Mientras escribo este artículo está terminando una edición muy particular de La Vuelta Ciclista a España. La organización quiso desde el principio que fuera una vuelta especial, ya que era la edición número 80 de nuestra carrera por etapas. En ese intento se incluyeron casi todas las montañas y lugares míticos de la ronda. Pero al final ha sido noticia por otros motivos. Personalmente, debo reconocer que como espectador no me gusta que una prueba deportiva sea noticia por protestas y motivos ajenos al espectáculo pero, en mi opinión, la causa de detener un genocidio en curso tiene prioridad sobre lo que sea. Y aquí llegamos al quid de la cuestión: ¿Son los espectáculos deportivos el mejor lugar para actuaciones de este tipo? ¿Tienen los ciclistas la culpa de lo que ocurra en Gaza? ¿Es lícito mezclar política y deporte?
Machaconamente se nos está intentando convencer de que las respuestas a estas preguntas son negativas en los tres casos, pero es que han equivocado el punto de partida. Porque no fueron los manifestantes que han cortado varias etapas de la Vuelta 2025 los primeros que pensaron que el altavoz de las competiciones deportivas era el mejor para una reivindicación política. Fue Sylvain Adams, un millonario canadiense, judío y sionista el que creó un equipo ciclista con la intención confesada por él mismo de hacer propaganda de la causa israelí. Curiosamente a este gran capitalista nadie le afeó el gesto de convertir nuestra carrera por etapas en un escenario más de la masacre de Gaza. Así que si fueron los sionistas los primeros que abrieron este camino no tienen la menor excusa para quejarse si otros deciden seguirlo.
Pero no se acaba aquí la cosa. Es que si realmente nos decidiéramos a separar política y deporte habría miles de equipos e instituciones que no podrían competir. Empezando por las mismas selecciones nacionales, buena parte de los equipos de Europa del Este, que llevan nombres relativos a la época socialista —aunque actualmente varios de ellos, como el Estrella Roja de Belgrado, han caído en manos de colectivos ultras de extrema derecha—, o el mismo Espanyol de Barcelona. El deporte, como todas las parcelas de la vida, está muy influido y afectado por la política, y prescindir de ésta en cualquier aspecto de la realidad es una pretensión tan fútil y absurda que los antiguos griegos llamaban idiotes al que no quería tomar partido ni mojarse. Supongo que no hace falta que les aclare qué palabra actual deriva de idiotes ¿verdad?
El asunto de si los ciclistas tienen la culpa es más complejo, lo admito, porque estoy seguro de que varios de ellos al apuntarse a este equipo sólo intentaban mejorar en su trabajo y competir. Y el resto del pelotón estaría centrado en lo suyo. O sea que en muchos casos no creo que de principio pensaran en hacer apología del infanticidio masivo cuando se apuntaron a esta escuadra. Pero una vez que han sabido lo que representaba el equipo Israel Premier Tech—y han tenido que saberlo después del revuelo montado—, podrían haberse pronunciado al respecto. Pero no, han preferido la táctica del bienqueda, el no molestar… La idiotez, en resumen. ¿Recuerdan? Eso, sin ser un apoyo directo al sionismo, sí es un gesto feo y cobarde. Por otro lado, si corredores y organización pensaban, y tenían derecho a pensarlo, que lo importante en la vuelta era el asunto deportivo, podrían haber dado de baja al equipo hebreo y todo hubiera terminado. Por último resulta, como poco, chocante oír a algunos ciclistas quejarse de que lo han pasado muy mal con las manifestaciones mientras en Gaza son quemados vivos miles de niños.
Como ven, al final, lo que subyace es la antipolítica una vez más, una idea que basta con ver quién la promueve para saber a quién beneficia. Las voces que piden no politizar las cosas vienen casi siempre de políticos o de gente con una posición política muy clara y, habitualmente, del mismo lado del espectro político. Nunca se oye a los «apolíticos» decir que los cantantes que se meten con los rojos antes de sus conciertos adoctrinan, que el Espanyol de Barcelona debería ser disuelto o, lo más flagrante en el caso que nos ocupa, recuerden, que quien empezó politizando La Vuelta fue un millonario sionista. Los mismos millonarios y cabecillas del capitalismo son los que nos quieren apolíticos o, digámoslo claro, idiotas. Y además faltan a su misma palabra cuando resulta que Rusia lleva varios años excluida de varias competiciones deportivas por muchísimo menos de lo que está haciendo actualmente Israel en Gaza. De hecho hay un equivalente en el ciclismo al equipo Israel Premier Tech, el equipo Gazprom, patrocinado por la empresa gasista estatal rusa, que fue disuelto sin contemplaciones y nadie compadeció a sus ciclistas , y eso que no eran directamente un equipo propagandístico del Kremlin, sino de una empresa nacional.
En fin, habría que recordar que hubo deportistas en el pasado como el futbolista Sócrates, el boxeador Muhammad Ali, o los velocistas norteamericanos Tommie Smith y John Carlos que se la jugaron muy seriamente por sus ideas. Ideas, por cierto, en todos los casos del mismo lado del espectro político y que, en ocasiones, les salieron muy caras, como a Ali, que a pesar de su magnífico recorrido deportivo, perdió posiblemente sus mejores años de carrera pugilística por negarse a ser alistado para ir a Vietnam. «No tengo nada en contra del Vietcong, el Vietcong no me ha hecho nada. Ningún vietcong le ha quitado a mi madre su asiento en el autobús, ningún vietcong me ha llamado nunca negro con desprecio, ningún vietcong me ha impedido entrar en una biblioteca. No recorreré miles de millas para matar gente en un país pobre y que aquí el blanco siga explotando a los negros», dijo Ali. Por ello estos deportistas perduran. Los mayoría de los atletas y competidores de de hoy, sin embargo, y no sólo los ciclistas, sino con frecuencia de todas las disciplinas, han preferido ser idiotas.




