Autor: Domingo Alberto Martínez
Amarran el Espiadimonis. Mientras el tío Marcial da las últimas órdenes para descargar los cacharros de Tortosa, mi padre baja a tierra de un salto. Abraza a mi abuela y besa con fuerza a mi madre, que se deja hacer. Yo no tengo tiempo ni para pestañear, me coge y me lanza como si fuera de paja. Me estruja contra su pecho, aunque yo me resista, y siento el pinchazo húmedo de la barba en los labios, las mejillas, los ojos. Los besos de mi padre, también los de mi abuelo, aunque estos más contenidos y escasos, tenían algo en común: sabían a río.
Mi padre no era hombre de agua. Venía de un pueblo cordobés de sequío y respondía por Martín Ortega. Tampoco mi madre sabía mucho más de él; que tocaba la guitarra improvisando canciones y llegó una tarde, no se sabe si de Madrid o de dónde. Llamó a la puerta. Apareció agotado, hambriento, y en su tos gangosa se dejaba entrever la neumonía. Lo curó mi madre con infusiones de verbasco, drosera, fárfara, qué sé yo, con cariño y las hierbas que buscaba mi abuelo. En el fuego, mi abuela calentaba caldos espesos de pescado, cebolla y carne. Mi madre era poco más que una muchacha, y aquel desconocido, aquella voz agitanada que a la tarde tarareaba canciones andalusíes, se le enganchó en lo más hondo del alma. Mi padre no era hombre de río, no, era maestro de Córdoba con su punta de poeta; pero tenía coraje y, aunque reacio al principio, el viejo Marcial nunca pudo jactarse de sudar una gota más que él.
Al rumor de la guitarra que acompaña el canto del agua, al calor de la infancia, vuelvo a sentir los largos crepúsculos en compañía de mi padre. Yo era pequeño, hace mucho de eso, pero recuerdo bien el repiqueteo acompasado de los cacharros. De los hogares salía un humo soñoliento, por las callejuelas flotaba el aroma de las cenas. Dejábamos atrás las casas apretujadas, las angostas callejuelas. Las golondrinas chillaban sobre nosotros, trazando círculos con los picos abiertos. Al descender nos cruzábamos con algún rebaño de ovejas, los cabritos retozones; con el ruido de las esquilas y el lamento metálico de una noria, nos llegaba también el chismorreo de las lavanderas, que subían del río cansadas, coloradas y risueñas, con los fardos de ropa húmeda y las faldas remangadas por las pantorrillas.
Y siempre, siempre, aquel rumor de las aguas. El muelle era un lío de toneles de vino, cajones de paño, montones de fardos y sacos; más allá, un puñado de botes de pesca, espinazos de madera podrida y embarcaciones para calafatear cuando el responsable lo tuviese a bien, los laudes que había que alquitranar. Los tripulantes, de talla maciza, morenos, casi siempre con un voto en la punta de la lengua, circulaban en grupos, fumando como chimeneas; bromeaban sobre peces y mujeres, soltando toda clase de patrañas. ¡Por la sombra de Satanás!, maldecía alguien. Los recién llegados solían ser bien recibidos, mejor todavía si traían dinero. En la taberna beberían a la salud de Dios y el diablo, cantarían y se jugarían hasta los piojos, si antes no acababan a puñetazos.
Sentados en un sotillo a la vera del Ebro, a la sombra de dos o tres álamos, mi padre y yo nos asomábamos a la superficie del agua, veíamos el brillo efímero de un pez, o seguíamos con la vista las aves que nos sobrevolaban. No necesitábamos mucho. Las hojas producían un frufrú manso. Los chopos, balanceándose, parecían monjes encapuchados del monasterio de Rueda, ahí enfrente; oraban con el susurro de sus hojas color turquesa y plata, por las que asomaba de tanto en tanto un ruiseñor, que nos deleitaba con su canto. El sauce se inclinaba, las ramas desmayadas, más para acariciar que para proteger, y cubría al sotillo con una sombra vaporosa. Frente a nosotros, a no más de dos o tres pasos, la tierra se desplomaba en el río. Entre los carrizos, los mirlos acuáticos saltaban de un lado para el otro, y en ocasiones hasta podía verse al águila pescadora remontarse con un pez entre las garras. Indiferentes a los otros animales e incluso a los hombres, las garzas blancas paseaban arriba y abajo de la corriente. Piaban y se pavoneaban indiferentes, como si el mundo fuera suyo y el resto, solo invitados.
Sentado en la hierba con la espalda apoyada en un tronco, me dejo acunar por la modorra. Un chiquillo está en el agua. El Bru habrá de ser, el hijo del barquero, que agarra cangrejos con más maña que una cigüeña. Ramoner, su hermano, hace volar una cometa. El hilo traza arabescos en el aire. La cometa unas veces se encabrita, otras se mantiene tirante. Un milano leonado traza círculos a su alrededor, inclina un ala, luego la otra y, en el precioso momento en que parece a punto de lanzarse hacia una presa, vuelve a ascender sin apenas moverse. El Ebro sigue su curso, mientras desde el campanario que asoma entre las aguas oigo el toque del ángelus.
El horizonte se enciende, es una paleta de rojo dorado y lapislázuli. Cientos de nubecillas prenden sobre los montes, un velo azafranado cubre los objetos y los ilumina, los tornasola. Las oropéndolas revolotean excitadas, el cuquillo se despide del día y los carpinteros reales vuelan a recogerse en sus hendiduras. La bandada de patos que levanta el vuelo arde de repente como unos pañuelos que aleteasen, diciendo adiós, hasta mañana, alejándose por el cielo. Un tronco de contornos violáceos se deja llevar con mansedumbre hacia la negra noche.
Mi padre liaba un cigarrillo. Me señalaba la otra orilla, la caseta del barquero y su familia teñida de rosa; más allá, la bancada de la noria, la que daba nombre al monasterio. A veces recogía alguna hoja seca y, muy serio, fingía leer viejos romances gitanos, esos calós andaluces con hambre de años, con hambre en la sangre, guindando gaínas, o el del conde Arnaldos, que siempre fue mi favorito. Una brisa perfumada subía del río, acariciando la piel y agitando las hierbas, que también se inclinaban, intentando acercarse hacia nosotros, como para oír bien. Mi padre me contaba historias de pueblos que yo no conocía, leyendas de beduinos, caravanas que navegaban por los mares de arena. En ocasiones cogía la guitarra y se hacía acompañar por el murmullo de la brisa. Tenía un no sé qué en la voz que las palabras le salían como pétalos de flores, con el perfume de la canela, el jazmín y el sándalo.
Cierro los ojos y oigo el bordoneo. Los dedos, juntando los versos, improvisan las primeras estrofas de un romance que mezcla la nobleza de la jota aragonesa con la tragedia del cante jondo. Todo se funde en la paz y la penumbra; ya se despiden los grillos hasta la próxima, ya, deslizándose por el río, se encienden las luciérnagas, los cucos de luz. Envuelto en una ligera bruma azulada, se adivinan los contornos del monasterio. Las sombras se descuelgan de la torre, la fachada poco a poco se va perdiendo en la noche. Todavía consigo rescatar el huerto del olvido, tras él el monte blanco, los arbustos con las flores de la santolina, un poco más allá los espinos negros, la retama fina y basta. Aún más allá, en esa lontananza añil y fría que se pierde a lo lejos, logro imaginar la ermita, tan humilde y chica, de Nuestra Señora de las Corrientes. Oigo el correr burbujeante de las aguas. Ligeros como barquitos de papel, los recuerdos se alejan flotando hacia la mar, que los recoge y envuelve como una madre en sus brazos.
La campana del pueblo desgrana las horas. Es en ese momento cuando abro los ojos y miro. No hay nadie.
Llegaron con la avenida del 37. Ha pasado mucho tiempo, todos han muerto ya, pero yo lo recuerdo como si fuera ahora mismo, como si volviera a tener seis años y no estuviera solo. Era octubre de lluvia y el Ebro venía con fuerza. Las aguas tomaron posesión de los campos de Gallur y Tauste, varios pueblos quedaron incomunicados. Estábamos reunidos al calor del hogar después de la cena. Nadie decía nada. Mi abuelo miraba al fuego con el entrecejo fruncido, la cabeza apoyada en una mano y la pipa en la otra. Mi padre tenía la guitarra en el regazo, pero no se decidía. Acariciaba las cuerdas como si fueran el lomo de un gato, y el instrumento le devolvía un runruneo mimoso. Las mujeres, mudas también, estaban a sus cosas. A ratos se colaba una polilla atraída por la luz, que, con un chisporroteo, caía abrasada. El fantasma del silencio se enseñoreó aquella noche de las calles y las casas del pueblo.
Llegaron con la avenida del 37, sin que nadie los esperase, como siete años antes, con otra riada, había venido mi padre. Sin saber de dónde: de la oscuridad, más allá. Y lejos. Oímos llamar con fuerza a la puerta, muy fuerte. No podía ser un vecino; o si lo era, se trataba de una calamidad. Más fuerte todavía, como si intentaran echar la puerta abajo. Cuando los hombres se levantaban, la puerta cedió por la bisagra. El viento entró de rondón y apagó las luces, y con el viento se colaron ellos. No tardaron nada, sabían a lo que venían. Cogieron a mi padre de los brazos y lo arrastraron fuera. Mi abuelo, que fue a interponerse, de un culatazo acabó en el suelo. Mi madre intentó seguirlos, salir fuera de casa, pero un guardiacivil que se había quedado de retén la devolvió de malas maneras dentro. En el mismo sitio, sin moverme, estaba yo. Lloraba, quizá porque habían pisoteado la guitarra. Y era pequeño.
Fue un mal trago. En la oscuridad del interior de la casa, sin otra luz que la del fuego, mi abuelo es un bulto inmóvil. Mi abuela se traga el llanto y le limpia la sangre que le sale del ojo; lo sacude temerosa, suavemente, intentando que despierte. En mitad en la puerta está el guardiacivil con las piernas abiertas, los brazos cruzados; parece un espantapájaros siniestro, o acaso un aparecido. Frente a él se encuentra mi madre, desgreñada, de rodillas, con las manos en el pecho como una tortolilla, rogando asustada qué sé yo si por Dios o la Virgen, que la deje pasar, ay, por la madre de Nuestro Señor y la suya, escúchame, mi niño, que también tú tendrás una madre, aunque vayas de uniforme. ¿O es que ya no te quedan entrañas? Se muerde los labios amoratados, muy pálida, y mezcla con los ruegos avemarías que se consumen a medias en sus labios, como las polillas. Mira al guardiacivil, tras él el campo abierto, sin luces ni gente. Adivina el río crecido ahí abajo, hacia donde se han llevado a mi padre.
Se oyó un disparo. Mi madre gritó, ¡ay!, y perdió el sentido. Yo quería acercarme, pero no me atrevía. Con el guardiacivil, se fueron los pasos. Los ecos, los engulló la noche. Y de nuevo el silencio, tan afilado y frío. El silencio.
(termina mañana)








