Los engreídos: aciertos y errores del contraprograma de Sahra Wagenknecht desde una perspectiva socialista

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Por Antonio García Jiménez

Hace ya casi dos años se publicó en este diario un artículo de Carlos García Hernández en el que se presentaba el libro «Los engreídos: Mi contraprograma en favor del civismo y de la cohesión social», escrito por la polémica política alemana Sahra Wagenknecht. El libro, traducido del alemán por el autor del mencionado artículo y que cuenta con un breve —aunque útil para contextualizar a los lectores españoles— prólogo de Javier Couso, trata de dar solidez intelectual a una izquierda que no se siente identificada con la corriente mayoritaria posmoderna que impera en las izquierdas actuales. En su lugar, propone la constitución de una izquierda que vuelva a poner el foco en las cuestiones económicas y de clase.

El artículo finalizaba animando a los lectores a acercarse al libro, prometiendo que no defraudaría. Tras haber completado esta lectura, lo cierto es que no ha defraudado. Es más, ha permitido a todos aquellos socialistas que lo hayan leído obtener valiosos razonamientos y consejos para construir sus propuestas y estrategias. Por otra parte, deja entrever algunos errores que hay que evitar cometer si nuestra vocación de superar el capitalismo es honesta. El propósito de este artículo es, por tanto, resaltar estos aciertos y errores, con el objetivo de reconstruir una izquierda con posibilidades verdaderas de agrupar a la clase trabajadora en torno a un proyecto verdaderamente socialista.

Para quienes aún no hayan leído esta obra, la autora la divide en dos partes: la primera, dedicada al análisis de la situación actual, y la segunda, reservada a su propuesta política para superar dicha situación. Su análisis se refiere principalmente a la izquierda actual, posmoderna e incapaz de hacer frente a la reacción, a la que ella se refiere como «izquierda liberal», entrecomillada por la autora por no ser en realidad ninguna de las dos cosas. Para ello trata varias facetas de la misma, como su base social, principales líneas de acción y sumisión al liberalismo económico, las incoherentes posturas relativas a la inmigración, y el uso del «espíritu de extrema derecha» como excusa para no hacer una verdadera autocrítica ante los malos resultados que esta supuesta izquierda obtiene. Por tra parte, su propuesta se centra en aspectos como la soberanía nacional, la confrontación con la oligarquía capitalista, la ampliación de los cauces de participación política directa o la protección de los ciudadanos frente a las grandes empresas tecnológicas.

El principal acierto que nos deja la autora es la existencia misma de una posición dentro de las izquierdas que se separe de la corriente posmoderna, no para asumir los postulados de la reacción en todo aquello en lo que esta nueva postura difiera con la «izquierda liberal», sino para elaborar una línea política independiente centrada en los intereses materiales de la clase trabajadora. Prueba de ello es su explicación del surgimiento de la «izquierda» posmoderna, que, para Wagenknecht, se debe a la aparición de una «clase media universitaria», la cual se ha beneficiado enormemente de la globalización en tanto que ha accedido a puestos de trabajo altamente cualificados en grandes empresas, así como de la integración europea, que ha permitido ampliar sus redes de contactos e influencia, y de la inmigración masiva experimentada en los últimos años, al haber aumentado la oferta de bienes y servicios a su disposición, usualmente producidos por migrantes precarios y sin ningún tipo de protección social o jurídica.

Realmente, esta tesis, aplicada por la autora al caso alemán, también explica el motivo por el cual en España la «izquierda liberal» no ha tenido el mismo éxito que en el país germano. Nuestro país, al encontrarse por debajo de Alemania en la cadena imperialista del capitalismo mundial, no ha desarrollado esta «clase media universitaria» en la misma medida, así que la base social para esta ideología es mucho menos sólida. Esto se puede comprobar rápidamente en el hecho de que, mientras que en Alemania existe un partido marcadamente neoliberal «progresista» como «Alianza 90/Los Verdes», en España sus diversos homólogos se sitúan más a la izquierda, puesto que una izquierda carente de pensamiento crítico compra todo lo que se venda como progresista, aunque en realidad esas ideas provengan de los sectores más beneficiados por el neoliberalismo.

Otro acierto de Wagenknecht es su acercamiento crítico a la cuestión migratoria. Lejos de la crítica reaccionaria que trata de vendernos la existencia de un plan para destruir Occidente por parte de una élite oculta judeomasónica o cualquier chorrada del estilo, la autora señala a las intervenciones occidentales, el envío de armas o la política comercial de los países más desarrollados como causa de la inmigración masiva. Explica detalladamente cómo este fenómeno es perjudicial, no solo para los trabajadores del primer mundo que sufren una presión a la baja en sus condiciones laborales, sino también para los países emisores de personas migrantes, que deben soportar el coste de educación de miles de trabajadores que acabarán prestando sus servicios en un lugar lejano, sin que su país de origen se beneficie de esta inversión formativa. Igualmente, se diferencia de la postura posmoderna de fronteras abiertas al demostrar la imposibilidad económica de garantizar el bienestar material de la población, incluidos los migrantes, en dichas condiciones.

Su crítica a aquellos que sostienen que los Estados-Nación han quedado obsoletos es también fundamental, ya que, tal y como se ha demostrado en las últimas crisis (la financiera de 2008 y la de la COVID-19 de 2020), los organismos supranacionales no han sabido hacerles frente y han sido los Estados-Nación los que tomaron cartas en cada asunto. En este sentido, la necesidad de que la clase trabajadora se constituya en clase nacional que señalaba Marx en el siglo XIX sigue vigente.

Relacionado con el punto anterior, Wagenknecht señala el hecho, comprobado por diversas investigaciones realizadas en varios contextos diferentes, de que la solidaridad entre los miembros de una sociedad es mayor cuanto más identificados se sienten entre ellos. En esta identificación juega un papel esencial la identidad cultural de cada comunidad, lo cual, unido a la prevalencia de la necesidad de los Estados-Nación, nos da una pista del punto de partida para construir el socialismo en el futuro. Naturalmente, esta conclusión no está enfrentada con el internacionalismo, pues las identidades culturales también evolucionan con el tiempo; tan solo matiza que la necesaria integración supranacional de los diferentes países socialistas ocurrirá de manera más lenta y con una intensidad menor de lo que muchos socialistas pensaban.

Para cerrar la sección de aciertos, cabe señalar dos interesantes propuestas recogidas ya en el artículo mencionado al principio. La primera es la introducción de una Cámara Alta elegida por sorteo y que tenga capacidad de veto y modificación sobre las leyes elaboradas por la Cámara Baja, además de la posibilidad de elaborar propuestas legislativas por su propia cuenta. Una idea como esta permitiría a la población bloquear aquellos impopulares atropellos cometidos por los políticos que se encuentran a sueldo del oligopolio capitalista, así como introducir medidas que mejoren, aunque parcialmente, las condiciones de vida de la mayoría.

La segunda es la «propiedad meritoria», según la cual, las empresas que se organicen de esta manera no tendrían propietarios externos que controlen el destino de la empresa; en su lugar habría inversores que recibirían un reembolso por sus inversiones, acompañado de los respectivos intereses, pero sin poder decidir sobre el futuro de la misma. Señala la autora también el modelo de las fundaciones, entendidas como personas jurídicas que deben usar sus beneficios para unos fines determinados, que además deben ser de interés general, sin que sea posible la venta de las mismas a inversores externos. Estas propuestas, algo ambiguas, tienen su razón de ser en la crítica al derecho de propiedad de los medios de producción en el sentido capitalista, ya que otorga a ciertas personas un poder fuera del alcance y del control de la mayoría por el simple hecho de haber heredado la propiedad de estos medios.

No obstante, aquí se encuentra el límite del contraprograma de Wagenknecht. Mientras que critica a las grandes empresas, pone en cuestión la herencia como forma de obtener el control de los medios de producción y propone modelos «alternativos» de propiedad, acepta e incluso halaga en numerosas ocasiones a las pequeñas y medianas empresas y defiende los intereses de la «clase media clásica» frente a la «clase media universitaria».

La autora defiende en varias ocasiones, tanto directa como indirectamente, la economía social de mercado, también conocida como «ordoliberalismo», que se implementó en la Alemania Federal desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los setenta. Esta postura se entiende mejor si se considera en conjunto con las declaraciones de Wagenknecht en varias entrevistas a lo largo de los últimos años, en las que admite su separación del socialismo de la RDA y su acercamiento a posturas ordoliberales y socialdemócratas. Es natural querer corregir los errores de los experimentos socialistas del pasado y no idealizar los sistemas existentes en los países del antiguo Bloque del Este; no obstante, la autora parece caer en el error contrario e idealiza la socialdemocracia de posguerra (a pesar de que ella misma advierte al lector de no caer en este error en varias ocasiones).

Otra faceta de este error es la excesiva confianza puesta por la autora en las pequeñas y medianas empresas. En el libro se las presenta como entidades comprometidas con sus comunidades que deben ser protegidas de las multinacionales para garantizar el bienestar social. Si bien es cierto que estas empresas tienen menos probabilidades de llevar a cabo prácticas sumamente dañinas como las deslocalizaciones, no es menos cierto que los pequeños capitalistas muestran una oposición igual o superior que los grandes a la hora de implementar medidas en favor de los trabajadores, como el aumento del salario mínimo, la reducción de jornada o la prevalencia del convenio colectivo sectorial sobre el de empresa. En este sentido, los socialistas no podemos contentarnos con elegir el mal menor. Nuestra meta es la planificación democrática de la economía y no defender los intereses de esta o aquella sección de la clase capitalista.

En conclusión, a pesar de las limitaciones socialdemócratas del contraprograma de Sahra Wagenknecht, su obra aporta valiosas propuestas y análisis que debemos incorporar en el pensamiento socialista actual, además de suponer un punto de partida infinitamente mejor que la izquierda posmoderna imperante tanto en España como en Alemania.

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