Del siglo XIX al acuerdo de Liberia con Estados Unidos en el siglo XXI

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Adriana Franco Silva, Observatorio Latinoamericano de Geopolítica del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

El 18 de agosto de 2026 llegó a Liberia el primer grupo de personas deportadas de Estados Unidos como consecuencia del acuerdo firmado en septiembre de 2025. El gobierno liberiano afirmó que quienes llegaron al país podrían buscar asilo o regresar a sus Estados de origen. Frente a esta declaración, la población local dudó de la primera proposición, debido a la situación socioeconómica del país, donde más de la mitad de los habitantes vive por debajo de la línea de pobreza.

Las deportaciones realizadas por la administración estadounidense, en el marco de la criminalización de la migración, han sido controversiales debido a que las poblaciones migrantes son enviadas a países donde no tienen vínculos afectivos ni culturales, lo que viola sus derechos humanos y el debido proceso. A menudo, estas expulsiones se realizan sin notificación previa, impidiendo que los afectados puedan defenderse o apelar legalmente.

No obstante, sin minimizar las implicaciones humanas de estas medidas, la llegada de este grupo a Liberia recuerda una historia que pocas veces se recupera al estudiar los procesos de colonización en África. Una de las narrativas dominantes en el análisis de ese periodo plantea que Liberia no fue colonizada porque nació como un Estado libre fundado por afroamericanos. En 1822, la Sociedad Americana de Colonización (ACS por sus siglas en inglés) creó su primer asentamiento y en 1847 declaró su independencia. Como el reparto formal de África por parte de las metrópolis europeas fue posterior a la fundación de la República de Liberia, se asume que este territorio no sufrió la colonización. Dicha narrativa plantea, al igual que los discursos coloniales, que África estaba vacía. Sin embargo, cuando los afroamericanos llegaron a lo que hoy conocemos como Liberia, ya existían grupos socioculturales; no llegaron a un territorio deshabitado.

En contraste con este planteamiento, la ACS no ocultó su objetivo real: la colonización estaba establecida en su propio nombre. Para sus fundadores, la colonización de África era la solución para hacer frente a la «rápida» liberación de personas esclavizadas a mediados del siglo XIX en Estados Unidos. Es decir, cuando las personas esclavizadas comenzaron a conseguir su libertad, entonces también se convirtieron en una amenaza para Estados Unidos y la respuesta fue el exilio. Incluso, la ACS recibió fondos del Congreso estadounidense para su proyecto de expulsión durante la presidencia de James Monroe, lo que explica por qué Monrovia es el nombre de la capital de Liberia.

Aunque la historia oficial ha presentado la iniciativa como un acto humanitario, el racismo y los intereses capitalistas siempre estuvieron presentes. El abolicionismo no solo surgió del reconocimiento de las violencias ejercidas contra las poblaciones esclavizadas, sino porque el capitalismo necesitaba un mercado de consumo: sin un salario, era imposible que las personas adquirieran bienes. La ACS fue fundada y dirigida por hombres blancos poderosos para, supuestamente, resolver un problema de seguridad. A pesar de que bajo la lógica del capitalismo el Estado necesitaba mano de obra asalariada, esta élite blanca temía que las poblaciones racializadas alteraran el orden económico o “contagiaran” a personas aún esclavizadas para que se revelarán. La liberación de las personas esclavizadas, además, demostraba que la esclavitud no era natural, lo que rompía con un discurso que había legitimado las violencias cometidas por esa élite.

El “regreso a África” no era una iniciativa de las poblaciones afroamericanas. De hecho, la mayoría de los afroamericanos rechazaba el plan por considerarlo un esquema de deportación. Gran parte de esa población no tenía un vínculo con África y se asumía como estadounidense al pertenecer al menos a una sexta generación nacida en Estados Unidos. Y aunque algunas poblaciones afroamericanas sí quisieron trasladarse al occidente africano, muchas de las personas que llegaron a Liberia de manera «voluntaria» lo hicieron bajo la condición de aceptar ese traslado para obtener su libertad.

Pese a la violencia vivida en Estados Unidos, quienes llegaron a lo que hoy conocemos como Liberia replicaron la discriminación que sufrieron en el país americano. Los americo-liberianos controlaron el gobierno y la población local quedó excluida por no ser considerada ciudadana. Los recién llegados impusieron el inglés, el cristianismo y el estilo de vida occidental. Incluso, en la constitución de 1847 se estableció un sistema de trabajo forzado. De este modo, los afroamericanos que habían sido subordinados en Estados Unidos ascendieron en la escala social —aunque mantuvieron la relación de sumisión frente a los estadounidenses blancos— y se convirtieron en opresores de las poblaciones africanas.

Tanto en el siglo XIX como en el siglo XXI, la administración estadounidense ha expulsado a las poblaciones que categoriza como “indeseables”. En el primer caso, eran ciudadanos racializados que recién conseguían su libertad. En el segundo, son ciudadanos de otras naciones que, desde la perspectiva de Trump, obstruyen el movimiento para hacer de nuevo grande a Estados Unidos. En el siglo XIX, la iniciativa la encabezó una sociedad privada con el beneplácito de la administración estadounidense; en el siglo XXI la encabeza el propio gobierno estadounidense. Aunque la realidad actual es distinta a aquella del siglo XIX, Estados Unidos sigue «liberándose» de sus problemas mediante reconfiguraciones en otros espacios, así como a través del disciplinamiento y la violencia impuesta sobre los cuerpos racializados.

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