Previsiblemente este artículo llegará a ustedes en plena semana santa. Y como algunos privilegiados ⸺deberían ser todos los trabajadores quienes disfrutara de este derecho, pero me temo que esto poco a poco se está convirtiendo en un privilegio más que en un logro consolidado⸺ disfrutan de unos días de asueto, les voy a hablar sobre entretenimiento. Bueno, y sobre algo más.
Hace unos días este villano de ustedes se encontró en uno de sus trasteos rutinarios por internet un video extraído de una magnífica serie de animación de su infancia: Mofli, el último koala (Jaime González,1986). Española, además. No les voy a hacer aquí, como probablemente teman, un resumen de la línea argumental de esta ficción infantil ni una ponderación nostálgica de la misma, pero sí les referiré que uno de los puntos fuertes de esta animación eran sus llamativos y muy extravagantes personajes secundarios. Ya de niño me di cuenta de aquello y al encontrármelos ahora de adulto uno de ellos llamó poderosamente mi atención: el periodista/artista de variedades Bob Detroit.
Casi lo había olvidado pero, al volver a ver el vídeo, este personaje salió de las brumas de mis recuerdos infantiles y me sugirió una reflexión importante. Permítanme que se lo resuma: en el siglo XXI distópico y degradado en el que se ambientaba la serie ⸺al menos era distópico y degradado en el momento en que se concibió, aunque me temo que la realidad ha dejado esa pesadilla ochentera a la altura de una alpargata⸺, casi toda la información sobre el mundo que reciben sus habitantes la proporciona una superestrella mediática que aparece por las pantallas de vez en cuando, avisando con alarmas cada vez que va a decir algo, y que resulta ser una especie de artista circense y musical que habla de forma muy engolada, ambienta sus noticias con ropa extravagante relativa los temas de los que trata, ejemplifica sus alocuciones con juegos, marionetas y similares y además lleva un aspecto muy estudiado con un pelo teñido rubio oxigenado rematado por un enorme tupé y unas gafas de sol del tipo que estaba de moda en los ochenta. Vamos, el aspecto que en aquella década se consideraba cool.
Con este resumen les planteo la siguiente pregunta: ¿no les resulta familiar este modelo de «informador»? A mí al menos me recuerda irresistiblemente a nuestros influencers contemporáneos ciclados, engominados, atiborrados de proteínas en polvo, y que hablan continuamente a través de las pantallas «enriqueciendo» sus alocuciones con juegos, burpees, cabriolas y efectos de imagen y sonido. Incluso el nombre del personaje ochentero, Bob Detroit, tiene reminiscencias de nicks al estilo de los Jordi Wild, Xokas, Wall Street Wolverine y similares. Como cualquier otra ficción que juegue a aventurar el futuro, Mofli, el último koala, tuvo aciertos y fallos, pero la suposición de que el tratamiento de la información se convertiría en un espectáculo que se seguiría más con emoción que con atención y que apelaría a pasiones irracionales fue una diana muy certera.
Cabe destacar que en aquellos años el potencial de la informática se intuía, pero aún no se había mostrado en toda su plenitud, y no se concebían los podcast y el Youtube, que parecen el medio habitual de estos comunicadores, pero, incluso en la televisión actual, fuera de las redes, vemos con mucha frecuencia ciertos programas dirigidos por locutores que suministran información o mejor dicho propaganda política rodeados de animalitos de peluche y que llenan los vacíos de su programa con juegos de habilidad, o mezclando sus «noticias» con divagaciones sobre leyendas, creencias y parapsicología. Algunos de estos informadores son fenómenos de masas, con sus propios clubes de fans compuestos por auténticos groupies que coleccionan merchandising, algo que también retrataba la serie de la que les hablo, con Bob Detroit vendiendo sus fotos autografiadas y señoras de mediana edad que ambientan su casa con los artilugios de este comunicador.
El caso es que hasta los niños de los 80, comparando a este personaje con Andrés Aberasturi, Luis Mariñas, Rosa María Mateo y aquellos señores serios y encorbatados que no seguíamos mucho pero a los que nuestros mayores prestaban atención, nos dábamos cuenta de lo exagerado y ridículo que resultaba este showman. A fin de cuentas era una creación concebida para captar la atención y la comprensión de un público infantil. Por eso me choca mucho como adulto que un modelo informativo que hasta a los niños de mi época nos chirriaba sea ahora el que copa casi toda la información que recibimos, especialmente, pero no sólo, entre los jóvenes. También vemos en nuestros trabajos gente ya entradita en años con artilugios de merchandising relativo a las ideas que se promocionan en estos canales ⸺pulseras, camisetas con lemas⸺ y, a veces, dándote la chapa con una charla de cualquier tonto’l haba vigoréxico que hace pocos días viste en las redes como fenómeno viral y que a ti te llamó la atención por lo ridícula que era y las falsedades y estupideces que vendía como verdades irrefutables.
En fin, en la serie no se nos mostraba si había alguien disidente con la información que daba Bob Detroit, pero comprendan que me resulta inquietante y desolador que una ficción que se nos vendía a los niños de mi época como un futuro que se presentaba terrible pero que podíamos y debíamos evitar, haya acertado precisamente lo que preveía sobre la evolución del poder y la manera de pensar y dirigir a la gente a través de la información. Quizás con una salvedad: el personaje de Bob Detroit usaba en sus shows informativos como elemento emotivista la conservación de la naturaleza y la preocupación por la degradación medioambiental. Esto, sin duda, en el modelo de comunicación actual estaría vetado por woke.




