Por Amparo Mamés Barbé
Mucha gente se pregunta cómo es posible que tantas mujeres, no solo se sometan al delirio de que un varón puede convertirse en mujer con solo decirlo, sino que -incluso- asumen el protagonismo en la defensa de tal falsedad. Porque, a todas luces, reconceptualizar el género como identidad, negando su función opresora -que por otra parte se está incrementando- nos perjudica a todas: al borrarnos o desplazarnos de nuestro propio grupo de pertenencia, despojándonos de buena parte de los derechos vinculados a nuestro sexo con el objetivo de conseguir la igualdad.
No es sencilla la respuesta, pero estoy convencida de que la razón para hacerlo procede, fundamentalmente, de tres potentes armas patriarcales de género: del rol de cuidados que se nos asigna, incluso por encima del propio autocuidado, del temperamento que se considera aceptable en el caso de las mujeres: dóciles, amables empáticas y -sobre todo- con vocación de agradar, como tan lúcidamente nos señaló la filósofa Amelia Valcárcel con su «Ley del Agrado» para describir cómo las mujeres somos socializadas para cumplir esa ley, aún en contra de nuestros propios intereses; y, finalmente, de la violencia que los varones están dispuestos a ejercer contra las mujeres que no se someten a sus designios.
¿Cómo entender, si no, que haya tantas mujeres -especialmente jóvenes, pero no solo- que asumen con relativa naturalidad que los varones pueden ser mujeres, sencillamente porque ellos lo dicen? ¿Cómo dilucidar por qué, feministas conocedoras de la construcción artificial e interesada del género como herramienta de opresión, asumen ahora una propuesta que lo esencializa como algo natural?, ¿Cómo explicar que asuman el sexo como una construcción cultural que, si no concuerda con el » género innato sentido», justifica la castración química y la mutilación quirúrgica de la infancia más vulnerable para “arreglar” tal discrepancia? ¿Cómo explicar que tantas mujeres renuncien a su seguridad e intimidad, a cuotas de poder, a premios y distinciones, a medir la opresión que sufren? ¿Cómo entender que las mujeres no se rebelen ante el silenciamiento de las feministas, cuando estas reclaman los derechos de las mujeres que la ideología queer pretende arrebatarnos?
Esa socialización que hemos recibido -tan naturalizada que resulta imperceptible- está diseñada para jugar en nuestra contra de forma que muchas mujeres nos miran con perplejidad cuando las feministas les explicamos que la ideología queer es acientífica; misógina hasta el punto de negarnos el uso de la palabra que hasta ahora nos nombraba en exclusiva; homófoba con las orientaciones sexuales; criminal al fomentar la mutilación y hormonación de menores; retrógrada al suprimir o usurpar derechos de las mujeres; y violenta con quienes la impugnamos.
Y es que, a pesar del órdago que supone imponer a las mujeres la creencia mágica de que algunos varones pueden ser mujeres si ellos lo dicen, prevalece -en muchas de ellas- la necesidad de cuidar de quienes sufren, a pesar de que no haya datos que objetiven ese sufrimiento; de agradar a los varones para no parecerles rancias o demasiado feministas; o de someterse a lo que los varones digan por el temor de contrariarles… o todo ello junto. Bien es cierto que, para «tragar» con semejante órdago, deben acudir al recurso de minimizar el problema o, incluso, negarlo. Por eso contestan a nuestras objeciones con expresiones del tipo “Pero…¿Qué más te da…?» Veamos algunos ejemplos:
- ¿Qué más te da que se otorguen derechos a un colectivo que sufre tanto y está tan discriminado? En este caso se trata de mujeres que han interiorizado el rol de cuidados, y que, cuando les dicen que el colectivo trans sufre mucho por su disforia, anteponen el interés de este colectivo minoritario a los intereses y derechos de las mujeres.
Esas mujeres ni siquiera consideran que nunca antes la protección de un colectivo vulnerable había supuesto reducción de derechos para terceros. Y no reparan tampoco en que la violencia y la discriminación que recibe el colectivo trans procede, en su inmensa mayoría, de esos varones que nos reclaman a nosotras la inclusividad y los cuidados, pero que se salen, como siempre, de esa ecuación.
El resultado es que esas mujeres, en virtud de la ley del Trans-Agrado, optan por aceptar a los que dicen sentirse mujeres. Varones que, lejos de agradecerlo, no dudarán en robar cualquiera de nuestros espacios físicos o simbólicos, incrementando nuestros riesgos y mermando los derechos vinculados a la consecución de la igualdad, que tanto está costando conseguir.
¿Qué más te da, si son muy pocos? Esas mujeres ignoran, o fingen ignorar, que la Ley Trans no establece límite alguno para que cualquier varón, a partir de los 16 años (y, con condiciones, incluso de menor edad) pueda declararse mujer. No solo los transexuales, como establecía la Ley 3/2007.
Esa posibilidad otorgada por la ley, si algo garantiza es que no se trata de unos pocos varones ya que, además, es imposible perseguir a quien la use fraudulentamente. Sencillamente, porque no se puede demostrar fraude cuando lo único que se necesita alegar es un sentimiento íntimo y, por tanto, indemostrable. Y menos aún cuando es la propia ley la que desvincula el cambio registral de cualquier demostración de motivos, o de cambio en nombre, apariencia, expresiones o comportamientos.
Por tanto, si a las personas transexuales (efectivamente, un colectivo muy minoritario), añadimos todo el fraude que la ley no puede impedir: maltratadores de pareja que pretenden sortear la Ley de Violencia de Género, agresores sexuales encantados de que, con una simple declaración, se les abran las puertas de todos los espacios de seguridad e intimidad de las mujeres (baños, vestuarios, hospitales, cárceles, casas de acogida…); oportunistas que pretenden usurpar plazas de oposición reservadas a las mujeres, o cuotas de poder, o premios y distinciones, medallas, becas y podios deportivos; varones autoginefílicos que ven convertido su fetiche en una identidad; travestis y Drag Queen, que siempre han sabido que eran varones pero que ahora se ven aupados como parte del colectivo más protegido de la historia y con mayor rapidez; y a adolescentes con problemas para encajar o que se suben a la ola del contagio social provocado por el masivo respaldo que se ofrece a la ideología queer desde instituciones, medios de comunicación, redes sociales, mundo de la cultura y del entretenimiento audiovisual, etc. podemos concluir que no son pocos, ni es -por tanto- mínimo, el impacto en los derechos de las mujeres.
Por eso, a quienes a pesar de todo piensan que el riesgo es pequeño, les pregunto ¿Cómo les explicarán a las mujeres agredidas, abusadas o asustadas… por varones a los que esta ley ha autorizado a entrar en espacios de intimidad femeninos, que son un daño colateral asumible? ¿Cómo consolaremos a niñas que se han esforzado al máximo para competir y ven que su esfuerzo resulta inútil ante varones que desprecian el juego limpio? ¿A cuántas mujeres están dispuestas a sacrificar antes de renunciar a cuidar a varones trans y a cumplir a rajatabla la Ley del Trans-Agrado?
- ¿Qué más te da si algunos varones quieren ser llamados «mujeres»? Esas mujeres consideran que el lenguaje no tiene importancia, que ellas «saben» perfectamente diferenciar la realidad de cómo esta sea nombrada. Y si unos pocos varones «solo piden» que les llamemos mujeres o que «respetemos» sus pronombres, no hay problema, hagámoslo.
Pero lo cierto es que el lenguaje sí genera, modifica o distorsiona realidades. Y cuando una persona trans te dice que respetes sus pronombres, lo que está exigiendo es que renuncies a tu percepción de la realidad y a la única palabra que te nombra en exclusiva, para aceptar acríticamente lo que ese varón diga que es, incluso al coste de tu obvia disonancia cognitiva y de que aceptar eso supone bajar la guardia que el género nos obligó a levantar.
Ahora que las feministas habíamos llenado de contenido liberador la palabra «mujer», de nuevo el patriarcado pretende decirnos «que es mujer quien los varones digan que lo es». Nos han despojado hasta de nuestra propia definición. Porque, si se nos dice que mujer es tanto la hembra humana adulta como el macho humano adulto que dice sentirse mujer, entonces ¿cómo denominamos a la hembra humana adulta que no sea trans?
- ¿Qué más te da que haya «ligeras» distorsiones en las estadísticas? Las mujeres que dicen esto, consideran las estadísticas mera información sin relevancia política, ya que creen que sus derechos se deben a la evolución natural de la democracia, y no a la sistemática presión feminista para evidenciar la desigualdad y la violencia de los varones, no a partir de opiniones, sino de datos; justamente la razón por la que el sistema patriarcal detrás de la ideología queer pretende distorsionarlos. También hay mujeres que piensan que son muy pocos los varones que modifican su sexo registral y que, por tanto, la distorsión estadística es irrelevante.
En primer lugar, como he señalado antes, no son tan pocos los casos. Pero es igualmente grave que en muchas estadísticas o estudios (incluso relacionados con la salud) ya no se pregunte por el sexo -realidad objetiva- pero sí por el género, categoría no conceptualizable por basarse en percepciones subjetivas, variables, fluidas e indemostrables, de la que puede haber tantas como miles de millones de personas hay en el mundo y que ya están alimentando la «mentira estadística» que, como afirma Reem Alsalem en su informe «Violencia por razón de sexo contra mujeres y niñas: nuevas fronteras y cuestiones emergentes» de mayo de 2025, «impide identificar, comprender, luchar y revertir las múltiples formas de violencia y discriminación de mujeres y niñas -sociales, culturales, económicas y políticas- incluso antes de nacer».
Las estadísticas por sexo suponen una herramienta de primer orden para demostrar la opresión femenina. Pero también son vitales para legitimar las acciones positivas que la corrijan. Es evidente que favorecer la distorsión estadística es una de las más efectivas armas para negar la desigualdad estructural entre mujeres y varones. Si ahora, con datos, se niega la desigualdad y la violencia contra las mujeres, imaginemos cuando no haya manera de diferenciar en las estadísticas a las mujeres de cualquier varón que afirme serlo. Por ejemplo, ya tenemos estadísticas que nos hablan de que el delito de violación con penetración ha crecido exponencialmente entre las mujeres. Y esos varones que provocan el falseamiento de las estadísticas irán, además, a parar a cárceles femeninas. Donde las mujeres correrán el riesgo de ser violadas al compartir celdas y duchas con agresores sexuales que llevan peluca… o ni siquiera eso. La tormenta perfecta.
- ¿Qué más te da, si al fin y al cabo los hombres tienen el poder y no es prudente contrariarles? Son mujeres que han naturalizado la superioridad masculina y consideran inútil resistir sus designios porque -entre otras cosas- conocen sus reacciones violentas, no siempre físicas. Aceptan a los varones como mujeres porque los hombres lo dicen, a pesar de que eso obligue a asumir que ser mujer es un sentimiento sin vinculación con la realidad material del sexo: «Palabra de varón, te alabamos, señor».
Y no crean que se trata solo de unas pocas mujeres ignorantes. En las universidades, algunas académicas, que conocen de sobra la imposibilidad de cambiar de sexo, optan por someterse a la corriente principal de pensamiento o ideología dominante de las universidades, instituciones con un indudable y generalizado sesgo patriarcal; e, incluso, se convierten en fervientes defensoras de ese delirio para no poner en peligro su carrera profesional o para impulsarla. No son muchas. Pero, como las pocas que se niegan a aceptar esta nueva imposición patriarcal son censuradas en sus trabajos, o directamente canceladas, el resultado es que la mayoría de las profesoras universitarias, a pesar de saber que las feministas están en lo cierto, optan por mantener un perfil bajo o por autocensurarse. Al patriarcado le vale: “Quien calla, otorga”, y lo llamará, como en tantas ocasiones cuando de mujeres se trata, «consentimiento».
Sin duda hay otros «qué más te da». Solo pretendía ilustrar con los que he incluido, cómo el patriarcado sigue consiguiendo que las mujeres operemos contra nuestros propios intereses y aceptemos sin apenas resistencia la ideología trans, gracias -justamente- a la construcción del género, haciendo que las mujeres nos inclinemos a cuidar al «colectivo más discriminado de la historia» (sin que se haya concretado con exactitud qué colectivo es ese, ni -mucho menos- ofrecer cifras que demuestren tal discriminación) aún a costa de nuestro propio autocuidado.
Y también utilizando el temperamento que se nos ha inculcado para que, o bien temamos la violencia de los varones por contrariarles, sometiéndonos por tanto a lo que ellos digan; o aceptando su exigencia de cuidado y también de ser amables (el «be kind» anglosajón), generando una paradójica variante de la Ley del Agrado: la ley del Trans-Agrado. Y digo paradójica porque implica que las mujeres que aceptan que los varones pueden ser mujeres, simultáneamente -al aplicar esa Ley- reconocen como varones a los que someterse, a aquellos que se declaran mujeres.
No quiero dejar de mencionar a otros dos tipos de mujeres cuya reacción no es la extrañeza, sino algo muy parecido al odio o al desprecio- porque han aprendido que cualquiera que se oponga a la ideología queer es una hereje. Son las que creen, o las que han elegido «creer».
Para ellas, la ideología queer es un dogma. Por eso, no importa que les ofrezcas debate: las creencias no se discuten. Como no se discute sobre la resurrección de los muertos o sobre las 72 vírgenes que esperan a los mártires del Islam. Estas mujeres creen -o quieren creer- en la ideología queer sin base racional alguna. Así que es mejor enmudecer a quienes osen criticar esas creencias, especialmente si de feministas se trata.
Me refiero, en primer lugar, a mujeres que cuentan -entre su familia o entre personas allegadas- con algún varón o mujer trans. Y que sienten la obligación -o la devoción- de respaldarles sin condiciones, asumiéndolo, casi, como una cruzada. O que no soportan la idea de que sus hijos o hijas sean homosexuales. O, sencillamente, porque ven la oportunidad de disponer de sus 15 minutos de gloria.
El segundo grupo, el de las que creen, está conformado por las más jóvenes. Las que ya han sido adoctrinadas por la ideología queer a través del sistema educativo y de una incesante influencia mediática e institucional. Son chicas que viven aún el espejismo de la igualdad y piensan que lo que corresponde ahora es velar por las personas «más débiles» . Por tanto, perciben a las feministas que se oponen a la ideología trans como odiadoras reaccionarias transexcluyentes, que por ese motivo, se niegan a aceptar «la verdad revelada» de las identidades de género.
De lo que estoy segura es del origen de su rabia. Sin duda procede de que las feministas las confrontamos con la realidad, con la racionalidad, con su actitud de sometimiento a los designios de los varones. A ninguna le gusta que quede al desnudo lo profundo de su opresión.
A pesar de todo, nunca dejaremos de señalar a esas mujeres sometidas a la ideología de género que, cada vez que una mujer dice que le da igual que las cuotas por razón de sexo sean usurpadas por varones; que cada vez que acepta que el esfuerzo deportivo de las mujeres sea neutralizado por tipos que no acatan el juego limpio; que cada vez que admite a varones en los espacios de seguridad e intimidad de las mujeres; que cada vez que no se indigna por la perversa construcción del género que lleva a las niñas a desear mutilarse; que cada vez que se convierta en cómplice, con su silencio, de padres y madres con homofobia interiorizada que prefieren una hija trans que un hijo libre; que cada vez que pretenda ignorar que se está mutilando y hormonando -sin control de sus efectos o, peor, conociendo bien el daño que ocasionan- a niñas, niños y adolescentes, antes sanos; que cada vez que acepta el silencio de las mujeres feministas… está clavando una estaca en el corazón de los derechos de las mujeres y de la infancia.
Y, aunque puede que el patriarcado haya conseguido -a golpe de estereotipos- someter a muchas mujeres, ya os digo que nunca conseguirá doblegar a las feministas. Porque seguiremos luchando hasta que las demás mujeres despierten de la pesadilla patriarcal en la que les ha atrapado el género, por medio de la Ley del Trans-Agrado.









Muy bien artículo, que cunre todos los puntos que explican la aceptación de este delirio por parte de tantas personas, especialmente mujeres.
Muy bien artículo, que cubre todos los puntos que explican la aceptación de este delirio por parte de tantas personas, especialmente mujeres.