Cosa nuestra

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Bárbara Lee Rojas | Mujerencia

Destacando la esencia, herencia, gerencia e incidencia femenina en la sociedad

¿Por qué seguimos tratando la desigualdad como un problema de mujeres? Con esa pregunta incómoda empecé mi conversación con María Martín Barranco, jurista y ensayista nacida en Motril, autora de varios libros sobre lenguaje y sexismo y directora desde 2013 de la Escuela Virtual de Empoderamiento Feminista. Si algo valoramos en Mujerencia es el saber hacer de las mujeres, y el de María es un saber de oficio: lleva años convirtiendo la teoría en herramientas para que cualquiera las pueda usar.

Le pregunté qué idea cambiaría si pudiera cambiar solo una. No dudó: «la idea de que lo que nos pasa a las mujeres es cosa nuestra. Que la violencia es un asunto privado, que conciliar es un problema de madres, que la formación en igualdad es algo que tenemos que hacer las mujeres, que el acoso se evita si tenemos cuidado. Mientras lo que nos perjudique sea cosa de mujeres, la sociedad va a verlo como secundario».

Esa respuesta es el centro de todo lo demás. Cuando un problema se etiqueta como asunto de mujeres, no solo se le resta importancia: también se nos asigna la tarea de resolverlo. Somos a la vez quienes sufrimos la desigualdad y quienes debemos explicarla, denunciarla y corregirla. Lo que María propone es devolver esa responsabilidad a la sociedad entera, todos somo co-responsables.

Las palabras no son inocentes

Para María, ese reparto empieza en el lenguaje. «Si el diccionario dice, por ejemplo, que un cualquiera es un hombre sin importancia y una cualquiera, una mujer de conducta reprochable, eso no es un descuido». Y frente a la defensa habitual de quien asegura que no quería ofender, responde: «No hay que preguntarse cuál era la intención, hay que preguntarse cuál es el resultado cada vez que hablamos».

También corrige un lema que hemos repetido hasta vaciarlo: «Lo que no se nombra existe exactamente igual, pero no se piensa y lo que no se piensa no se transforma». Y sabe que nombrar incomoda. Lo vivió con el debate en España sobre la palabra monomarental, que algunos consideraban innecesaria porque ya existía monoparental: «Es como decir que porque ya existe la palabra fruta no puedes decir pera o no puedes decir manzana».

Mi lectura es que la intención es un refugio cómodo. Permite que la expresión siga circulando mientras la discusión se desvía hacia el carácter de quien habla, que asegura no ser así ni haberlo dicho con mala intención. Pero las palabras trabajan solas. Una frase dicha sin malicia sigue enseñando, a quien la escucha, quién tiene importancia y quién debe cuidar su reputación. Por eso nombrar no es un capricho de feministas puntillosas: es la condición para poder pensar un problema y, después, corregirlo.

Quien les escribe es colombiana. Comunicadora social y periodista, máster en Psicopedagogía por la Universitat de Barcelona y en Relaciones Públicas, Eventos y Protocolo por el Centro Europeo de Postgrado, y doctoranda en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Málaga, investigo la comunicación como herramienta para prevenir la violencia contra las mujeres. Paso de los 25 años entre la docencia universitaria y la investigación-acción participativa, y hago este aporte desde Mujerencia, un proyecto académico que nació para valorar la esencia, herencia, gerencia e incidencia femenina en la sociedad. Desde allí sigo buscando respuestas a los llamados «temas de mujeres», convencida de que el lenguaje no solo describe la realidad: la determina, allí conocí a María una mujer que renombra.

En mi país, durante años, los asesinatos de mujeres se nombraron «crímenes pasionales», y en esa expresión pesaba más la pasión que el crimen. Hizo falta poner sobre la mesa un «tema de mujeres» para politizarlo; hoy hablamos de feminicidio y, al nombrarlo, nos estamos dando cuenta de que desaparecemos en masa. Nombrar fue el primer paso. El siguiente es más incómodo: señalar quiénes son los responsables y cómo se soluciona.

Cuando la igualdad se convierte en una amenaza

Esa incomodidad tiene respuesta organizada. Le pregunté a María por la reacción antifeminista, y empezó reconociendo algo que pocas veces se reconoce: «El malestar de muchos hombres es real, pero lo que se les vende que significa no». Y añadió: «la manosfera o la machosfera en el caso español no han inventado nada. Encontraron un terreno abonado que empieza en el chat familiar, en una tertulia de radio».

Ante un mundo que, como ella dice, «está mal para los hombres y para las mujeres», la diferencia está en hacia dónde se mira: «Curiosamente nosotras miramos hacia adelante, buscamos soluciones, hacemos propuestas y tenemos el objetivo en mejorar el futuro», mientras «ellos miran hacia atrás, quieren volver a un pasado en el que llevaban las riendas del mundo». Su posición no es de desprecio, sino de límites: «No nos han encargado de su dolor, no queremos hacernos cargo de él, aunque lo sientan, lo único que les pedimos es que dejen de provocar el nuestro y que se hagan responsables del suyo».

Quiero dejar algo claro, porque es exactamente lo que se intenta confundir: reclamar igualdad no es atacar a los hombres. Podemos reconocer que su malestar es real sin aceptar que la culpa sea de las mujeres o del feminismo. María lo resume en una frase que me parece imprescindible para cualquier debate: hay que empezar «por no confundir escuchar con ceder». Y recuerda otra cosa elemental: «nombrar un problema no es causarlo». Cuando a quien señala una desigualdad se le acusa de polarizar, propone, hay que «preguntarnos a quién beneficia el silencio». Señalar una desigualdad no la crea; solo la hace visible para quien prefería no verla.

Aprender igualdad mientras enseñamos desigualdad

Esa desigualdad no se aprende en los discursos, sino en lo cotidiano. «Les enseñamos que la autoridad tiene voz grave y corbata, que cuidar es ayudar si lo hace él y obligación si lo hace ella». Su diagnóstico es preciso: «estamos enseñándole la desigualdad sobre un marco de igualdad». Y advierte: «si no educamos nosotras, el algoritmo les va a educar».

Por eso, cuando le pregunté por cambios concretos, empezó por casa: «una corresponsabilidad real, medida en horas y en acciones, no en buenas intenciones». En Mujerencia, donde la corresponsabilidad familiar es uno de nuestros ejes de investigación, lo tenemos claro: mientras cuidar siga siendo «ayudar» cuando lo hace él, las niñas seguirán aprendiendo que el tiempo de las mujeres es de todos, menos de ellas.

Lo valioso es que María no se pone fuera del problema. A quien le asegura que no es machista, le responde: «pues mira, enhorabuena, yo sí». Confiesa que a veces «pido permiso más de la cuenta o me mido más de la cuenta aunque no lo parezca», porque «sé que se va a juzgar a todas mis compañeras por lo que diga yo», mientras ve «a señores diciendo barbaridades y nadie dice que las dicen todos los hombres». Y lo resume: «el feminismo no es solamente una teoría, el feminismo es una práctica, es una práctica para toda la vida».

Creo que con esta otra lección de la conversación, María, aporta mucho. Las contradicciones no son una excusa para abandonar la igualdad, sino el material con el que se trabaja. La familia, la escuela y los medios enseñan más con lo que hacen que con lo que dicen, y todas las personas, yo incluida, aprendimos esas lecciones antes de poder cuestionarlas. Revisarlas no es culpa; es oficio.

La prueba final

Para el machismo que se presenta como humor, tradición o galantería, María tiene una herramienta sencilla: dar la vuelta a la situación. «Si el chiste deja de tener gracia cuando el protagonista es un hombre, no era humor». Si las mujeres recogen la mesa mientras los hombres alargan la sobremesa, «no es una costumbre, es un reparto desigual». Y conoce bien lo que pasa cuando alguien lo señala: « ¡ Ay, mujer, pero si era broma, es que cómo te pones por nada! Resulta que la exagerada al final siempre eres tú».

Así que propongo aplicar la prueba a esta misma columna. Si dos señores hubieran pasado una hora conversando sobre lenguaje, poder y educación, lo llamaríamos análisis político. Como lo hemos hecho dos mujeres, seguro que alguien dirá que es cosa nuestra. Que lo discutan con calma en la sobremesa. Esta vez, la mesa la recogen ellos.

Gracias, María, por esta conversación y por algo más difícil: haber sacado el lenguaje no sexista de los manuales y haberlo sentado a la mesa de todos los días. Si hoy hablar de lenguaje inclusivo ya no suena a rareza, sino a conversación pública, buena parte de la culpa es suya. Quien quiera seguir el hilo tiene sus libros: ¿Por qué algunos hombres están tan enfadados?, La desfachatez machista, Punto en boca y Mujer tenías que ser. Léanlos, por favor. Y si alguien protesta: punto en boca.

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