La falsa feminista

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Autora: Marta Sorlí i Fresquet. Espai FIGA

Chimamanda Ngozi Adichie ha comprado dos bebés y ha explotado a una mujer y, con ella, la lista de personas famosas que recurren a la explotación reproductiva para adquirir una criatura se alarga un poquito más. ¿Cuál es la diferencia en este caso? Pues que Chimamanda Ngozi Adichie nos había hecho creer que era feminista, aunque los hechos demuestran lo contrario.

Después de estos hechos, podemos afirmar que Chimamanda Ngozi Adichie también ha sido una más que se ha aprendido el discurso feminista solo en aquello que implica cuestionar la superficie, pero que le ha bailado el agua al patriarcado por aquello que a ella le ha beneficiado. Y es cierto que todas vivimos con contradicciones, pero en palabras de Mimmunt Hamido Yahia, «el feminismo no trata de individualidades, sino de la mujer en su conjunto» y en este caso la individualidad ha estado por encima de la colectividad.

En este caso no hay matices, podemos ponerle nombres eufemísticos, lacitos, purpurina y fotos de criaturas sonrientes para hacernos pensar que la explotación reproductiva es algo aceptable desde el punto de vista de los derechos humanos. No obstante, el trasfondo y objetivo final del contrato de los vientres de alquiler es la esclavitud de mujeres y la compraventa de bebés y ambas cosas vulneran los derechos humanos. Porque el derecho de paternidad/maternidad no existe, se trata tan solo de un deseo cubierto con la vulneración de los derechos fundamentales de personas vulnerables.

Desde un punto de vista liberal (en lo económico) y, por tanto, desde ideologías de derechas y capitalistas donde todo puede ser objeto para la transacción económica, la explotación reproductiva de mujeres puede ser argumentable. Para personas que piensan como Trump o Musk, acostumbradas a tenerlo todo a base de talonario, puede ser aceptable encargar la creación de vida e hipotecar el cuerpo de una mujer para cubrir sus deseos. De la misma manera, puede ser aceptable violar mujeres a cambio de dinero o hacer trabajar a personas de sol a sol a cambio de un cuenco de arroz. Desde este punto de vista ideológico el poder y, por tanto, el dinero están por encima de cualquier otra cosa.

No obstante, desde ideologías de izquierdas que intentan poner límites al mercado para garantizar la vida y el bienestar humano colectivo por encima del enriquecimiento individual, estas prácticas son inaceptables. Los vientres de alquiler solo se pueden llevar a cabo con el control absoluto sobre el cuerpo de la mujer, suponen la esclavitud directa al someter a las mujeres a la voluntad clientelar veinticuatro horas al día, siete días a la semana un mínimo de nueve meses. Quien contrata puede decidir, incluso, la manera en que debe parir la madre de la criatura y, por supuesto, puede poner las cláusulas contractuales que estime oportunas para obtener el objetivo final: al menos una criatura sana.

¿En qué otro contexto que no sea el cuerpo de una mujer sería aceptable por parte de ideologías de izquierdas trabajar veinticuatro horas al día y que tu jefe pueda decidir incluso cómo te alimentas? Por muchas vueltas que le demos la respuesta es «en ningún otro caso». La generosidad para satisfacer los deseos de otras personas solo se nos exige a las mujeres. El chantaje emocional para asegurar que nadie quede sin cubrir su voluntad solo se nos pide a nosotras.

«El poder es la habilidad no solo de explicar la historia de otra persona, sino de hacerla la historia definitiva» y, en este caso, Chimamanda Ngozi Adichie, como tantas otras personas ricas, ha decidido ejercer su poder para reescribir la vida de una mujer y dos criaturas. Esta escritora que, sobre el papel, tenía tan claro que los hombres ejercen su poder para escribir la historia de las mujeres, también ha aprovechado esta oportunidad para poder contar una historia de amor maternal que se construye sobre la esclavitud, justamente, de otra mujer.

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