«La productividad del trabajo es, en última instancia, lo más importante para la victoria del nuevo régimen social».
Lenin, Una gran iniciativa (1919).
En menos de 30 años la robótica ha pasado de ser un mito, propio de la imaginación de algún cuento de Isaac Asimov, a una realidad imprescindible en el actual mercado productivo global. Hoy representa la infraestructura tecnológica indispensable, el capital automatizado y los medios de producción modernos. Mientras Silicon Valley vende el mito de la neutralidad técnica para precarizar la fuerza de trabajo, la planificación económica demuestra que la tecnología es, ante todo, un vector de poder estatal y lucha de clases.
La cuestión central se refiere a la distribución de las ganancias de productividad que comportan las máquinas. Si los trabajadores pierden unos ingresos estables mientras que una minoría (los empresarios) controla los robots y la capacidad de cálculo, el resultado es un conflicto social de lucha de clases muy lejos de la prosperidad generalizada prometida por la retórica de la innovación.
Si utilizamos una estructura argumentativa de causa-efecto sustentada en conceptos clásicos de la economía política, vemos que la economía de la IA replantea el conflicto entre capital y el trabajo. La retórica de la innovación no es un eufemismo, se oculta presentándose como un progreso neutro, una transformación que, en cambio, incide en las relaciones de poder entre quienes poseen los robots y quienes trabajan con ellos.
Para desmantelar este ecosistema ideológico, las tesis de Evgeny Morozov [1] y Nick Srnicek [2] ofrecen herramientas críticas complementarias. Aunque ambos coinciden en desmontar la supuesta neutralidad de Silicon Valley, sus enfoques poseen matices distintos:
Morozov desarticula la superestructura ideológica y cultural: el centrismo de Internet, este dogma liberal eleva a la red y a la IA a la categoría de fuerzas naturales, descentralizadas y democratizadoras por definición, ocultando que la infraestructura digital está profundamente politizada para perpetuar la acumulación de capital. Critica asimismo al l liberalismo tecnocrático que se apoya en el «solucionismo tecnológico«: la reducción de conflictos sociales o dilemas políticos a simples «problemas de código» resolubles mediante algoritmos. Es una visión que despoja a la sociedad de su profundidad histórica, tratando las desigualdades como ineficiencias matemáticas que una aplicación puede optimizar

Mientras que Srnicek desnuda la base económica estructural y la mutación contemporánea del capital: el capitalismo de plataformas. La narrativa de la «destrucción creativa» —que promete nuevas industrias tras el fin de los empleos viejos— oculta una mutación del capital hacia la extracción de valor y la monopolización de datos como respuesta a las crisis de sobrecapacidad del modelo fordista. Los datos son el recurso básico porque: permiten recobrar dinamismo ante el agotamiento de la producción industrial tradicional. Consolidan ventajas competitivas inalcanzables mediante la extracción masiva de superávit de información. Funcionan como mecanismos de generación de rentas financieras, priorizando la monopolización sobre la creación de valor real para la mayoría.

El antagonismo político contra el liberalismo tecnocrático se manifiesta así en cuatro frentes nítidos.
En primer lugar, respecto al diagnóstico de la realidad social, el dogma liberal concibe el mundo a través del «centrismo de Internet», elevando la red y la inteligencia artificial a la categoría de fuerzas naturales omnipresentes, descentralizadas y democratizadoras. Morozov desmiente categóricamente tal neutralidad y asevera que la infraestructura digital está profundamente politizada y comercializada por corporaciones e instituciones gubernamentales para perpetuar el control y la acumulación de capital. El autor denomina “oligarcas-intelectuales” a aquellos capitalistas de riesgo que operan como intelectuales orgánicos del capital, catequizando a las masas sobre nuevas formas de soberanía de mercado en el siglo XXI.
En segundo lugar, frente a la naturaleza de los problemas humanos, el liberalismo adopta el «solucionismo tecnológico», reduciendo todo conflicto social, ineficiencia económica o dilema político a un mero «problema de código» o de optimización resoluble mediante aplicaciones, algoritmos o sensores. Por el contrario, Morozov postula que las problemáticas sociales son históricas y complejas; intentar solucionarlas mediante la técnica elimina la deliberación democrática y las causas de raíz, reemplazándolas por una falsa ilusión de eficiencia matemática.
En tercer lugar, la retórica de la innovación choca frontalmente con la economía política al promover la narrativa de la «destrucción creativa». El liberalismo argumenta que los robots desplazan empleos obsoletos para crear industrias más prósperas; sin embargo, la perspectiva crítica advierte que, bajo el capitalismo de plataformas, la innovación es una herramienta de extracción de valor que concentra los datos y el poder en monopolios tecnológicos. Srnicek demuestra cómo el capitalismo contemporáneo se volcó hacia la economía digital para recobrar dinamismo tras las prolongadas crisis de sobrecapacidad que acechaban a la producción fordista desde la década de 1970. Los datos devienen así en el recurso básico que impulsa a las empresas de plataforma, otorgándoles su ventaja competitiva mediante mecanismos diseñados exclusivamente para extraer y usar dicho superávit
Finalmente, en lo que respecta al rol del Estado y la ciudadanía, el libre mercado teoriza un Estado mínimo para «no frenar el progreso», reduciendo al ciudadano a un usuario que vota con sus clics y elecciones de mercado. Frente a esto, Morozov defiende la necesidad de una soberanía tecnológica pública, argumentando que este reduccionismo despoja a las personas de su agencia política. Mientras Morozov explica cómo nos convencen a través del adormecimiento solucionista, Srnicek devela para qué lo hacen: para monopolizar mercados y extraer rentas financieras.
Es precisamente en este punto donde la retórica corporativa de Silicon Valley se quiebra ante la irrupción del Estado desarrollista de corte leninista y el control de los medios de producción por el PCCh—. Frente a la desregulación occidental, el modelo de planificación centralizada —como el enfoque industrial contemporáneo de China— demuestra que la capacidad estatal y la coordinación económica pueden competir e incluso superar las ventajas del mercado desregulado. Al subordinar las plataformas digitales y la capacidad de cálculo al control soberano del Estado, se fractura el dogma de Silicon Valley. La tecnología deja de ser una quimera privatizada para consolidarse como lo que siempre ha sido: un instrumento de poder y soberanía que, mediante la planificación democrática de la automatización, puede arrebatar los medios de producción modernos a la minoría empresarial para ponerlos al servicio de las mayorías sociales.
El 3 de agosto de 2026, el periódico británico The Economist —históricamente uno de los máximos paladines de la ortodoxia económica occidental— publicaba un revelador artículo sobre China cuyo subtítulo sentenciaba: “Su política industrial se basa en un principio simple: la fuerza hace el derecho”. Más allá de una mera observación sobre el comercio internacional, esta afirmación constituye un reconocimiento explícito de que la capacidad estatal, la política industrial y la coordinación económica pueden competir —e incluso superar— la supuesta eficiencia de la anarquía del mercado . Este hecho marca formalmente el fin de la vía única del neoliberalismo.
Durante décadas, el consenso de Washington presentó su modelo privatizador como una ley histórica inevitable: todos los países debían liberalizar, privatizar y reducir el papel del Estado para alcanzar el desarrollo. La experiencia de la República Popular China destruyó esa narrativa, demostró cómo crecer de manera acelerada, combinó mercados, empresas privadas y apertura económica con planificación estatal, política industrial, sin renunciar a la soberanía del control público sobre los sectores estratégicos.
A diferencia del colapso soviético, la transición económica china no fue un salto automático hacia las garras del libre mercado, sino un proceso de transformación políticamente gestionado con puño de hierro desde el Partido Comunista de China. Para escapar de la destructiva «terapia de choque» neoliberal, el Estado planificador optó por el proceso de Reforma y Apertura iniciado por Deng Xiaoping,sintetizado en la máxima de «cruzar el río sintiendo las piedras«—. Este viraje arrancó específicamente, durante la Tercera Sesión Plenaria del XI Comité Central del PCCh celebrada en diciembre de 1978. Momento histórico en el que China decidió alejarse del aislamiento económico y comenzar su transición gradual hacia lo que hoy se define como «socialismo con características chinas» o economía de mercado socialista.
Desde el marxismo, este proceso se conceptualiza como un repliegue estratégico para desarrollar las fuerzas productivas bajo la conducción del Partido Comunista, utilizando el mercado como herramienta técnica y no como fin ideológico, e impedir la disolución de las capacidades productivas del país. Durante décadas, coexistieron la planificación centralizada, los controles de precios y las empresas estatales con nuevas formas de organización económica. El PCCh no eliminó los mercados, pero bajo ninguna circunstancia permitió que estos determinaran por sí solos la dirección estratégica del desarrollo nacional. En el marco de la robótica y la inteligencia artificial, esta dirección política implica que los algoritmos y el capital automatizado no se despliegan para la anárquica extracción de rentas de una minoría corporativa al estilo Silicon Valley, sino que se subordinan a los objetivos geopolíticos e industriales del Estado.

Resulta una ironía histórica monumental que el propio The Economist — la publicación a la que Lenin definió astutamente en su tiempo como un órgano que habla en nombre de los millonarios británicos— se vea obligada a capitular teóricamente en pleno 2026. El semanario liberal reconoce ahora, con indisimulado temor, que “Las empresas extranjeras por muy grandes que sean tienen pocas posibilidades frente a un Estado de desarrollismo leninista que ha alcanzado la escala la riqueza y la modernidad de China”. Este reconocimiento es la admisión tácita del fracaso de la retórica de la innovación occidental: la fuerza del derecho no reside en las leyes espontáneas del mercado ni en el optimismo de los emprendedores digitales, sino en la capacidad de un Estado soberano para planificar la tecnología, embridar al capital y utilizar los medios de producción modernos como herramientas de poder político.
[1] Morozov, Evgeny. (2012). “El desengaño de Internet: Los mitos de la libertad en la red” Ed.Destino.
[2] Srnicek, Nick (2018). “Capitalismo de plataformas” Caja Negra Editora







