La coartada de Ceuta, el terrorismo de Kiev y la Europa que nos arrastra al abismo

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Entre el miedo, la propaganda y la escalada geopolítica

Uno asiste, entre el estupor y la náusea, al espectáculo de una clase política europea que ha decidido que, ante la imposibilidad de resolver los problemas reales de sus ciudadanos, la única salida es prenderle fuego al continente y culpar al vecino de la esquina. Si alguien pensaba que el surrealismo geopolítico había tocado techo, bastaba con asomarse a los despachos de Moncloa y a las cancillerías de la Vieja Europa en este convulso 2026. Ahí tienen a Pedro Sánchez y a su gobierno, calentando motores con el guión más rocambolesco y desesperado de la temporada: la supuesta “invasión rusa” o la injerencia híbrida del Kremlin en Ceuta.

¿En serio? ¿Ceuta? Da hasta risa, si no fuera porque se están jugando nuestra paz, economía y el futuro a una carta. Vincular cualquier fricción en la frontera sur, cualquier incidente menor en el norte de África, con la mano negra de Moscú no es política exterior; es una huida hacia adelante. Es la enésima cortina de humo de unos gobiernos que actúan más como delegados de barrio, sumisos y arrodillados ante la OTAN, que como representantes soberanos de sus propios pueblos. Necesitan un casus belli, una excusa lo suficientemente escandalosa para justificar el injustificable y, sobre todo, para forzar la mano a unos Estados Unidos que, por mucho que muevan los hilos desde la sombra, no están precisamente por la labor de enviar a sus muchachos a morir en una guerra directa contra una potencia nuclear por los bellos ojos de Ursula von der Leyen.

Pero lo más grotesco de todo este teatro, lo que realmente desnuda el nivel de vasallaje y de miseria moral de esta nomenclatura, no es solo que se inventen ataques híbridos o que vean espías de Putin hasta en la sopa. Lo verdaderamente indignante es el sepulcral, cobarde y cómplice silencio que guardan ante las declaraciones de Volodímir Zelenski.

El mandatario ucraniano, con la desesperación propia de quien ve que el chiringuito se le desmorona y que el invierno se le echa encima sin recursos, se planta delante de las cámaras y anuncia a los cuatro vientos que va a empezar a tumbar aviones civiles y a bombardear aeropuertos en Rusia. “Atacaremos aeropuertos y aviones civiles rusos”, dice, advirtiendo a las aerolíneas internacionales de que el espacio aéreo ruso es ahora una zona de caza para sus drones. Eso, en cualquier diccionario que no haya sido reescrito por el departamento de propaganda de la OTAN, tiene un nombre: terrorismo de Estado con preaviso, firma y sello.

¿Y qué dicen Sánchez, Kaja Kallas, Radosław Sikorski y el resto de la pléyade de mandatarios europeos? Ni pío. Se les llena la boca con los derechos humanos, el derecho internacional y la defensa de la democracia liberal, pero cuando su prohombre en Kiev amenaza con reventar un vuelo comercial con cientos de civiles a bordo —que lo mismo son chinos, o indios, o turistas de cualquier país del sur global, porque el espacio aéreo ruso es inmenso—, miran para otro lado. Callan como putas. Porque admitir que están financiando, armando y aplaudiendo a un dirigente que amenaza con volar aviones de pasajeros arruinaría el relato. Si Putin estornudara cerca de la frontera polaca, lo calificarían de crimen de lesa humanidad; pero si Zelenski amenaza con masacrar pasajeros civiles, es “legítima defensa” y “resiliencia”. La hipocresía huele a azufre.

La agenda, sin embargo, no se detiene, y el guión exige sangre y miedo. ¿Por qué esta obsesión enfermiza con vincular cualquier desgracia doméstica con Moscú? La respuesta es tan sencilla como deprimente: están acorralados. La transcripción de las miserias europeas es meridianamente clara. Ucrania está colapsando, la economía de guerra se los está comiendo vivos, las refinerías arden y las encuestas electorales les auguran el desastre. Miren a Alemania: la economía no es que vaya mal, es que está en cuidados intensivos, y la extrema derecha de la AfD amenaza con barrerlos en las urnas (con ese 40% de intención de voto en Sajonia-Anhalt que quita el hipo). Necesitan un enemigo exterior. Necesitan que el pueblo, paralizado por la inflación y la desindustrialización, no mire a sus gobernantes, sino al este.

Y así nos cuelan los “sabotajes”. Cualquier chispazo en una subestación eléctrica en Colonia, o una explosión de petardo en Augsburgo, es inmediatamente bautizado como un “ataque híbrido” del Kremlin. Resulta casi cómico ver a la policía alemana paseándose por campos de coles y hortalizas, con la misma tranquilidad de quien busca setas, investigando supuestas bombas rusas. O el famoso dron de Leipzig, un artefacto de pacotilla que parece comprado en Amazon, interrumpiendo un vuelo de carga ucraniano que, casualidades de la vida, transportaba armas. ¿De verdad alguien en su sano juicio cree que los servicios de inteligencia rusos van a dejar un dron de juguete aparcado en la pista de un aeropuerto alemán para que lo fotografíen? Es de risa, pero la broma nos está costando el cierre de centros culturales, la expulsión de diplomáticos y una retórica que ya no es que sea belicista, es que es suicida.

Ahí tienen a Kallas y a Sikorski, en sus reuniones en Irlanda, dando saltos de alegría, hablando de “guerra abierta” y de que “ya no vivimos en tiempos de paz”. Están encantados de haberse conocido, jugando a los soldaditos mientras las tortas, las sanciones y el frío se los lleven los europeos continentales. Porque esa es la gran trampa: Estados Unidos y el Reino Unido dirigen la orquesta, pero son los vasallos europeos los que ponen el escenario, los instrumentos y, si hace falta, los cadáveres. Buscan con lupa, con una desesperación casi patética, que Rusia cometa un error, que Putin, harto de tantas provocaciones de patio de colegio, suelte un misil que cruce una frontera de la OTAN. Quieren arrastrar a Washington al matadero, aunque para ello tengan que convertir Europa en un páramo radiactivo.

Mientras tanto, el resto del mundo les mira como quien observa a unos locos escapados del manicomio. En Asia, en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) en Bishkek, las verdaderas potencias se reparten el futuro del mundo. Putin, Xi, Modi, Erdoğan… debaten sobre infraestructuras, sobre el nuevo orden multipolar, sobre inteligencia artificial y comercio, mientras celebran unos Juegos Nómadas que reivindican una identidad y una fuerza que a nosotros nos parece exótica por pura miopía eurocéntrica. Allí se ríen, metafóricamente, de nuestras crisis energéticas y de nuestras paranoias atlantistas. El Sur Global ya ha pasado página; Europa, en cambio, sigue aferrada a la barandilla de un barco que se hunde, creyéndose aún el ombligo del universo.

Al final, como bien dicen por ahí, de perdidos al río. Sánchez, Merz, Macron y compañía son gestores de la decadencia, pirómanos que queman su propia casa para cobrar el seguro de la industria armamentística y culpar al vecino. Y nosotros, los ciudadanos, de rehenes en su barco a la deriva, pagando el pasaje, sufriendo los recortes en sanidad y educación para financiar la enésima remesa de misiles, y escuchando atónitos cómo nos venden la invasión de Ceuta mientras callan, cómplices y aterrorizados, ante los que amenazan con derribar aviones civiles. Que Dios nos pille confesados, porque la cordura, en esta Europa vasalla, hace tiempo que emigró.

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