El viejo, padre (2.ª parte)

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Autor: Domingo Alberto Martínez

Recuerdo una mañana gris, llena de agua. La lluvia, por la tarde, había sido tan espesa que costaba respirar. Aquella noche no me dormí hasta la tantas, dando vueltas y más vueltas mientras el Ebro se hinchaba; durante el duermevela lo oía rugir como una fiera enjaulada, la lluvia repiqueteando en la techumbre. La aurora apagó la tormenta. Cuando desperté, arreciaba el vendaval. Mi abuelo ya no estaba y mi madre acababa de preparar la cesta con la comida. Acompañando a mi padre en aquella mañana plomiza, de cielo bajo y poca luz, me acerqué hasta el embarcadero. El río parecía una comadreja; brincaba y se revolvía, sucio de barro, royendo las orillas. Los laúdes temblaban, las amarras tensas como las riendas de un caballo que se debate para escapar. Los patrones fumaban en corro, preocupados. Ninguno apartaba la vista del agua.

—Así no se va a ninguna parte —oí decir a uno.

—Es una locura. Ni el diablo se metería en ese caldo.

—Pues va a seguir subiendo —apuntó un tercero—. Parece que por Zaragoza están cayendo chuzos de punta.

—Habrá inundaciones, seguro.

Mi padre no despegaba los labios. Me puso una mano en el hombro y seguimos adelante.

—¿Es que vais a salir? —le pregunté, levantando la vista.

Él se encogió de hombros.

—El patrón es tu abuelo, Clemén.

La mula del Espiadimonis coceaba, se negaba a comer el pienso que le ponía Montoro, el sobrino del tío Angulo. Los demás animales tampoco es que se mostrasen más relajados: cabeceaban, tirando del ronzal, se sacudían y lanzaban gañidos lastimeros. El bramido del Ebro, ensordecido por las paredes de las cuadras, se colaba de la mano del viento con ecos amenazantes. Montoro juraba en hebreo. Era un tipo tostado, petiso, con algo de fauno, las piernas cortas, como inacabadas o acabadas antes de tiempo, que iban a dar en unos pies rebotudos, sucios de barro. Caminaba inclinado hacia delante por culpa de la columna, torcida como una interrogación, con una joroba incipiente que le empujaba el cuello hacia un lado y le hacía mirar torcido. Su cabeza parecía el corcho mal metido de una botella. Montoro siempre olía a vino. Cada día hacía tres que no se afeitaba. Alrededor del iris amarillento flotaban filamentos sanguíneos. Cogió fiebres en Ceuta, en la cuenca del arroyo de Calamocarro, y desde entonces tomaba quinina. De su deshonroso y breve paso por Marruecos guardaba además la cojera de una bala perdida que le destrozó el menisco y un puñado de tatuajes desvaídos y zafios. Todos sabían que Montoro era un gandul, un holgazán incapaz de pilotar una cabra por una cuesta, y mi abuelo estuvo más de una vez a punto de tirarlo por la borda. Si no lo hizo, fue por la vieja amistad que le unía con el tío Angulo.

—Puto bicho —gruñó, refiriéndose a la mula—. Ni para el matarife sirve.

Sopló con fuerza, sonándose uno a uno los agujeros de la nariz.

—¿Salimos hoy, Martín?

Era la voz de Carballo. Me giré y lo vi sentado en una pila de sacos, liándose con parsimonia un cigarro. También el jorobado se volvió hacia mi padre.

—¡Joder, traga de una vez! —exclamó, soltando una ristra de improperios—. Malditas las ganas que tengo yo de romperme la crisma con este tiempo d-de mil pares de…

—Ni tú ni nadie, porrón, pero a ti a lo menos te amortigua la joroba…, te sirve de almohada. —Carballo, hijo de gallegos nómadas y sin fortuna, como todos los gallegos nómadas, parecía un chopo al borde del río. Aceptaba con un encogimiento de hombros lo que le salía al paso, fueran sequías o pedregadas, y bromeaba continuamente con el otro peón—. ¿Viste el río?

Mi padre se acercó a los sacos. El gallego le ofrecía tabaco.

—Vengo con el chico de echarle un vistazo. —Carballo se hurgó en los bolsillos y sacó un higo para mí. Siempre me gustó aquel tipo erguido y pulcro, con las uñas recortadas, las manos limpias, que solía andar con higos tiernos por los bolsillos—. No tiene buena pinta, la verdad es que no.

Los hombres callaron un momento y el chillido del cierzo se enseñoreó por la estancia. Era un ruido como de aserradero, que hacía rechinar los dientes y excitaba a los animales. Descorazonaba al más pintado, hay que reconocerlo.

—Pues más vale que nos encomendemos a todos los santos.

Los peones miraron de reojo hacia un rincón, los tres a un tiempo, como puestos previamente de acuerdo, hacia un bulto de buen tamaño cubierto con tela de saco en el que no me había fijado al entrar. Montoro guiñó aquellos ojuelos suyos un tanto estrábicos, llenos de malicia; no podía dejar de retorcerse las manos.

Me acerqué a mi padre con la boca llena de higo y le pregunté:

—¿Qué es eso?

Oí un gruñido a mi espalda, un bufido. No sé muy bien si fue la mula o Montoro.

—Es una estatua, Clemén. Un Santo Cristo. Lo han bajado por el Martín desde Híjar…

—Y ahora nos toca a nosotros llevarlo a Fayón, con el resto de la carga.

Otro gruñido. Esta vez sí que parecía un relincho.

—M-maldita la gracia que me hace a mí llevar…

—Tú no llevas nada, porrón, que lo carga el barco. Además, poco va a molestarte. Pasajeros como este son de los que no arman jaleo.

—¡Blasfemias, encima! —se escandalizó Montoro, santiguándose—. Así, así vamos bien.

Mi padre se levantó, con el cigarro en la boca sin encender y el chisquero en la mano. Me dio un empujoncito y dijo a los otros:

—Me vuelvo al muelle…, mi suegro andará por ahí.

Salimos. El viento seguía a lo suyo y nos costó desandar el camino. Mi abuelo, entre tanto, había llegado al embarcadero, como suponía mi padre. Aquel viejo esturión siempre me causó un hondo respeto. Lo admiraba por su coraje, aunque creo que nunca llegué a conocerlo del todo. Era un hombre de pocas palabras, se le habían contagiado las maneras del río. Escrutaba la superficie en silencio, inclinado hacia delante, las manos en la espalda y la pipa en la boca. Pensé en aquel momento, y lo pensaría más veces, que él miraba la crecida como quien se mira en un espejo. El Ebro y él, después de tantos años de encuentros y fatigas, se veían el uno al otro como compañeros, rivales veteranos de los que conocen las virtudes y los defectos mutuos, y se respetan hondamente. Cada vez que el patrón del Espiadimonis oía rebullir las aguas, se entregaba a su oficio con cada fibra de su cuerpo, como el árbol que, a pesar de la edad y del tiempo, continúa reverdeciendo cada primavera. Años después también yo sentiría esa euforia que te arrastra hasta el río, que mezcla el desafío con el miedo, ensoberbeciendo a los unos y volviendo a los otros más juiciosos de lo que eran, que transforma los arabescos de la superficie pintados por el sol y sombreados por la brisa en señales de alarma, que hace de las aguas el libro más maravilloso y absorbente escrito por los hombres en alabanza de los dioses antiguos, esos cuyos nombres y ritos se fueron perdiendo con el tiempo. Deslizarse a toda velocidad por el río cuando viene de crecida, camino de Mequinenza, y el laúd se vuelve elástico bajo los pies como un junco, o cuando los remeros se despellejan las manos a contracorriente, pequeñas olas cabrilleando pintadas por el sol, el viento te acaricia el rostro, te embolica la cabeza como una borrachera. Otras veces el timón se enfurece y se rebela, te golpea; los hoyuelos a ras de agua que se abren en abanico pueden ser pequeños arrecifes o bien un banco de arena donde lo más fácil es encallar y dejarse el barco. El viejo escuchaba lo que el río tenía que decirle. También yo, años después, lograría descifrar una parte de sus secretos, de los que el río siempre se mostró tan celoso.

Pasaron un par de minutos. El cielo jugaba con la luna y ocultaba el sol, sombrío de tormenta. El tío Marcial, mi abuelo, llamó a mi padre. Se le acercaron otros patrones, y las palabras fueron creciendo hasta convertirse en una discusión. Mi abuelo no decía nada. No he conocido a hombre más terco que él; si algo no le interesaba, se volvía sordo como una tapia, ya podías gritarle en la oreja hasta quedarte ronco. Ahora bien, si el asunto le convenía, oía bisbisear a las hormigas. Mi abuelo no despegaba los labios, pero parecía decir todo lo que tenía que decir en silencio.

Alguien perdió los nervios:

—¡Eres del mismo pellejo del diablo! ¡Te vas a matar tú y lo peor es que vas a dejar a tu hija s-sin…!

Tenía el rostro congestionado. Otro patrón le tiró un codazo, señalándome con un gesto la cara. Entonces volvieron a los secreteos, aunque de vez en cuando despuntaba alguna palabra suelta, un juramento entre dientes.

Aparecieron por el camino el espigado Carballo, tirando de un carro de mano, y Montoro, el jorobado, que continuaba peleándose con la mula. Parecían una especie de don Quijote y Sancho. Se les unió mi padre y entre los tres trajeron la carga e intentaron subir al animal. No fue tarea fácil: la corriente zarandeaba el laúd y la pasarela amenazaba con irse al agua. Tuvieron que empujar, gritar y golpear a la mula, que se mostraba rígida, negándose a dar un solo paso. Cuando mi madre y mi abuela vinieron, los peones ya habían roto a sudar. Ayudados por otros hombres de tierra, que aquel día no embarcarían, trajeron al Cristo. El viejo estaba al timón, no le gustaba perder el tiempo. En la ribera se había formado un grupo de curiosos, sorprendidos los más porque alguien fuera a partir con el mal tiempo.

Ocurrió algo en ese momento, un hecho que solo me explico conociendo a mi abuelo, sus valores puede que trasnochados, aquel puñado de creencias en las que había crecido, arraigadas en lo más hondo de su personalidad, y que mezclaban la habilidad con la fuerza bruta y la desconfianza en lo que no se podía tocar con los dedos; aunque lo que voy a contar solo lo justifica ante mí. A ojos de otros seguramente parezca un chiflado, como se lo pareció a gran parte del pueblo. Los peones acababan de tumbar la imagen entre el resto de la carga e iban a atarla, cuando oímos la voz del patrón por encima del río y el viento, un grito destemplado y áspero, de los que no admitían réplica:

—¡Martín, la cabeza! Lo primero, destápale la cabeza.

—Me cago en la madre que me parió —rezongó Montoro.

Mi padre y Carballo se miraron entre sí, pero no dijeron nada y desataron la lona que cubría la estatua, sacando la cabeza a la luz.

—Arriba con ella ahora.

Yo me esforzaba por ver algo, lo que no era fácil con medio pueblo delante. Oía, eso sí, los cuchicheos maliciosos, más o menos disimulados para que ni mi madre ni mi abuela los oyeran. En mí, en cambio, no reparaban; un niño pequeño es casi lo que un perro, y por eso me enteré de lo que decían, cómo se burlaban de aquel loco que debía creerse Colón, y al que si no mataba el río, lo que daban por seguro, lo iba a partir un rayo por jugar con cosas con las que no hay que jugar. Hubo quien se persignó. Recuerdo como si la tuviera delante la cara de Montoro, blanca como un cirio; parecía más desamparado que nunca. Al gallego la sonrisa se le había quedado un tanto deslucida, como agarrada con alfileres. Mi padre era el único que mantenía la serenidad, o al menos disimulaba mejor que los otros. Entre los tres consiguieron enderezar la talla, a pesar del balanceo de la embarcación; alguien soltó un grito cuando un bandazo del laúd estuvo a punto de tirar a los hombres y la estatua por la borda. La cabeza de madera era ahora visible para todos, incluso para mí. El escultor había sabido captar el instante de mayor sufrimiento, con los ojos apretados en un rictus descarnado de humanidad, como si le acabasen de clavar la lanza en el costado; la sangre le resbalaba por el cabello ensortijado, seguía por la frente y las sienes, por los pómulos afilados y los huecos de las mejillas, hasta dar con la barba, esa barba negrísima, como hecha de alambres. A alguien, una mujer joven, le dio un vahído y se la tuvieron que llevar a casa. Hubo otras que se arrodillaron para rezar, con las manos apretadas contra el pecho. Para que todos las vieran bien, claro. Mi madre y mi abuela, pálidas también, apartadas unos pasos, parecían dos Marías.

El viento, racheado y húmedo, se lanzaba ululando contra la gente, sacudía las embarcaciones. Los peones tenían serios problemas para mantener la estatua en pie. Fue entonces cuando el viejo soltó algo, aunque yo no llegué a entenderlo. Solo le vi la cara, el gesto sereno, incluso un tanto despectivo, diría yo, la boca articulando palabras que me rehuían. Tenía los ojos fijos en la imagen, pero a diferencia de las beatas y los meapilas, no hizo ni siquiera ademán de santiguarse.

—¡Abajo! —ordenó. Eso sí que lo oí—. Y mucho ojo con volver a taparlo.

Montoro siempre fue un ablandabrevas. Trabajar, lo que se dice treballar de valent, trabajaba lo justo e incluso menos, pero a la hora de hablar, entonces sí, se las daba de valentón; la sinhueso se le soltaba rápido, sobre todo con un par de vasos de por medio. Muchas cosas se contaron del asunto del Cristo, la mitad embustes que él repartía a manos llenas entre los parroquianos de la taberna. Pasadas algunas semanas también yo quise saber y le pregunté a mi padre, pero él le restó importancia. Tonterías, me contestó, revolviéndome el pelo. En el pueblo no hubo dos que se pusieran de acuerdo, y si para unos puso en pie al Cristo para injuriarlo y reírse de él en público (estos eran los que estaban convencidos de que el patrón del Espiadimonis olía a azufre), otros aseguran que lo que hizo fue preguntarle si tenia els collons ben posats para cabalgar el Ebro, sobre todo con la crecida, y luego añaden que se reía, aunque ya he dicho que pocas veces le vi reír, y menos aún sobre el barco. Mi abuelo no era de los que se tomaban su trabajo a broma. El tío Angulo, que no estaba aquel día en la orilla, también tenía su opinión, ¿quién no la tuvo en Albanalmar de la Ontina? Me dijo que lo que quería era enseñarle el río. Si se iban al fondo, el Cristo se iba con ellos. «¡Y qué mal lo debió ver, si tenía que nadar!», graznaba el muy tuno, carcajeándose. Yo estaba lejos y no me enteraba de algunas cosas. Lo cierto es que tanto los que hablan sin haberlo visto como los que lo vieron y no hablan, los que subieron al laúd aquel día y los que se quedaron en la orilla, estaban tan acobardados por el vendaval y la fuerza de las olas, los roznidos de la mula eran tan sobrecogedores y violentos, que dudo que nadie se enterase mucho mejor que yo. Bajaron la imagen y, con la cara descubierta, la amarraron y aseguraron la carga.

Soltaron amarras y se separaron del embarcadero. Alguien les deseó suerte tímidamente, puede que fuera mi abuela. El laúd se movía despacio, de eso me acuerdo bien, hasta que de repente, como si el Ebro quisiera reclamar lo que por derecho le pertenecía, se sacudió y se precipitó en medio de la corriente. Lo que ocurrió a partir de entonces lo sé por mi padre: «Hijo —me contó una tarde, paseando por la ribera—, no te deseo un viaje ni la mitad de complicado que aquél. Hala, si lo tienes, ojalá que sea alguien como tu abuelo el que lleve el timón». A partir de Caspe el río se encajona y divaga entre meandros. A los giros constantes había que añadir el viento, el vaivén de las aguas. La corriente era un aluvión de barro y suciedad, con grandes ramas arrancadas de cuajo. De cuando en cuando se oía el rascar de una piedra. El río mugía, navegar aquel día era como ir montado sobre un jabalí enrabietado. «Me encomendaba a todos los santos cuando las orillas se cerraban y pasábamos rozando las rocas. Y mientras tanto tu abuelo…, no sé qué tiene ese hombre en las venas. Sangre no, te lo digo yo. Porque yo tengo sangre y hubiera saltado por la borda antes que seguir otro minuto». En la sama estaba Montoro. Junto a la carga, la mula, que no dejaba de patear. El bam-bam de las tablas los ponía a todos nerviosos, más de lo que estaban. El gallego y mi padre tragaban agua a cada rato, empapados de arriba abajo y luchando con los remos, que se curvaban y amenazaban con astillarse. «No nos fuimos a pique de milagro, pero no sé si fue el Cristo o no quien nos echó una mano». Él lo veía desde el banco, con «la cabeza desgreñada, coronada de espinas, el gesto de un agonizante en medio de la tormenta. Si te digo la verdad, me daba escalofríos e intentaba no mirar hacia ahí, aunque no creo que yo llevara mejor cara. Carballo tampoco, hazme caso». Hubo un momento en el que pensó que se irían a todos los diablos y tanto el gallego como él empezaron con los rezos, a pesar de que no eran muy practicantes. A la altura de Mequinenza sintieron el crujir de una madera; les había agarrado un remolino, del que salieron dando un brinco que casi puso el Espiadimonis boca abajo. La corriente era muy fuerte y los empujaba hacia un roquedal. «“¡Deja el remo, Martín!”, me gritó tu abuelo. Yo me volví hacia él, pero él no me miraba. Estaba atento al río. Tenía los ojos fijos, muy grandes, daba la impresión de que no estuviera en sus cabales. Pero tampoco iba a ponerme a discutir en ese momento. Él era el patrón y a mí me tocaba bregar. En el barco, oír, ver y callar, ya lo sabes». Al gallego y a Montoro les dijo que se dejasen el alma si era necesario. «Solo fueron unos minutos, igual ni eso, pero mira, Clemén, no he pasado otro rato como ese. Mientras viva difícilmente olvidaré a Carballo y a Montoro a los remos, el agua rompiendo, esplás, esplás, la espuma saltando por encima del casco, ¡por todas partes! Las rocas estaban más cerca que tú y yo ahora mismo». Mi abuelo pretendía cortar la corriente al sesgo para sortear el escollo. Aquella maniobra era la más complicada de hacer y, seguramente, la única que podía sacarles con vida y navegando. Se oyó un ruido y Montoro cayó de espaldas en la cubierta de la sama. Le había saltado el escálamo. Fue todo uno, el crac y que el Espiadimonis se lanzara hacia el roquedal como un halcón en picado. «“Ya está”, recuerdo que pensé. Me quedé sin sangre. Alguien gritó, no sé si Carballo o la mula. Hasta puede que fuera yo, vete tú a saber. La madre que lo parió…, con perdón. Ese viejo diablo, que ya puedes decir que, cuando navega, se deja en casa el corazón y las tripas, ese patrón como no he visto otro, hijo mío, que es más listo que un gato y más hábil que… que… yo qué sé. Hizo así, dio un golpe de timón a la derecha, inclinándose sobre la caña con medio cuerpo fuera. A sus años, ¿eh? Oímos crujir las junturas del laúd. Y si no saltó ninguna, yo no sé por qué fue, si por suerte o por qué. Fue tu abuelo. Él solo, Clemén. Lo que nos tocaba a nosotros puede hacerlo cualquiera del pueblo. Pero él, no me preguntes de dónde sacó la fuerza. Enderezó la embarcación y pasamos como un relámpago a dos dedos contados del escollo, a punto de hacernos astillas». Y sonriendo, pero con el gesto nervioso por lo que acababa de contar, puso fin a la historia con un guiño: «Porque de laúdes y el Ebro, hijo mío, ni Cristo, que aquel día venía con nosotros, sabe más que tu abuelo».

(continúa mañana)

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