África en el mundial: fútbol, poder y resistencia

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Adriana Franco Silva, Observatorio Latinoamericano de Geopolítica del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

El fútbol es político aunque la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) diga lo contrario. En el fútbol se concentran relaciones de poder de manera tan sutil, que éstas tienden a ser invisibilizadas. La copa del mundo se ha convertido (¿o así nació?) en un negocio sumamente lucrativo y un evento para limpiar la imagen de pedófilos y genocidas. Pero aunque la FIFA pretende apropiarse de todo lo que implica el fútbol, siempre se escapa algo por las grietas, como las alegrías que produce y los vínculos que fomenta este deporte de equipo. En la copa del mundo 2026, como en muchas otras, hemos vivido la contradicción de la alegría que nos produce ver a los jugadores correr en la cancha y la frustración de atestiguar las injusticias justificadas y promovidas por la federación.

En esta edición del mundial se amplió el número de países competidores a 48. Con esto, hemos podido conocer a otras selecciones y disfrutar de un fútbol diverso. Sin embargo, no podemos dejar de cuestionar la intención lucrativa detrás de esta decisión, como ocurre con la apropiación de grandes ganancias por los derechos de transmisión, las campañas publicitarias articuladas a través de ciertas cadenas de televisión y los patrocinadores oficiales. A la copa del mundo 2026 clasificaron diez países africanos: Argelia, Cabo Verde, Côte d’Ivoire, Egipto, Ghana, Marruecos, República Democrática del Congo, Senegal, Sudáfrica y Túnez. En todos los casos, es al menos su cuarta participación. Las excepciones son las selecciones de República Democrática del Congo y Cabo Verde. En el caso del primero, es su segunda edición después de 52 años; en el caso del segundo, es su debut.

Egipto fue el primer país africano en participar en una copa de mundo en 1934. Durante las décadas de 1960 y 1970, mientras gran parte de los países africanos vivían sus procesos de descolonización, la FIFA solo ofrecía una plaza compartida con Asia y Oceanía. En el mundial de 1966, las selecciones africanas protestaron y se retiraron en protesta colectiva, consiguiendo una plaza para el continente africano en los mundiales posteriores. Este número se fue incrementando hasta llegar a cinco en 1998. En 2022, Marruecos llegó a semifinales, y aunque esto marcó un cambio en la manera en la que se veía el fútbol africano, no podemos dejar de evidenciar que esos éxitos también son parte del sportswashing de la monarquía, ya que el fútbol desvía la atención de la ocupación y despojo del país norafricano sobre el territorio y las riquezas saharauis.

El fútbol africano no es solo un espectáculo, es una práctica que se vive y celebra colectivamente. A pesar de esto, la economía del fútbol africano revela una contradicción fundamental: el continente produce talento de clase mundial, pero sus estructuras no siempre logran recompensar adecuadamente a ese talento. Las brechas salariales en relación con los jugadores europeos, los conflictos en los territorios y la pobreza, muchas veces provocan migraciones, debido a que los jugadores africanos consiguen mejores oportunidades en clubes europeos y americanos.

A pesar de las condiciones estructurales del fútbol africano, nueve de los diez países que clasificaron pasaron a dieciseisavos. Estos equipos y sus hinchadas no solo participan en los partidos, también comparten sus historias. En Guadalajara, en el partido de Congo contra Colombia, pudimos observar a quien performa la estatua viviente de Patrice Lumumba: Michel Kuka Mboladinga. Mboladinga recuerda la resistencia de Lumumba contra los intereses coloniales. En 1961, Lumumba, entonces primer ministro de República Democrática de Congo, fue asesinado por los servicios de inteligencia estadounidenses, belga y británicos para continuar con el despojo del territorio y la violencia contra sus habitantes. Mboladinga no solo apoya a su selección, sino que muestra y comparte la digna lucha de los pueblos africanos. Desafortunadamente, para el siguiente partido, Mboladinga no pudo entrar a Estados Unidos para apoyar a su selección contra Uzbekistán por las restricciones del país sede.

Por su parte, Cabo Verde, el país debutante, ha sorprendido a muchas personas. Si bien fue uno de los «peores» segundos lugares, logró empatar contra dos selecciones fuertes: España y Uruguay. Estos resultados, que asombraron a muchas personas alrededor del mundo, han impulsado la curiosidad de la gente por saber un poco más de este país, que se ubica en el Atlántico y está formado por un conjunto de islas. Cabo Verde es un país muy pequeño, con apenas poco más de medio millón de habitantes, pero con una riqueza cultural amplia. El país africano fue un nodo central para el proceso esclavista implementado por los europeos y en la actualidad su economía depende, en gran medida, del turismo y las remesas. La mayoria de sus jugadores son parte de la diáspora o nacieron fuera del territorio. En su próximo partido jugarán contra Argentina. Seguir avanzando parece difícil no solo porque el país sudamericano tiene muy buenos jugadores, sino también por las cuestionables decisiones arbitrales que han acompañado al torneo desde hace varios años con el fin de continuar transmitiendo los partidos de las selecciones y jugadores que “venden” más.

Todo esto nos ayuda a reafirmar que el mundial está profundamente politizado, si no es así, ¿Cómo entendemos el premio de la paz otorgado por Infantino a Trump? ¿Cómo explicamos las injusticias cometidas contra el equipo iraní, tanto dentro como fuera del campo de juego? A pesar de esto, la copa del mundo nos ha permitido acercarnos a otras historias, a interesarnos por otros países y a sorprendernos con el juego de esas selecciones que ni siquiera sabíamos que existían. A pesar de los acomodos hechos desde arriba, hemos podido ver cómo juega dignamente un equipo hostigado como el iraní, nos hemos sorprendimos con la manera en la que Vozinha ha defendido su portería y hemos disfrutado alegremente la fiesta del mundial. El fútbol es configurado como una herramienta de dominación por la FIFA, pero nosotras lo disputamos para cuestionar, resistir y transformar lo que se vive dentro y fuera de la cancha.

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