Hace ya más de un año que pasaron las elecciones al Parlament de Catalunya de 2024. Parece lejano, pero aquello no fue un cierre, sino un punto de partida. Hoy, a finales de 2025, el mapa político catalán se revela lentamente, como una fotografía que emerge del laboratorio: la imagen siempre estuvo ahí, solo que aún no queríamos verla.
Se habló de cansancio del procés, de desgaste institucional, de hartazgo civil. Todo eso era cierto. Pero debajo había algo más profundo: la consolidación de un discurso identitario excluyente, que ha encontrado en Aliança Catalana su vehículo político y en Silvia Orriols una figura capaz de convertir frustración en “fuerza”.
No es nuevo que Catalunya tenga pulsiones identitarias. La discusión sobre “quiénes somos” —cultural, lingüística y políticamente— siempre ha existido. Lo nuevo es el salto hacia un identitarismo que define quiénes no pueden formar parte de ese nosotros. Ese “nosotros” homogéneo, vigilado, puro, solo existe en la fantasía, pero cuando se enuncia con seguridad genera adhesión.
Porque hoy Catalunya no es ese territorio mayoritariamente progresista que algunos siguen imaginando desde la nostalgia. El Parlament muestra lo contrario: una mayoría de derechas, aunque las banderas y los relatos cambien. Hoy, la competencia política gira en torno a señalar amenazas, proteger fronteras simbólicas y endurecer pertenencias.
Y ahí Aliança Catalana ha aprendido algo decisivo: la política contemporánea se gana con relatos emocionales, no con programas. Silvia Orriols no propone soluciones nuevas ni complejas. Propone una historia sencilla en tiempos complicados. Y lo sencillo, cuando hay frustración, funciona.
Su discurso sigue, punto por punto, técnicas que conocemos desde hace casi un siglo. No porque quienes las usan sean nazis, sino porque el método sigue siendo eficaz. Goebbels, ministro de propaganda nazi, sistematizó estos principios; hoy, la extrema derecha global los aplica con éxito. Entre ellos: El enemigo único: señalar un grupo concreto como amenaza fundamental (migrantes, jóvenes racializados, barrios empobrecidos; repetición constante: insistir en palabras como “inseguridad”, “ocupación”, “pérdida de identidad”; la emoción como verdad: los hechos son secundarios si el miedo resulta verosímil; la victimización del dominante: el “nosotros” mayoritario se presenta como sitiado: las soluciones mágicas: ofrecer respuestas rápidas a problemas estructurales, siempre señalando culpables.
Todo esto no es nueva política. Es técnica vieja aplicada a un contexto emocional desgastado.
Y funciona.
Funciona porque Catalunya sigue llorando 2017 en silencio. La promesa de un futuro posible se convirtió en un duelo que nunca se cerró. Primero frustración, luego desorientación, y ahora resentimiento. Y cuando el resentimiento se instala, el identitarismo no necesita argumentar: solo tiene que señalar.
Mientras tanto, la izquierda —la que queda, la que aún intenta pensar el mundo— habla un idioma que muchas personas ya no escuchan. Explican procesos complejos a quienes necesitan certezas simples; defienden valores importantes sin resolver necesidades urgentes. Y en ese hueco, la consigna identitaria entra como cuchillo en mantequilla caliente.
La democracia real debería respirarse cada día, no solo en cada ciclo electoral ni en cada pacto que se negocia de madrugada. Pero seguimos viviendo la democracia como ceremonia: votar y creer que con eso basta. Como señalaba El Papus, revista satírica española, “la democracia es el arte de hacer creer al pueblo que es él quien gobierna”. Nada más vigente.
Hoy la disputa no es solo institucional, sino cultural. La batalla es por el relato de pertenencia. Y mientras algunos siguen leyendo las instrucciones del tablero anterior, otros llevan ventaja jugando al nuevo.
Seguimos deseando lo mejor para la clase trabajadora, para la convivencia, para la dignidad compartida. Lo deseamos, claro. Pero lo deseamos con los ojos abiertos. Porque cuando la identidad se convierte en frontera, lo que se rompe no es solo el vínculo social: lo que se erosiona es la democracia misma.
Y el mayor peligro: cuando nos demos cuenta, ya no estaremos observando el relato… sino dentro de él.








