El sindicalismo de clase italiano prepara una nueva ofensiva. El próximo 28 de noviembre, la Unione Sindacale di Base (USB) y otras organizaciones combativas convocan una huelga general contra los presupuestos de guerra del gobierno de Giorgia Meloni. Bajo el lema “Salarios, no misiles”, la clase trabajadora vuelve a desafiar la deriva militarista y neoliberal que asfixia a Europa entera.
El Ejecutivo italiano ha aprobado una “finanziaria di guerra” que multiplica el gasto militar mientras recorta en educación, sanidad y pensiones. La inflación devora los salarios y la juventud vive atrapada entre contratos precarios y alquileres impagables. Frente a esta realidad, los sindicatos de base llaman a paralizar el país. Denuncian que el Gobierno de Meloni, servil ante Bruselas y Washington, ha convertido a Italia en una plataforma logística de la OTAN y en cómplice de las guerras imperialistas que destruyen pueblos enteros.
No es un hecho aislado. En septiembre ya hubo huelgas en puertos, ferrocarriles y escuelas italianas, y las imágenes de miles de trabajadores portuarios bloqueando buques de guerra en Génova recorrieron el mundo. Ahora el pulso social crece: la CGIL, la mayor central sindical italiana, también amenaza con sumarse tras reunir a más de 200.000 personas en Roma contra los presupuestos antisociales. Si esa unidad de acción se materializa, Italia podría vivir la mayor movilización obrera en más de una década.
Pero esta rebelión no es solo italiana. En toda Europa, crece un nuevo internacionalismo obrero que cuestiona el orden impuesto por las élites. Desde las huelgas ferroviarias en Francia hasta las protestas contra el envío de armas en el Estado español, la clase trabajadora empieza a reconocerse como víctima de una misma lógica: la de una Unión Europea que financia guerras mientras predica austeridad.
Las calles italianas volverán a gritar el 28 de noviembre que la guerra no se libra solo en los frentes exteriores, sino en cada fábrica, hospital y escuela donde se imponen la precariedad y los recortes.
La consigna resuena más allá de Roma: “Nuestros enemigos no están en Moscú ni en Gaza, sino en los consejos de administración y en los despachos del poder».
El ejemplo italiano puede marcar un punto de inflexión. Si la clase trabajadora europea vuelve a moverse unida, los presupuestos de guerra podrán convertirse en presupuestos de derrota para los gobiernos del capital.








