había estado mostrándonos en muy diversos medios y revistas con sus personajes la realidad social de la época. Todo el catálogo de personajes de este genial autor podría servir como refutación de tal idea: Doña Tomasa, la anciana sin más fuente de ingresos que realquilar su casa, ya alquilada por ella, a otros desarrapados para vivir, Petra, la criada para todo, chica de pueblo que intenta ganarse la vida en la ciudad sirviendo a una señora que le impone claramente condiciones abusivas —¡en una de sus historietas Escobar nos cuenta que su paga son cinco duros los meses que no tienen r!— y especialmente el genial Carpanta, una actualización al siglo XX de la picaresca española, un vagabundo que vive debajo de un puente —que Escobar alguna vez nos muestra con un toque de humor que lo tiene amueblado, empapelado y perfectamente acondicionado—, y que siempre está intentando llevarse algo a la boca sin conseguirlo nunca. Escobar no lo decía explícitamente pero es una referencia tan clara al hambre que se pasaba, que la censura franquista tomó cartas en el asunto e impuso a Escobar que su personaje no podía decir que tenía «hambre», sino «apetito» porque, por supuesto, «en la España de Franco nadie pasa hambre» —así se lo comunicaron a Bruguera—.

Pero alguien podría tener la tentación de descalificar estas creaciones aduciendo que estaban dirigidas al público infantil, que eran algo intrascendente y pueril. Bueno, pues nos hemos metido ya con Carpanta en el tema de la censura —que en mayor o menor grado sufrieron casi todos los dibujantes de Bruguera— y del que nadie negará su seriedad y trascendencia.

No sólo sufrieron la censura —censura de verdad, de meterte en el calabozo si decías algo que no gustara al poder. No que gente a la que no le ha gustado tu obra lo comente en internet, que es lo que ahora entienden algunos por censura— los creadores de historietas infantiles y juveniles. Luis García Berlanga la sorteó muy hábilmente para traernos a través de un medio, el cine, tradicionalmente más asociado en la mente popular al público adulto, continuas joyas como Plácido, El Verdugo o Los Jueves Milagro, donde se nos mostraba cómo debían ganarse la vida la mayor parte de los españoles. La peripecia que pasa el protagonista de Plácido en pleno día de Nochebuena para poder pagar una letra de su motocarro que le reclaman sin previo aviso para poder seguir malviviendo con ventas y repartos y sacar adelante a su numerosa familia que sobrevive con él en una casa de una sola habitación hace tambalearse la idea que algunos pretenden vender de un franquismo próspero. Aunque en este mismo largometraje se nos muestran con gran carga irónica la hipocresía y condescendencia de las clases favorecidas con la campaña «siente a su mesa a un pobre».

Pero no se queda ahí la cosa, es que, incluso obras teóricamente propagandísticas del régimen, hoy parecen una crítica al mismo, y les sugiero que vean el cine español de Trece TV para que sepan a qué me refiero, con su arsenal de películas laudatorias de los señoritos y del clero chusquero.

Para finalizar, esto es lo que nos dice la producción cultural de la época, pero también pueden estos chavales indagar en su propia familia. Yo, al crecer, me asombré de que mi madre, no mi abuela, mi madre, el año en que nació, todavía conoció dos cartillas de racionamiento. Sí, eso que es tan malo cuando supuestamente lo hacen en Cuba o países socialistas, lo hubo aquí con Franco. Sin hablar del trabajo de las mujeres, abrir cuentas en bancos, etc.

Así que sí, si estos chavales se animan a indagar fuera de internet y buscar otras referencias, tienen facilísimo comprobar que el franquismo fue miseria y hambre. En otro momento, por cierto, habrá que analizar por qué por las redes el mensaje que llega es el de criptobros, tarados de gimnasio y emprendedores, y no el que nos llegaba a nosotros por otros canales. Algo se tiene que estar haciendo mal en este medio, porque no puede ser que todo el que escribe o habla allí sea de derechas o extrema derecha. Y no me vengan con el control de los algoritmos o la IA por los oligarcas, que eso siempre ha existido por todos los canales por los que nos hemos expresado. Tomen como ejemplo la censura de la que antes hablamos.

Viñeta de Forges alusiva a la famosa frase de «con Franco esto no pasaba»

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.