Por Eva Neila Ausín
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Los puteros piensan en el sexo en compañía como un derecho individual, un acto masturbatorio, no como una experiencia compartida, y entienden que la sociedad les debe un marco en el que adquirir ese derecho a través de un mísero pago. Si acaso comparten la experiencia con otros hombres, penetrando a la misma mujer y observándose entre sí. Esta mentalidad es la base de la prostitución: convierte cuerpos en objetos y relaciones humanas en transacciones, legitimando la explotación y el abuso.
La prostitución no es sexo. Es la práctica de sexualidades enfermas, cultivadas por una cultura misógina que enseña a los hombres a negar la humanidad de las mujeres. Quien paga por prostitución no busca placer compartido, sino la posibilidad de consumir un cuerpo desahuciado por el mercado laboral a cambio de una miseria, para volcar en él sus fantasías de dominación y humillación.
No les basta con penetrar una y otra vez; exigen que sonrían, que aparenten placer, que disfracen con gestos de deseo lo que en realidad es violencia sexual. Han aprendido a desconectar de la vulnerabilidad de estas mujeres y de las violencias que las atraviesan. Son capaces de masturbarse con su boca, su vagina y su ano hasta alcanzar el clímax sin detenerse un instante a pensar en el dolor y la degradación que producen. ¿Qué clase de estómago tienen estos varones para hacerlo? ¿Qué cultura misógina los ha criado? ¿Cómo pueden volver después a sus casas a posar de padres ejemplares y esposos entrañables?
La empatía parece haber desaparecido de esta sociedad. Porque todos tenemos boca y ano, y no cuesta demasiado imaginar lo que significa soportar treinta actos sexuales forzados diarios. posiblemente, ese es el promedio que soportan muchas mujeres en situación de prostitución. Este es el infierno que se esconde detrás de la falsa palabra “servicio”.
En España, las estimaciones oficiales sitúan en torno a 170.000 las mujeres prostituidas. Esta cifra se obtuvo mediante el método de Poisson truncado, que permite estimar poblaciones ocultas, en el Macroestudio sobre trata, explotación sexual y prostitución de mujeres de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, 2023. Si cada una de ellas soporta de media unas 30 penetraciones diarias, estamos hablando de unos 5,1 millones de actos sexuales consumados forzados bajo pago cada día. Esta cifra es un promedio estimativo que sirve para dimensionar la magnitud del problema. Considerando que la población masculina adulta no alcanza los 20 millones de varones, esto implicaría que más de una cuarta parte de los hombres consumen mujeres diariamente. Resulta difícil de creer que las estadísticas oficiales sitúen en solo un 32 % el total de varones que han pagado por sexo alguna vez en su vida. ¿Qué pasa, que siempre son los mismos millones de abusadores los que acuden a diario? Esa contradicción arroja serísimas dudas sobre la fiabilidad de los datos disponibles y alerta sobre el grado de opacidad que envuelve el negocio prostitucional.
Algunas investigaciones oficiales indican un uso de preservativos del 95 %, pero testimonios de mujeres prostituidas sugieren que en la práctica este porcentaje es mucho menor, lo que evidencia la distancia entre datos y realidad. Muchas mujeres aseguran que al menos la mitad de los hombres se niega a utilizarlos. Esta discrepancia evidencia no solo el riesgo extremo para su salud, sino también la normalización del abuso: muchos puteros compran no solo el acceso a un cuerpo, sino también el derecho a imponer condiciones de riesgo y violencia.
Hablar de prostitución como “trabajo” es un eufemismo. Preguntémonos qué tipo de “trabajo” es ese. La realidad es que la prostitución destruye cuerpos y vidas de manera sistemática y acelerada, hasta el punto de que ningún marco legal de derechos laborales podría reparar el daño. Las mujeres soportan múltiples actos sexuales diarios, que pueden llegar a superar la cincuentena, lo que provoca traumatismos en genitales, ano y musculatura, dolor crónico y problemas digestivos o urinarios. La exposición constante a infecciones de transmisión sexual, incluso cuando se usan preservativos, es elevada, ya que muchos abusadores se niegan a utilizarlos.
El daño no es solo físico. La prostitución genera estrés extremo, ansiedad, depresión y trastornos de estrés postraumático. Obligar a una mujer a fingir placer mientras sufre humillación y violencia constante provoca disociación, desconexión de su propio cuerpo y alienación progresiva. Muchas mujeres pierden la capacidad de establecer relaciones afectivas normales, aislándose emocionalmente como mecanismo de supervivencia.
A esto se suma la exposición directa a violencia física y sexual, amenazas y proxenetismo. La esperanza de vida de las mujeres prostituidas es alarmantemente baja: en España ronda los 45 años. La falta de acceso a servicios sanitarios, combinada con estrés crónico y consumo de drogas en algunos casos, incrementa la mortalidad y el riesgo de complicaciones graves.
No es cuestión de extender derechos laborales o pensiones. No hay ley, seguro o baja laboral que pueda restaurar la salud, la integridad o la vida que la prostitución arrasa. Por eso, cualquier intento de normalizar esta práctica como “trabajo” es un engaño peligroso: la prostitución no es trabajo, es depredación y destrucción acelerada de personas.
Podemos escuchar el relato resumido de muchas mujeres que han vivido esta explotación: muchas coinciden en señalar que consumieron drogas porque no podían soportar ni procesar la realidad en la que estaban inmersas, describen cómo tras años de prostitución sus articulaciones presentan lesiones crónicas que les impiden caminar sin dolor; cuentan que las noches de abuso se mezclan con miedo constante a ser golpeadas o vejadas, y que la violencia más profunda proviene del desprecio que perciben en los hombres que se sienten “con derecho” sobre su cuerpo. Su estigmatización y aislamiento social dificulta o impide su reinserción social, que viene condicionada por la ausencia de una alternativa habitacional al prostíbulo o piso en el que son explotadas. Estos testimonios humanizan las escandalosas cifras que de otro modo parecen abstractas y frías, recordándonos que detrás de cada número hay vidas rotas.
Necesitamos subvertir la cultura masculina y la complicidad social que mantiene este sistema. La señora Ministra ha filtrado que su ley abolicionista incluirá el proxenetismo digital y un enfoque punitivista hacia el proxenetismo en todas sus formas y no sabemos si hacia el putero también. Bien. Pero necesitamos más: no basta con sancionar conductas, hace falta invertir en un cambio cultural profundo. No se trata solo de castigar, sino de transformar. Esto requiere educación desde la infancia y adolescencia, campañas sociales que cuestionen la normalización del consumo de cuerpos y programas que enseñen empatía, respeto y comprensión de la vulnerabilidad ajena. Nos preguntamos qué mecanismos para prevenir el acceso de menores a la pornografía, principal escuela que garantiza la continuidad de esta industria criminal, incluye su ley. Sería pertinente incluir programas de educación sexual crítica y control parental, siguiendo ejemplos de países como Suecia o Noruega, donde se evidencia reducción del consumo de prostitución juvenil.
El problema no es únicamente individual, sino colectivo. La prostitución se mantiene gracias a una complicidad cultural que banaliza la violencia sexual, que convierte la explotación en diversión masculina y la humillación en entretenimiento. Las llamadas “hazañas” sexuales, celebradas en conversaciones de bares, oficinas o redes sociales, funcionan como una medida de estatus y refuerzan la impunidad masculina. Mientras los hombres sigan siendo socializados para ver los cuerpos femeninos como objetos de consumo, la empatía hacia las mujeres seguirá ausente.
Ese putero que se reincorpora a su hogar, que a la mañana siguiente sale a trabajar, es nuestro compañero de oficina, nuestro jefe, el entrevistador de RRHH que nos pregunta como aspirantes a un trabajo si vamos a querer tener hijos, es el tendero que nos atiende en la tienda de alimentación. ¿Es más empático con otras mujeres? ¿No subyacen pensamientos lascivos cuando socializa con mujeres? ¿No impregna de la misma violencia sexual a las mujeres con las que comparte otros espacios? ¿Alguien se cree que la violencia que ejerce con la mujer en situación de prostitución no se filtra en el resto de interacciones? ¿Hasta qué punto está anulada su empatía para con todas? Estudios sobre socialización masculina y consumo de prostitución indican que la normalización de la violencia sexual puede filtrarse en relaciones laborales y cotidianas (Smith, 2020; López, 2021).
Y si mañana cualquiera de nosotras tiene que pedir un favor a un compañero hombre, ¿no nos planteará como compensación disponer de nuestro cuerpo de acuerdo con su lógica depredadora? ¿De verdad alguien cree que es posible construir una sociedad igualitaria con esta lacra?
Señora Ministra, por favor, tenga muy presente que un abolicionismo real exige que, además de lo anunciado, se incluyan dos apuestas firmes: programas de rehabilitación y reinserción para las mujeres atrapadas en el sistema prostitucional, que les permitan una salida real y segura; y educación y campañas sociales que hagan visible el daño que los puteros infringen, rompiendo la complicidad cultural que convierte la explotación en broma y la violencia en ocio masculino. Es urgente que los hombres aprendan a vernos a las mujeres como humanas, que dejen de negar nuestra vulnerabilidad y que comprendan que ningún cuerpo puede sostener el peso de sus fantasías de dominación.
No se trata de moralina, sino de empatía. La prostitución no puede ser tratada como una profesión más, ni los cuerpos de las mujeres como mercancía que cotiza en un mercado. Ese cambio cultural profundo es el verdadero núcleo de cualquier proyecto político que quiera llamarse feminista.
Esperamos con impaciencia la anunciada ley abolicionista.








