Las palabras van a juicio: del odio al amor platónico III

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Por Adriana Flórez

A quienes piensan distinto y a los profesionales de la salud mental

¿Terapias de conversión?

En esta tercer sección del texto se iba a hablar de El odio y los baños, sin embargo, surgieron tres imprevistos en los que conviene detenerse antes. Ya hablaremos de los baños…

***

⎯¿Has visto, amiga?, van a tramitar una ley para castigar con cárcel las terapias de conversión.

⎯Oye, pues ¡qué bien!, es lo menos que se puede hacer. Pero me parece un poco extraño. ¿Por qué justo ahora viene a preocuparles tanto el asunto? Que yo sepa, no está habiendo ningún repunte  de esos intentos salvajes y aberrantes por modificar la orientación sexual de las personas homosexuales. ¿No te parece raro?

⎯En todo caso me parece afortunado, más vale tarde que nunca.

⎯Ah, pero si traes el periódico y todo, colega, ¿lo puedo ver?

“El martes 24 de junio de 2025 en España, el Congreso de los Diputados admitió a trámite la proposición de ley orgánica del PSOE para imponer penas de hasta dos años de prisión a quien practique terapias de conversión dirigidas a eliminar o negar la orientación sexual, identidad sexual o expresión de género, y a los padres que las consientan.”

⎯¡Ostras!, ya entiendo. Estamos frente a un nuevo caso de “terapia de conversión” de las que sí que están en auge, no contra los homosexuales sino contra las palabras, ¡por eso van a juicio! 

⎯Qué quieres decir.

⎯Pues que las afectadas son muchas, no solo “mujer”, “sexo”, “género”, sino también, por ejemplo y precisamente ¡“terapia de conversión”! La jugada es clara: amenazan incluso a los padres, qué fuerte, porque quieren impedir que los chavales que se sienten extremadamente incómodos con su cuerpo o con los estereotipos sexistas cuenten con alternativas frente a las “terapias afirmativas de la identidad de género” que, aunque se diga lo contrario, favorecen su medicalización. 

⎯Pero ¡qué dices!, todo lo contrario, más bien les libera de su dolor y de la obligación de medicarse. Deja ya ese sombrerillo de papel estañado y abre tu mente, amiga. En serio, que no es buena la conspiranoia. Para una vez que tenemos algo qué celebrar. Lo que se está haciendo es ampliar el significado de las palabras, es el modo de avanzar en derechos. ¿Qué no te das cuenta?

⎯Claro que me doy cuenta, pero de otra cosa. Y debo confesar que me cuesta creer que tú no lo veas.

⎯Es que vivimos en planetas distintos.

⎯Eso parece.

***

Alrededor de los y las menores y de lo que en la proposición de ley del PSOE se entiende por “terapia de conversión” gira esta sección del texto. “Ni terapia de conversión ni medicalización: humanización del malestar”, se podría titular también.

Hasta aquí uno de los imprevistos que nos ha hecho aplazar el tema de los baños, pero hubo otros dos. 

***

Tal como se mencionó en la anterior sección del texto, en el año 2020, las palabras “mujer”, “hombre” y “sexo” fueron al Tribunal Supremo del Reino Unido de la mano de una asociación feminista escocesa, For Women Scotland. Alegaron que era necesario aclarar su significado dentro de las leyes de igualdad. Estaban preocupadas, no querían contribuir a que por su ambigüedad sobrevenida estas leyes tan importantes terminaran siendo papel mojado.

Y bien, resulta que durante estos meses, se ha estado desarrollando un debate equivalente en el Tribunal Constitucional de España. En este caso a partir de un recurso interpuesto por fuerzas de la derecha que, coincidiendo en esto con el feminismo abolicionista, consideran que la ley trans es inconstitucional. 

(En otro momento se analizará la relatividad de esta coincidencia que confunde tanto a muchas personas de la izquierda.)

El hecho es que en Reino Unido, el pasado 16 de abril, las palabras en litigio obtuvieron el siguiente dictamen: “en las leyes de igualdad ‘mujer’ quiere decir hembra de la especie humana de acuerdo con características biológicas”. 

Y, en lo que toca al dictamen a propósito de la cabida que la ley trans tiene o no en la constitución española, se producirá a la vuelta del verano. 

Es importante señalar que entre quienes abogan porque la ley trans se declare inconstitucional hay también magistradas progresistas. Y para apoyar ese reclamo, a partir de la convocatoria que lanzó Confluencia Movimiento Feminista para el sábado 21 de junio de 2025, se celebraron concentraciones en 20 puntos de España. 

⎯¿Has visto?, ¡otra manifestación más de transfobia!

⎯No, querido, de responsabilidad. 

⎯¡Cómo crees!, tenemos que hablar. Para mí que tus amigas, las del taxi, ya han perdido el rumbo. Están desquiciadas. ¿Por qué no dejan en paz a las personas trans?, ¿qué no tienen otra cosa mejor que hacer?, ¡¿por qué tanto odio?!

⎯Mira, decir que son malas…

⎯Tránsfobas, en todo caso…

⎯Es lo mismo. Decir que son tránsfobas; que son nazis, fachas o de la derecha; que sus reivindicaciones son producto del odio que tienen hacia las “personas trans”, que, vulnerables, tanto están sufriendo, funciona como un chantaje para que sus razones sean desestimadas de entrada, para que no se escuchen. 

⎯Oye no, lo que pasa es que la verdad no peca pero incomoda.

⎯Eso es cierto, pero en este caso lo que incomoda no es la verdad, sino la calumnia: las feministas críticas de la ley trans ni son tránsfobas ni caben en un taxi y les importa el sufrimiento de los demás tanto como a ti y a mí. Ofende tener que decirlo. Pero, una vez que se las sataniza, algunas personas precavidas prefieren no oírlas ni por casualidad: no vaya a ser que sus argumentos les convenzan y entonces les caiga también a ellas el sambenito. Es normal. 

⎯No me extrañaría, entiendo lo que dices, pero yo sí que las he escuchado.

⎯Ya. De aquélla manera, como agua que llueve y no moja. Además, ¿ya viste?, esta vez estaríamos hablado de 20 taxis…

⎯19, querrás decir.

⎯En realidad fueron veinti y no sé cuántos, ya me enteraré de la cifra exacta.

***

Pero, la temática de esta sección del texto, que como ya dije, se podría llamar “Ni terapia de conversión ni medicalización: humanización del malestar”, se desarrolla a partir de un tercer imprevisto, de una anécdota que viene muy a cuento, no sólo porque pone en la mira a la misma persona que en la anécdota de la sección anterior, sino porque, cual si fuera su post data, exhibe de nuevo la inercia que es imprescindible superar si queremos retejer los lazos rotos; además, muestra una de las heridas que la alimenta, porque, de tan profunda, nos hace difícil escuchar. 

¿A quién podría sorprender?, se trata de nuestros hijos, de nuestros alumnos, de nuestros menores, de ahí donde más nos duele. 

***

⎯Lo ves, amigo, es por las mujeres, pero también por ellos, por los y las menores, que salimos a las calles para exigir se declare inconstitucional la ley trans.

⎯¿Por ellos?, ¡contra ellos, ellas y elles!, querrás decir. Aunque no lo quieras ver, amiga.

⎯Mira, lo que no se quiere ver es cómo un desacuerdo que tenemos que resolver los adultos está colocando a los y las menores en el lugar del rehén. Eso nunca debería de haber pasado, pero así están las cosas. Ahora lo que toca es revertir esa lastimosa situación. La obligación de las instituciones que no lo hicieron en su día, es generar los espacios para que se lleve acabo el diálogo racional y cualificado que quitaría de ese lugar del rehén a los y las menores; habilitar los mecanismos científicos y profesionales que permitan tomar las mejores decisiones. 

⎯¿A qué te refieres?

⎯A que se han roto, sin mediar palabra, consensos muy importantes sobre la salud y el cuidado de los menores. Es urgente que hablemos entre ciudadanos; pero, sobre todo, entre los y las profesionales de la salud física y mental que piensan distinto entre sí, pero de cara a la ciudadanía, poniendo los datos pertinentes sobre la mesa y con taquígrafos presentes. 

⎯Profesionales de la salud física y mental, dices, y ¿dónde dejas a los y las antropólogas, politólogas, sociólogas, filólogas y filósofas?

⎯Es verdad, también hacen mucha falta, en particular hacen falta las profesionales de estos campos que tienen una formación feminista solvente. Ellas son las que saben lo que es “el género” y lo que ha ocurrido con la palabra que lo nombra de unos años a esta parte.

⎯Y ¿por qué crees que no se ha hecho?

⎯Pues porque hablar es transfobia.

⎯Te estás burlando.

⎯No exactamente. Digamos que me permito la ironía para contestar con brevedad a tu pregunta. Perdona si te ofendo.

⎯No me ofendes, pero no estoy de acuerdo. Estás simplificando las cosas, no es tan sencillo.

***

Antes de continuar, un aviso: como se está convirtiendo en un pequeño libro,en principio, esta será la última sección del texto que publique en El Común, que con tanta amabilidad lo acogió. ¡Gracias!

Otra vez en el cuerpo

“Con 76 años y más de 25 acompañando, como madre y voluntaria, familias con criaturas, adolescentes y jóvenes que sufren profundamente por no encajar en las expectativas de género asignadas al nacer, el artículo de Laura Freixas, Ideología contra ciencia, me ha golpeado.”

… escribió en La Vanguardia el 15 de mayo de este 2025  Pepa Nolla, presidenta de honor de la AMPGYL, Asociación de Familias contra la Intolerancia X Género. 

Desde nuestro punto de vista, donde dice “expectativas de género asignadas al nacer”, debiera decir, “expectativas de género que se imponen desde el nacimiento y se sostienen a lo largo de la vida según sea el sexo”; porque, para no ocultar que es en función del sexo que se imponen los mandatos sexistas, es crucial distinguir los dos términos: sexo y género. 

Y también porque es a partir de esta distinción que se puede entender algo fundamental: reconocer que la materialidad del sexo explica el cómo el por qué y el pará qué de la opresión de las mujeres, no quiere decir (hasta ahora lo podíamos dar por supuesto), ni que la justifique ni que no sea posible superarla; es, más bien, imprescindible para hacerlo.

En cualquier caso, “el artículo de Laura Freixas, Ideología contra ciencia, me ha golpeado”, escribió Pepa Nolla.

“Sentí un golpe seco de violencia”, escribió, como comentamos en la sección anterior, Cristina Fallarás, describiendo las sensaciones corporales que le produjo el acercamiento de esa misma escritora, cuando la fue a saludar y quiso compartir con ella algunas preguntas, minutos antes de iniciarse el evento al que Abel Azcona nos convocó en el Círculo de Bellas Artes.

Estos incidentes se prestan particularmente bien para reflexionar, porque se pone en la mira a una pensadora crítica del transgenerismo, Laura Freixas, que, sin ser la Madre Teresa ⎯ya lo dije⎯, se muestra especialmente ecuánime y deseosa de entablar un diálogo en condiciones. Pero…

“Hace ya mucho tiempo que dejé de intentar entender las razones de las personas tránsfobas. Sencillamente no tienen razones. […] El odio es previo a [su] razonamiento […] guardan su odio como oro en paño […] de él se alimentan […] y después elaboran sus tesis para sostenerlo.”

… escribió también Fallarás.

  • ¿Dónde está el odio?, nos preguntamos, en la sección anterior, a propósito de las declaraciones de Fallarás. 
  • ¿Dónde está el golpe?, nos preguntamos ahora frente al texto de Nolla. 

Sobre todo porque, sin exagerar ni un ápice, da la impresión de que Nolla no leyó el de Freixas, el texto que dice la ha golpeado. De manera que la pregunta acerca de la localización del golpe, quizás encuentre mejor respuesta, no en el texto que escribió Freixas, sino en lo que pudo haber leído Nolla entre sus líneas. 

Es realmente llamativo, Nolla dice que se sintió golpeada porque Freixas “vuelve a situar a las personas como problema” y en verdad, no hay nada en su escrito que lo sugiera. Si Nolla se refiriera a las personas que gestionan los discursos, y en particular a los representantes políticos, se entendería; ciertamente, Freixas los interpela directamente. Pero, pareciera, más bien, que Nolla se refiere a las personas que se ven afectadas por el sistema de género de maneras muy diversas y, en particular, a los y las menores.

O, quién sabe, tal vez nosotros también hemos leído mal. 

En algún punto es imposible no errar. De hecho, creer saber con certeza absoluta lo que el otro dice o escribe es muy elocuente de nuestra propia visceralidad, de nuestra neurosis que, encerrándonos en nuestra burbuja, nos entrega a un diálogo hipnótico de besugos apartándonos de toda ética.

Es imposible brincar sobre nuestra propia sombra, sólo los peces no saben que es agua en la que nadan, no percibimos la burbuja (algorítmica o no) desde la que interpretamos las cosas y, hacer un hueco en ella para incluir la visión del otro implica un esfuerzo de escucha que a veces se torna imposible. Esto es así, con mayor razón, cuando nos tocan donde más nos duele.

La relatividad también es relativa

El hecho es que Freixas, lejos de situar el problema en las personas por las que se preocupa Nolla, comparte su preocupación por ellas. Le preocupa que la ideología, por valiosa que sea, interfiera, como lo está haciendo, con el desarrollo y difusión de la ciencia que podría protegerles. ¿Cómo podría protegerles? Pues, aportando datos objetivos suficientemente contrastados de los efectos secundarios de los bloqueadores de la pubertad, de la hormonación cruzada y de las intervenciones quirúrgicas relacionadas, para que, ya con esos datos en la mano, o admitiendo que no existen, se tomen decisiones y se establezcan protocolos acudiendo a los criterios humanos (éticos) a que ⎯según entiendo⎯ Nolla se refiere. Por ejemplo: el hecho de que los bloqueadores de la pubertad produzcan anorgasmia irreversible es un dato objetivo que, desde un punto de vista ético, no puede ignorarse.

Así pues, los criterios humanos a los que se refiere Nolla con toda la razón, son imprescindibles, pero a la hora de caracterizar la relación que priva entre estos criterios y los datos objetivos de la ciencia, habla en abstracto y parece incurrir en un relativismo, desde nuestro punto de vista, un tanto ingenuo. Nolla escribe, también con razón, que “toda mirada científica ⎯incluso la más rigurosa⎯ está influida por valores, por intereses, por contexto”. Pero, si bien es verdad que la investigación científica se desarrolla dentro de una sociedad que la determina de muchas maneras, como poco, a la hora de elegir su objeto, finalidad y metodología, no todo es relativo ni cultural, menos aún en las ciencias. La “relatividad” también es relativa.

Por eso, a propósito de hormonas, cuando, a pesar de los sofocos y los problemas con huesos y articulaciones de la menopausia, la ginecóloga nos dice que si no conseguimos bajar el colesterol no nos puede recetar hormonas de remplazo (las mismas que se prescriben a las personas de sexo masculino que quieren “transicionar”); y, que una vez que lo consigamos, es mejor que no las tomemos por más de cinco años, las dos cosas para evitar riesgos importantes, le hacemos caso, conseguimos una dieta para bajar el colesterol y, eventualmente, la cumplimos.

La pregunta para Nolla sería: ¿acaso no querría saber, a ciencia cierta, cuáles son los efectos secundarios que pueden tener, a corto, mediano y largo plazo, tanto los bloqueadores de la pubertad como las hormonas cruzadas y las intervenciones quirúrgicas que se ofrecen a los menores que le preocupan? Seguramente, no me cabe la menor duda, su preocupación es genuina, pero ¿por qué en su texto no menciona explícitamente nada al respecto?

El tema es altamente sensible.

Cuando duele el género: las alternativas a la medicalización, ¿son terapias de conversión?

A la hora de alentar o no una determinada intervención bioquímica o quirúrgica en el cuerpo, del tipo que sea, la última palabra corresponde a la ética, pero ⎯ya se dijo⎯, ni la ética ni otros criterios humanos pueden pronunciarse sin conocer antes los datos objetivos que aporta la ciencia sobre estas intervenciones. Al menos en este caso, no es la ciencia en sí misma (por muy permeada que se encuentre),sino su finalidad y las medidas de salud que se diseñan a partir de los datos que aporta, las que pueden ser o noéticas, “empáticas, responsables y comprometidas con la vida”, por usar las palabras de Nolla.

 Las intervenciones bioquímicas y quirúrgicas relacionadas con la llamada “transición de género” aplicadas en menores, muestran enormes inconvenientes, al punto de que los médicos especialistas del Hospital Karolinska de Suecia, consideran que su implementación forma parte de “el mayor escándalo medico cometido contra la infancia en la historia de la medicina”. 

Pero vamos a suponer que no, que los efectos secundarios de dichas intervenciones no fueran tan graves, que fueran asumibles. Aun haciendo esa peligrosa suposición, desde nuestro punto de vista, la decisión de contemplar o no su uso (en el caso de que no se descartase definitivamente), siempre habría de tomarse atendiendo a la singularidad de cada caso y sin escatimar recursos alternativos a la medicalización del malestar de que se trata. 

(Y ello, por supuesto en menores, pero también en mayores, tal como se hace, cuando se cumple con el código ético de la medicina, con cualquier medicamento o intervención quirúrgica).

Pero, es aquí, donde una esperaría un consenso inequívoco, donde, por el contrario, de un tiempo a esta parte chocamos con diferencias abismales. 

Ante el malestar psíquico del tipo que sea, existen recursos de atención que, sin ser infalibles, aliviándolo, aumentan las posibilidades de que la persona prescinda de intervenciones médicas para gestionarlo. Y, el malestar psíquico asociado a los caracteres sexuales del cuerpo o a los mandatos sexistas, no es en esto la excepción. Estos recursos alternativos a la medicalización pueden ser de muchos tipos (orientación psicológica, psicoterapia, psicoanálisis) llamémosles aquí “espacios de elaboración psíquica”.

El problema al que nos enfrentamos en este momento es que, de un modo desafortunado y sorprendente, por totalmente injustificado, cuando se trata de problemáticas en torno a los caracteres sexuales del cuerpo o a los mandatos sexistas, estos espacios de elaboración psíquica se están queriendo equiparar a una práctica deplorable: las terapias de conversión. 

Los espacios de elaboración psíquica que de este modo se criminalizan, son los que, por su naturaleza abierta a cualquier cuestionamiento, se apartan del llamado “modelo afirmativo de la identidad de género”.

Da la impresión de que se quiere cerrar una puerta herméticamente, echándole doble llave: sólo está permitido el modelo afirmativo, primera vuelta; cualquier otro tipo de atención será considerado terapia de conversión, un crimen tipificado por la ley que, justo ahora se quiere acreedor de prisión, segunda vuelta.

Donde:

  • Las terapias de conversión son las prácticas encaminadas a modificar la preferencia sexual de las personas, el sexo igual o distinto del suyo al que se siente eróticamente atraída una persona de manera preferente. Una práctica homófoba que además de cruel y sin sentido, es completamente ilusa.
  • El modelo de atención afirmativo, no de la orientación sexual, sino de la llamada “identidad de género”, aunque no obliga, suele conducir a la medicalización hormonal y después quirúrgica, en la gran mayoría de los casos. ¿Por qué? Pues, entre otras cosas, porque la palabra “afirmativo”, que suena tan positiva, entraña una prohibición. 

Donde dice “modelo afirmativo de la identidad de género”, podría decir: 

  1. “modelo en el que se prohíbe cuestionar el concepto de ‘identidad de género’, así como las creencias que la persona afectada tenga a propósito de dicho concepto, asumiéndolas por default”; o también, 
  2. “modelo en el que se prohíbe el tipo de elaboración psíquica libre, en la que no hay nada que no se pueda cuestionar, permitiendo al o a la interesada, con mayor probabilidad y frecuencia, prescindir de la medicalización”.

⎯Qué retorcida e insensible es esta señora, no toma en cuenta el sufrimiento de los críos, de las personas. ¿Qué no sabe lo doloroso que es para las personas trans que se les cuestione su identidad?

⎯Pues mira, no se trata de cuestionarles nada, sino de no impedir que lo hagan ellas mismas, de ofrecerles un espacio seguro que facilite se cuestionen todo lo que quieran y les haga falta para sentirse mejor. Y no dudo que sea doloroso para algunas personas sentir cuestionada su “identidad de género”, merecen toda mi consideración; pero, pensando en su bien y en el de todos, tenemos que ser capaces de hacernos preguntas, no dar nada por sentado. En este caso, yo por ejemplo me preguntaría: ¿qué quiere decir que una persona “sea trans”?  

⎯Pues mira, esa sola pregunta ya les podría doler en el alma.

⎯Oye, y ¿no será que algunas de las personas a las que te refieres están siendo condicionadas a sentirse heridas por algo que no debiera o no necesariamente?

⎯¿Qué quieres decir?

⎯No sé. Tal vez algunas de ellas, como efecto del contexto y de un discurso de tan amplia difusión, están siendo sometidas a un mandato que les exige dolerse y mostrarse indignadas si algunos otros respetan pero no comparten sus creencias acerca de sí mismas. 

⎯No son creencias, son hechos.

⎯Ese es el punto, amigo mío. Ya hablaremos de epistemología y de lo que implica en términos de salud mental, para cualquier persona, alentar algunas certezas, en general y en particular en relación con la autopercepción; ya hablaremos de lo que implica el aplauso al “sólo yo sé quien soy”. Me extraña que, sabiendo lo que sabes, eso no te haya chirriado aunque sea un poco.

***

Cualquier profesional de la salud mental lo sabe, hay condiciones psíquicas donde el cuestionamiento está contraindicado, pero eso no depende del contenido de las creencias del o la interesada, (de que tengan que ver con la “identidad de género”, la política, la religión, su versión de ciertos hecho, etc.), sino de la estructura psíquica desde la cual sostiene dichas creencias. Es el caso cuando estamos frente a una persona con una estructura psíquica “frágil”, llamémosle aquí. Pero, incluso en esos casos, no cuestionar tampoco implica alimentar la certeza ante creencias cuestionables. En realidad, todas los son, es uno de los rasgos que distingue a las creencias del saber. 

El hecho es que no existe una equiparación posible entre las terapias de conversión y los espacios de elaboración psíquica que, frente al malestar asociado al género, como frente a cualquier otro, abren la posibilidad, con mayor probabilidad, de prescindir de la medicalización. 

Sin embargo, resulta que, donde operan las leyes trans la medicalización, junto con la atención que prohíbe el cuestionamiento (“afirmativa”), se está ofreciendo a los menores como único recurso para enfrentar, cuando es el caso, su malestar agudo en relación con los caracteres sexuales de su cuerpo o con los roles sexistas en que consiste el género. Roles impuestos entre los cuales se encuentra la heterosexualidad y donde, el malestar “de género” que el menor acusa, podría tener que ver, aunque no siempre, precisamente con su dificultad para cumplir con ese mandato de heterosexualidad, aunado a cierta homofobia internalizada (inconsciente) contra sí mismo. Y donde, la alternativa a la “transición” y a las intervenciones médicas que le prometen un quimérico “cambio de sexo” que heterosexualizaría su situación, sería liberarse de dicho mandato y de su posible, solo posible, homofobia. ¿Cómo?, mediante una elaboración psíquica no restrictiva, que sin prohibir cuestionamientos de ningún tipo ni obligar a afirmar nada por default, le hiciera posible superar su malestar por sí mismo o misma: reconciliarse con su cuerpo o con su homosexualidad (cuando sea el caso), con su historia y con otros muchos aspectos de su vida.

Se trata de una alternativa que, obedeciendo a la ética, habría de ponerse al alcance de todos y todas. Sin embargo, ¿qué es lo que se está haciendo?, criminalizarla, llamarla “terapia de conversión”, cerrando así, con doble llave, esa puerta.

⎯¿Has oído, amigo?, ¿a qué dirías que huele en Dinamarca?…

⎯No sé, a ver qué más dice esta señora.

El ejemplo de la preferencia erótica u orientación sexual, es eso, solo un ejemplo. Las problemáticas en torno a los caracteres sexuales del cuerpo o a los mandatos de género pueden tener múltiples presentaciones. Pero, el de la orientación sexual, además de ser un ejemplo frecuente y muy claro, es el concernido por las terapias de conversión ⎯propiamente dichas⎯con las que  se quiere equiparar los espacios de elaboración psíquica; repito: espacios alternativos a aquellos en los que no cabe cuestionar, solo afirmar; alternativos a aquellos que por su lógica, aunque no obligan a la medicalización, con mucha frecuencia conducen a ella. 

En suma: equiparando los espacios de elaboración psíquica con terapias de conversión, se impone el modelo afirmativo que aumenta la probabilidad de medicalización.

Además de llevar a una consecuencia indeseable, estamos, como espero haber mostrado, frente a una equiparación aberrante completamente injustificada, artificial. ¿De dónde ha surgido y a quién beneficia dicha equiparación?, es, por supuesto, la pregunta obligada.

Pues bien, la equiparación se produce mediante una adulteración evidente del lenguaje y la memoria, salta a la vista, la técnica es muy sencilla: cambiar el significado a las palabras. (Que por eso van a juicio). No de cualesquier palabras, no se trata de hacer poesía, de crear nuevos significados ni de amplificar la capacidad expresiva de las palabras. Se trata de cambiarle el significado a palabras que aglutinan un consenso social muy amplio e importante en contra de prácticas equiparables a la tortura. Eso han sido las terapias de conversión, tortura, y por eso, si nos tomamos en serio la lucha contra ellas, su nombre no debiera usarse en vano; y, menos aún para privar a las personas de una atención que podría aliviar su malestar, cualesquiera que este sea, sin medicalizarlo. 

Sin embargo, el artificio de equiparar las terapias de conversión con prácticas de elaboración psíquica que se oponen tajantemente a ellas yendo como van, exactamente en el sentido contrario, ha adquirido carta de ciudadanía en parte de la opinión pública. Además, tiene incidencia en organismos internacionales de gran importancia que, de hecho, la difunden. ¿Cómo ha sido posible un desvío de estas dimensiones?

Al respecto, merece la pena escuchar lo que dijo Noé Cornago sobre lo que llamó «la desformalización en curso del régimen internacional en contra de todas las formas de discriminación  basadas en el sexo», esto es, de aquellas formas de discriminación que afectan a las mujeres en función de su sexo. 

El tema al que alude Cornago tiene mayor relación con la salud de los menores de lo que pudiera parecer a quienes se acercan por primera vez a la problemática que nos ocupa. En ella, todo tiene que ver con todo. Por eso, superarla requiere identificar la complejidad de su entramado, ver por dónde pasan sus hilos y respirar profundo para desenmarañarla. Simplificarla, en cambio, es parte de lo que lleva a la estigmatización de quien piensa distinto, a su descalificación inmediata, al “y tú más” imperante, a hiperventilar.

¿De dónde vienen los mayores impedimentos para realizar esa tarea de clarificación y desenmarañamiento imprescindible para comunicarnos y retejer los lazos rotos de la ciudadanía?, es una cuestión de la que ya se dieron algunas pinceladas en la sección anterior. Pinceladas que encuentran parte muy importante de su contexto, precisamente en el panorama que nos muestra Cornago en relación con instituciones internacionales que hasta no hace mucho, antes de que su financiación ⎯como él señala⎯ pasara a ser predominantemente privada, eran referentes en los que se depositaba mayor confianza.

El verbo escuchar y sus conjugaciones

Primero una aclaración: A partir de aquí, a menos que se entre a especificar, hablaré de medicación y malestar psíquico en general. Además, cuando hable de medicalización, me estaré refiriendo también a los psicofármacos, no solo a los bloqueadores de la pubertad, a la hormonación cruzada y a las intervenciones quirúrgicas relacionadas. 

Dije antes y digo ahora, ya hablando más en general, que 1) frente a cualquier malestar psíquico no habrían de escatimarse recursos alternativos a la medicación o a cualquier otra intervención en el cuerpo; y 2) que estos recursos, en los que no se pueden prohibir las preguntas ni el cuestionamiento, lejos de patologizar, deben, por el contrario, despatologizar el malestar; pero, sin negar la problemática, sino humanizándola, que es otra conjugación de los verbos “simbolizar”, “elaborar”, etc. Verbos que puede protagonizar en gerundio el o la interesada cuando cuenta con un espacio seguro de escucha profesional que le permite la libre elaboración psíquica de lo que le pasa. Ambas cosa: 1) los recursos alternativos a la medicalización y 2) su carácter despatologizante (no negador), son de máxima importancia.

  • ¿Por qué? Pues, no solo porque los recursos alternativos a la medicación están exentos de los efectos secundarios que ésta conlleva siempre, sino porque en la mayoría de los casos, pueden mejorar la situación de las personas de un modo más significativo, interesante y duradero. Esto es así porque permiten ir a la raíz del malestar del que se trate. Y, reitero, estamos hablando de malestar en general, no de patología, al menos no necesariamente.

Más allá de la importante interacción que a veces existe entre los diversos tipos de malestar, abordar el malestar psíquico con medios psíquicos es tan coherente como abordar el malestar estrictamente fisiológico con medios fisiológicos. De hecho, es cuando se da una solución fisiológica a un malestar psíquico que éste se tiende a patologizar identificándolo con una enfermedad, si no con las palabras, si con los actos. Donde, medicar en lugar de escuchar a fondo, tiene efectos profundos no deseables que van más allá de la patologización.

  • ¿A qué recursos alternativos a la medicación me refiero?, ¿a una tutela?, ¿a una terapia que busque “arreglar las cosas” conduciendo a la normativización? NO, en absoluto, ¡todo lo contrario! Me refiero a un espacio propicio para que el o la interesada se escuche a sí misma y contacte: 
  1. con los conflictos de su propia historia y, sobre todo, con su modo particular de vivirla;
  2. con la incidencia que esta historia y su modo de vivirla tiene en su presente;
  3. con los conflictos que le genera la sociedad en la que vivimos y 
  4. con los inherentes al desarrollo y a la naturaleza humana.

Esto es, un espacio propicio y seguro para que, el o la interesada, escuchándose a sí misma, contacte poco a poco con los conflictos que tenemos todos y nos generan síntomas diversos, pero ⎯y ello es crucial⎯ para que contacte con ellos en su expresión irreductiblemente singular. Es decir, tal como cada quien experimenta estos conflictos, más allá de toda generalización, más allá de todo diagnóstico, slogan o etiqueta prefabricada, que por atractiva que parezca, nos enajena privándonos de nuestras propias palabras para nombrarlos. Un espacio seguro para que el o la interesada contacte con su problemática particular, incluso más allá de toda teorización previa que, por importante que fuera tomarla en cuenta, si se pone demasiado por delante, interfiere en la escucha de lo que en cada caso puede ser la clave para encontrar la salida.

  • ¿Por qué este tipo de escucha? Entre otras cosas: 
  1. porque abre la posibilidad real de que la persona interesada se coloque en un lugar subjetivo más autónomo desde el cual pueda liberarse a profundidad, no solo conductualmente, de ciertos mandatos nocivos, más o menos inconscientes, por ejemplo, sexistas, pero no solo; 
  2. porque es solo así como la persona puede liberarse de estos mandatos, sin adquirir otros y 
  3. porqueconjugando esta profunda liberación con la admisión de ciertos límites, limitaciones y realidades, se favorece un mayor sentido y disfrute de la vida.

(Disfrute que está en las antípodas de la búsqueda de una satisfacción absoluta que, además de imposible, comporta un sufrimiento estéril, del que el goce indiferenciado de las adicciones es paradigma y triste marca de nuestro tiempo: todos y todas pegados, como poco, a las pantallas. Mientras, el tiempo de nuestras vidas se acelera y, como arena, se nos escapa de las manos; como agua, diría un Bauman con la cabellera blanca y más erizada que nunca).

No es este el lugar para explicar lo dicho a profundidad. Sin embargo, tal vez convenga adelantar que el cambio de posición subjetiva al que conduce el tipo de escucha que, alternativa a la medicalización, consideramos más oportuno, tiene que ver, por dar sólo un ejemplo, no con un mero cambio de ideal ⎯cuando es el caso⎯, sino con un cambio en el modo de relacionarnos con los ideales en general, un cambio que conlleva un abandono de una posición infantilizante y apunta hacia la madurez, en el más deseable sentido de la palabra. 

Por dar un ejemplo aún más concreto: estamos hablando de un cambio de posición subjetiva que permitiría a la persona implicada, no sólo liberarse de una secta ⎯cuando es el caso⎯, sino no volver a entrar a otra. Más aún, no volver a relacionarse con ningún otro tipo de proyecto colectivo como si se tratara de una secta; y, no sólo desde un punto de vista conductual, sino también afectivo.

Hablando de ideales, este es también un ideal, y muy ambicioso, no lo podemos negar. Cierto grado de sectarismo marca nuestra naturaleza, es mejor reconocerlo. Pero, que no podamos brincar sobre nuestra propia sombra no quiere decir que el intento de hacerlo no sea un ejercicio saludable.

Por lo demás, el tipo de escucha al que me estoy refiriendo, su apuesta por los recursos alternativos a la medicalización del malestar, es perfectamente compatible, no sólo con: 

  1. una posible medicación puntual, que no como único, pero sí como último recurso, cuando no hay otro remedio, renunciando a la omnipotencia, ha de ser bienvenida, sino;
  2. con la convicción de que la cultura en general siempre conlleva un malestar que es necesario gestionar: El malestar en la cultura y, ya especificando,
  3. con la convicción de que “El malestar estructural que vivimos está causado [entre otras cosas] por el sistema del propio género”, que es lo que escribe Nolla creyendo, sorprendentemente, que su afirmación se contrapone a la visión del feminismo abolicionista, que es abolicionista ¡precisamente del género! 

⎯Has visto, amigo, tenemos que hablar, nos tenemos que escuchar…

⎯Pero, ¿cómo vas a hablar con quienes están tomadas por el odio?

⎯¿Lo preguntas de verdad?

⎯¡Caro!

⎯Pues, dejando ese mito manipulador de una vez por todas. ¡Por cierto! No te lo he contado: ¿sabes que Freixas pidió el mail de Nolla a La Vanguardia para contactarla e irse a tomar un café con ella?

⎯¡¿En serio?!

⎯En serio.

⎯¿Y?

⎯Pues nada, que se lo tomaron.

***

En relación con la medicación del malestar psíquico en general, a reserva de un desarrollo más detenido, aclaro: desde mi punto de vista, el problema no es la medicación en sí misma, sino 

  1. la edad de consentimiento y administración,
  2. el incumplimiento con el código deontológico que exige “primero, no dañar”,
  3. el estatuto que se le da a la medicación, pues la significación que se le confiere al prescribirla produce efectos psíquicos y sociales de gran relevancia, y
  4. que se presente no como ultimísimo, sino como primer recurso. 

Esto último, en el caso, ya no de los psicofármacos en general, sino específicamente de las intervenciones bioquímicas y quirúrgicas a propósito de un malestar asociado a “el genero”: al crear las condiciones para que parezca ya no el primero, sino el único recurso. ¿Cómo?, ya lo vimos: criminalizando, a partir de la ley trans, las alternativas no médicas, calificándolas de “terapias de conversión” del modo tan injustificado que se reseñó anteriormente. Y ahora, amenazando con meter en prisión a quien ofrezca este tipo de alternativas, así como a los padres que consientan en que sus hijos o hijas se beneficien de ellas.

No lo vimos venir, esto parece ciencia ficción. No deja de sorprender el recurso a tanta fuerza. No es suficiente una cuantiosísima multa (150 mil euros) y la inhabilitación profesional temporal (cinco años). Se ve necesario amenazar con la cárcel: ¿qué está pasando?. 

Por último. Volviendo a hablar en general de la medicalización del malestar psíquico e incluyendo, entre otras, las intervenciones bioquímicas y quirúrgicas que se ofrecen frente al malestar vinculado a la llamada “identidad de género”, cabe una hipótesis: Con un sistema de salud mental público de la más alta calidad, no patologizante y con orientación preventiva, hay medicamentos y psicofármacos que jamás sería necesario recetar, o sí, pero en una mediada poco relevante. 

Me refiero a un sistema de salud mental público que, atento a las problemáticas que aparecen desde la primera infancia, por eso preventivo, las acoja, no como patología infantil, sino como lo que suelen ser cuando los y las niñas son muy pequeñas: expresión de algunas dificultades de los padres. Dificultades humanas que a nadie nos son ajenas y que, además de respeto, requieren y merecen un espacio de escucha seguro para enfrentarlas elaborándolas de la mejor manera posible: a través de la palabra. 

Repito, de esta manera, hay medicamentos y psicofármacos que jamás sería necesario recetar e intervenciones quirúrgicas que no vendría a cuento realizar, o quizás sí, pero en una mediada infinitamente menor.

Y una política pública de salud mental con estas características, ¿a quién beneficiaría? Y, ¿a quién perjudicaría? Está claro, ¿no?

Los mandatos sexistas de género: “el grano de arena alrededor del cual la ostra construye su perla”.

 “Cuando las personas no son el problema, sino el sistema de normas [de género]” tituló Nolla su texto, creyendo estar en el lado opuesto de quienes dirían con ella que, efectivamente, el problema no son las personas ni sus cuerpos, sino el sistema del propio género, los estereotipos sexistas. Pero que, a diferencia de ella, piensan que, precisamente por eso: elevar el género al rango de identidad y crear un ambiente en el que se propician intervenciones en el cuerpo para intentar mitigar el malestar psíquico que causan los estereotipos sexistas del género, en lugar de apostar por la abolición del mismo, es extremadamente contradictorio y profundamente distópico.

Por mi parte, como psicoanalista, aun estando de acuerdo, creo que también conviene evitar reducir el malestar de las personas a los condicionantes sociales. Pienso que estos deben tomarse muy en cuenta, invertir en estudios que den cuenta de ellos, atender a las estadísticas resultantes y, cuando son nocivos, luchar contra ellos; pero, sin que tenerlos muy presentes lleve a desatender lo irreductiblemente singular en la atención de cada caso.

¿Por qué lo digo? Pues, porque así como, a propósito del malestar psíquico en general, Freud decía que “la predisposición somática es el grano de arena alrededor del cual la ostra construye su perla” (donde, “la perla” es el cuadro sintomático o malestar y “la ostra”, el sujeto o la subjetividad de la persona que presenta el cuadro; pienso que, donde dice “predisposición somática” también podría decir “los mandatos sexistas del género”: a veces, los mandatos sexistas de género (u otros condicionantes sociales), son los granos de arena a partir de los cuales la ostra construye sus perlas.

¿Qué quiero decir con esto? Pues, que del mismo modo que la neurosis anida en la ideología independientemente del signo y valor de la misma, si bien es verdad que los mandatos de género producen un malestar álgido y que no es casual que algunas problemáticas psíquicas encuentren su expresión preferente bajo la forma de malestar con el género; en general, dichas problemáticas no se pueden explicar sólo a partir de los mandatos sexistas.

Se puede hablar, si se quiere, de comorbilidad; pero, desde mi punto de vista, para no caer en la patologización, en muchos momentos se puede prescindir de la etiquetas diagnósticas o al menos relativizarlas, sin por ello dejar de registrar de manera cabal la problemática psíquica involucrada. Creo, de hecho, que es importante hacerlo, prescindir, en la medida de lo posible, de etiquetas diagnósticas; porque, ni la perla ni su nombre es lo que más nos importa, sino la ostra, el sujeto, la subjetividad que le da forma, la persona.

Por eso, en ocasiones, basta con recordar que la problemática con el género puede ser también la expresión de otro malestar que, aunque relacionado, sea distinto. La problemática con el género puede ser incluso una expresión que lo disfrace, ocultándolo, aun cuando ese otro malestar subyacente, en algunos casos, pudiera ser aún más importante. Y ⎯ya lo dije⎯ no tiene porqué ser una “comorbilidad”, puede ser un conflicto psíquico, sin más, un conflicto como tantos otros que todos tenemos. Omitir esta posibilidad cierra otra puerta muy valiosa para nuestra salud mental. 

De ahí la importancia de una escucha radical, se llame como se llame y venga de donde venga. De una escucha radical que incida en la despatologización de lo que no es sino expresión de nuestra humanidad (todo lo contrario a la medicalización del malestar). De ahí también, la importancia que tiene luchar por recursos públicos que la permitan aunque, lo sabemos, tenemos enfrente los intereses del Big Farma. ¿Molinos de viento? Lamentablemente, todo lo contrario: gigantes en pleno crecimiento y, como nunca, con las riendas en la mano.

Haría falta poner ejemplos para explicar mejor lo dicho hasta aquí, lo haré en mi libro. 

Por ahora solo decir que: el respeto más profundo a nuestra dignidad como seres humanos requiere contraponer a todo tipo de simplificación o dogma, una escucha radical que huya de las certezas e interpretaciones rápidas, que sea capaz de soportar la angustia del no saber; pues, una vez que creemos saber, ¿para qué escuchar? 

Y ya para terminar este apartado. Estoy de acuerdo con el divorcio, con el divorcio en general y en particular con el del feminismo con el psicoanálisis y viceversa. Pero estoy convencida de que sería muy bueno, más en estos momentos, que este divorcio fuera mejor avenido, también a la hora de teorizar, sobre todo conisderando que tienen hijos en común. 

Más todavía, tengo una hipótesis: si es verdad que el transgenerismo es un Caballo de Troya dentro del feminismo, creo que la desavenencia en ese saludable divorcio entre el psicoanálisis y el feminismo, ha sido uno de los factores que facilitó su entrada y dificulta su salida. Pero de eso hablaré también, espero, en mi libro.

Donde más duele

⎯¡Es impresionante el desatino de esta señora!, vaya rollo que nos ha colocado. ¡Madre mía! Habla de “escucha radical”, pero no para de hablar y además, parece autista. Eso sí, se pone grandilocuente y va de anti psiquiatra…

⎯Nada que ver, de psicoanalista, en todo caso…

⎯Lo que sea, pero digo autista porque es como si no se hubiera enterado de que la ley trans está ahí, justa y precisamente, para que las personas no estén obligadas a hormonarse y a operarse para ser reconocidas en su ser.

⎯Ya, pero ahí donde se han implementado, la demanda de hormonación ha aumentado en un porcentaje que no se puede explicar, ni mucho menos ⎯lo dicen científicas sociales⎯ por una mayor aceptación de la llamada “realidad trans”: estamos hablando de un 5 000% o más, y eso afecta, con enorme diferencia (3 de 4), a las chicas adolecentes.

⎯Son bulos.

⎯Son datos. Mira, solo por darte un ejemplo te envío el link del Informe Trànsit que te había dicho se hizo en Barcelona, y que coincide, al igual que otros que se han estado haciendo después, con el macro estudio del que surgió el Informe Cass de Reino Unido. No dudo que haya bulos, los hay, pero estos son datos fiables. Además; por favor, saca el lápiz, dibuja una marquesina y escribe:

De cuando se suprimen al mismo tiempo:
1) “la obligación de medicarse” y
2) las alternativas para no necesitarlo.

… así se llama la película, colega.

***

El problema no son las personas, diría con Nolla también Freixas, muchas otras y yo con ellas. El problema es que la posibilidad de cuidar de la mejor manera a las personas afectadas, y en particular a los y las menores, se ha politizado; pero, no en el más noble y alto sentido de la palabra, sino en el peor, en el que tan bien rima con “mercantilizando”.

Ahí está el golpe

El golpe que sintió Nolla, no sabemos muy bien de dónde viene, tendríamos que seguir escuchándola, y nos encantaría, solo ella podría decírnoslo. 

Sin embargo, hay otro golpe que nos concierne a todos y está ahí, donde más duele, lo sugerí desde el inicio: en nuestros hijos, en nuestros alumnos, en nuestros menores. 

Se trata de un golpe muy fuerte, que inasumible, puede invitar al autoengaño. De un golpe que sentirán los adultos que acompañaron o acompañen a sus menores más queridos (con la mejor intensión, pero habiendo desestimado recursos alternativos), en un camino médico hormonal y quirúrgico, si a la larga les hace daño. De un golpe insoportable que sentirán los adultos que, amorosos ⎯no lo dudo⎯, lo hayan facilitado, no solo por no haber contado ni con la información científica pertinente ni con recursos alternativos de atención psicológica oportuna (preventiva) y por otras circunstancias personales, sino por encontrarse inmersos en un medio que no solo lo favorecía, sino que empujaba a ello. (Eso es lo que será difícil de perdonar).

Ojala no fuera así, ojalá sea yo la equivocada o que sean muy pocos los casos en que así sea; pero, hay indicios de lo contrario. No debemos de olvidarlo: se trata de la intervención bioquímica y quirúrgica en cuerpos sanos de menores.

Lo que han enfrentado los adultos que han acompañado a sus menores más queridos en la medicalización de un malestar que se expresa en relación con la llamada “identidad de género” (un malestar que ciertamente no podrían ni imaginar quienes no hayan tenido un caso cerca), no es cualquier cosa. Y, aunque en ocasiones estos adultos puedan mostrarse agresivos, muy a la defensiva y “cómplices” del estado de cosas, también son víctimas. Sé que a ellos les puede ofender que lo diga y tal vez con razón. Una disculpa de antemano: tenemos que hablar, sería la manera de que, si es el caso, pudiera yo salir de mi error. Y mejor aún, de localizar, además de nuestro interés en el bienestar de los y las menores, nuestros puntos en común.

Entre tanto. De ahí, y no de una escritora ⎯en este caso Freixas⎯ que dice lo que piensa, preocupada por los y las menores, viene el golpe. De una realidad dolorosa que habrá que acoger si queremos reparar los lazos rotos. Lazos que no se podrán retejer sino con respeto y la mayor delicadeza; porque, no hay nada que pueda doler más que dañar irreversiblemente a nuestros hijos e hijas, a nuestros alumnos y alumnas, a nuestros menores más queridos. Y, la verdad es que, aunque en mayor o menor medida, todos lo hacemos: nadie es perfecto.

⎯Bueno, menos mal que lo reconoce.

⎯Pues ¡claro!

⎯Pero ¿no se supone que iba a hablar de El odio y los baños?

⎯Sí, pero creo que lo hará después de hablar de El odio y los deportes, ya en su libro. ¡Oye!, pero se me hace tarde. Me tengo que ir volando, adiós…

⎯Pero, seguimos mañana a la hora del café, ¿no?

⎯¡Encantada!, hasta mañana, majo.

Regreso al futuro 

Hablando de detransicionadores y detransicionadoras, tal vez, no dentro de mucho, los profesionales de la salud mental, ante el peso de una realidad tan dolorosa, ya no lo podamos aplazar más y nos volvamos a ver, como a principios del siglo en curso, firmando, nuevamente de manera masiva, “El manifiesto contra la patologización y medicalización de la infancia”. Exactamente el mismo, no haría falta cambiarle ni una coma. 

Bueno, en realidad fueron varios los manifiestos, proliferaron en su día, pero tenían el mismo derrotero. Todos se inscribieron dentro del  Movimiento internacional STOP DSMque se aglutinó en torno a la alarma por la tendencia a la patologización y consecuente medicalización de la infancia y la adolescencia. (El enlace conduce a un breve pero muy elocuente video). 

Uno de aquellos manifiestos se llamó Por un abordaje subjetivante del sufrimiento psíquico en niños y adolescentes, y de eso se trata. Porque lo contrario a la patologización no es la “afirmación. Lo contrario a la patologización es la subjetivación a través de la palabra auténtica e irreductiblemente singular. Subjetivación o humanización, si así se entiende mejor. 

Lo contrario a la patologización no es ninguna etiqueta diagnóstica ni de ningún otro tipo, por atractiva que parezca. “Ser trans”, por ejemplo, aunque para algunos, eventualmente, sea un recurso. Habría que hablarlo muy despacio y sin amenazas de cárcel de por medio. Pero, en cualquier caso, una cosa es contemplar un recurso y otra muy distinta, fomentarlo. 

Y si ninguna etiqueta que generalice puede ser lo contrario a la patologización, menos aún podría serlo la medicalización, que junto con la etiqueta, descarta la vía de la palabra singular, la vía de la escucha caso por caso, que no generaliza ni da nada por sentado, sino que permite el cuestionamiento, la libre elaboración. 

Por fortuna, aunque los hay, son muy pocos los casos en los que esto pudiera estar contraindicado. Un profesional sabe distinguirlos y proporcionarle la atención adecuada.

Creo que en estos momentos, los profesionales de la salud mental tenemos, como entonces, pero con mayor razón, motivos para volver a firmar el Manifiesto que mencioné arriba. Exactamente el mismo; aunque, para actualizarlo, podría articularse en él el registro de lo que se está haciendo con las palabras para vender lo mismo haciéndolo pasar por algo distinto: medicalización. (También por esto van a juicio las palabras).

Al parecer, a diferencia de lo que ocurrió a principios de siglo (2011), nos han tomado muy en cuenta a todos los firmantes de aquél Manifiesto Internacional. ¿Tal vez porque no fuimos pocos? O es que es mucho lo que se está invirtiendo en marketing de última generación, de lo más eficiente. Hay que reconocerlo.

Y, en algún sentido, irónicamente, nos podríamos sentir orgullosos, se nos ha tenido muy presentes; porque, aunque el producto sea el mismo, medicalización, para neutralizar nuestro mensaje, e incluso aprovecharlo resignificándolo, ahora la medicalización se vende: 

  1. en nombre de una supuesta “despatologización” en pro de los “derechos humanos” y los ideales de nuestra “izquierda”; 
  2. poniendo a su servicio la industria cultural, los mass media e incluso protocolos educativos de obligado cumplimiento que ajenos a la “coeducación” se ponen bajo su prestigioso rótulo; y
  3. poniéndonos enfrente una ley, la ley trans, que además de darle cobertura ideológica, calificaría de delito de odio volver a cumplir con la obligación ética con la que ya cumplimos en su día, firmando aquél Manifiesto contra la patologización y medicalización de la infancia. Y, ahora;
  4. amenazándonos con meternos a la cárcel.

Aun así, quizás llegue el momento en el que, como he dicho, no lo podamos aplazar más y tengamos que volver a sacar la pluma. Afortunadamente, la libertad de expresión, aunque no sin consecuencias, nos ampara. 

Insisto, el Manifiesto, más menos, será el mismo. La diferencia estará en nuestra firma: tal vez nos tiemble un poco el pulso a la hora de inscribirla. 

Además, no todos nos lo podremos permitir, se entiende. Las cosas están dispuestas de tal forma que, volver a firmar un manifiesto equivalente, hoy nos traería un desprestigio tan profundo como injusto. “¡Transfobia!”, se podría leer en el sambenito. Y por si eso fuera poco ⎯ya se dijo⎯ nos podría costar 150 000 euros de multa y cinco años de inhabilitación profesional. Ello en obediencia a la ley trans. 

Una ley, que, las concentraciones celebradas este 21 de junio en más de 20 puntos de Españareclamaron se declare inconstitucional. Entre otras cosas, justamente por atentar contra la libertad de expresión, contra la salud de los menores y los derechos de las mujeres basados en la realidad material de su sexo. 

De manera que, si, entre otros esfuerzos, las concentraciones consiguen su cometido, los profesionales de la salud mental podremos volver a firmar el manifiesto que firmamos en su día,  contra la patologización y medicalización de la infancia, sin que ello tenga que implicar tanto riesgo y valentía. 

Pienso que, más tarde o más temprano, se conseguirá. Y entonces, si no salimos a la calle, si no acudimos a sus plazas, por ejemplo el pasado 21 de junio en España, que no se nos olvide: tendremos que darle las gracias a las del taxi, al feminismo abolicionista. 

1 COMENTARIO

  1. p.d. mi texto se presta a cierta ambigüedad. A reserva de aportar más argumentos (ya han aportado muchos otros especialistas): no creo que bloquear la pubertad y someter a hormonación cruzada a los y las menores sea «un recurso».

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