Por Pilar Aguilar Carrasco (Presidenta del partido Feministas al Congreso)
Me puse a leer un artículo de El País cuyo titular decía: “Monique Wittig: la autora lesbiana francesa que ayuda a entender las divisiones del feminismo moderno”.
Aquí os copio un párrafo:
“El quiebre epocal que estamos atravesando está enraizado en desmembrar nuestras capacidades humanas de conectar con otros y con aquello no humano que nos circunda, constituye y habita: otras especies, entidades inanimadas. Se trata de una desconexión radical, mediante una pseudo conectividad que desfigura la materia de la que están hechos nuestros cuerpos y nuestros deseos. Tal desconexión opera a través de la horadación y precarización de espacios: materiales, afectivos, imaginales”.
¿Qué? ¿cómo os quedáis? Y no, lo de epocal e imaginales no son erratas. Y lo de desmembrar, horadación y conectividad es textual. Y no, yo tampoco tengo claro si cuando habla de esas “otras especies, entidades inanimadas” que nos conectan “con aquello no humano que nos circunda, constituye y habita”, se refiere a la posibilidad de que los alienígenas ya nos hayan invadido, aunque no lo sepamos.
Lo que sí tengo claro es que nadie en El País se ha tomado la molestia de leer el artículo. Ni falta que les hace, con publicarlo, ya les vale. Aprovechan para que parezca que el feminismo les interesa y, al sustituirlo por palabrería, tratan de ocultar que el feminismo real les resulta insufrible.
¿Divisiones del feminismo dice el titular? ¿está dividido el feminismo y yo sin enterarme? Estoy enterada, claro está, de que hay quien intenta apropiarse de la palabra feminismo no solo para vaciarla de contenido, sino también para incluir en él la comercialización de nuestro cuerpo, la legalización de la prostitución y los vientres de alquiler, o la potestad que se les confiere a los hombres para proclamarse mujeres. Pero vaya, el feminismo real, o sea la teoría y la práctica que defiende los derechos de las mujeres, no está dividido, aunque, por supuesto, entre las feministas hay divergencias, matices y querellas. Podemos disentir (y lo hacemos incluso apasionadamente) en ciertos aspectos, en tácticas y estrategias, pero no en el núcleo central de nuestra propuesta: acabar con la sumisión y el sometimiento del sexo femenino.
La figura de Wittig ejemplifica esas afirmaciones. Como es bien sabido, participó intensamente, tanto en la reactivación del movimiento feminista de los años 70, como en los debates, disputas, encontronazos y trifulcas que se dieron en su seno.
Recordemos que Monique fue una de las que acudieron ante la tumba del Soldado desconocido del Arco del Triunfo de Paris para proclamar que había alguien aún más desconocido que el soldado desconocido, su mujer.
En una de las pancartas se leía: “De cada dos hombres, uno es una mujer”. Denunciaban así la apropiación que los hombres hacen de lo universal y ponían en evidencia que el concepto “mujer” designaba una posición de sumisión ideológica, económica y política (por decirlo con palabras de Wittig).
Nota divertida: Según narró Christine Delphy, los policías que las detuvieron interpretaron que la frase “De cada dos hombres, uno es una mujer” significaba que la mitad de los hombres eran homosexuales y resultaba, pues, un insulto insufrible a su virilidad.
Wittig tuvo el mérito incuestionable de denunciar y oponerse a la timorata lesbofobia de algunas feministas de su época y de reivindicar el poder liberador que facilita (que facilita, no que, per se, confiere) el hecho de ser lesbiana.
Defendió el llamado lesbianismo político al considerar la sexualidad como una construcción política, no solo personal. Y, en efecto, todo lo humano es, no solo, pero sí fundamentalmente, una construcción política. Ello no invalida mi convencimiento de que la orientación homo o hetero del deseo erótico no se puede “construir”, aunque, por supuesto, sí controlar. O sea, te puedes sentir atraída por un sádico machista, pero puedes oponerte a ese deseo y no dejarte llevar por él.
Wittig definió la heterosexualidad como régimen político de dominación al que las lesbianas escapan, convirtiéndose así en “esclavas fugitivas”. Pensaba que las lesbianas no se ajustan a la definición que el patriarcado hace de “lo femenino”, por lo que afirmó que “las lesbianas no son mujeres”. Pero creo que conviene evitar lecturas simplistas de su posición, a la que, además, caben hacerle dos objeciones o matizaciones:
1. Por mucho que una lesbiana se sienta liberada de la sumisión emocional, no se libra de la sumisión objetiva social y estructural. Somos seres sociales, es decir: ninguna puede escapar de las servidumbres y sometimientos que conlleva nacer del sexo femenino: menores sueldos, trabajos precarios, peor atención sanitaria, violencia sexual (incluida la violación), etc.
2. Por el contrario, la definición de “esclavas fugitivas” se aplica a todas las feministas, ya sean heterosexuales o lesbianas. Es más, las feministas somos, no solo esclavas fugitivas, sino ante todo rebeldes y enérgicas luchadoras.
Eso sí está claro.








