Autor: Domingo Alberto Martínez
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La avenida de febrero del 78 fue la mayor en casi veinte años. Hubo inundaciones en todos los pueblos de la ribera. Entre las víctimas cabe contar a Clemente Ortega Asenjo, vecino de Escatrón, de 47 años. Según fuentes de la Guardia Civil, el señor Ortega se había dedicado en su juventud a la navegación comercial por el Ebro, hasta que la construcción de los sucesivos embalses la hizo imposible. Fue luego barquero. En los últimos años, como consecuencia de los primeros síntomas de la enfermedad de Alzheimer, elaboraba artesanalmente cestos y capazos de mimbre, sentado en la ribera.
Por la tarde, el señor Ortega aprovecha para acercarse con su ratonera a un remanso del Ebro. Se sienta sobre una piedra, un tocón o extiende un pañuelo sobre la hierba, y a la fresca de los árboles se prepara una pipa. A veces la brisa se levanta, se cuela entre las ramas, susurra entre las hojas como si fuera a contar una historia. Entonces el señor Ortega recuerda a las tres viejas enlutadas que, siendo él niño, bajaban a la sombra de los sauces, esos sauces con las raíces larguísimas, entrelazadas, con sus ramas desplegadas sobre el campo y el río en un gesto de quienes fueron hombres y se cansaron de serlo. Allí tejían y destejían, contaban y cortaban sus cuentos, hablillas y vidas con voces deshilachadas. A su vera está la perrita, que juega con los saltamontes, asusta a las ranas, que saltan, ¡plic!, ¡plic!, ¡plic!, a su reducto acuático, o persigue a las mariposas; pero ya tiene once años, enseguida se tumba y dormita, de vez en cuando menea una oreja para apartar a un insecto, sin abrir ni siquiera los ojos. Excepto la perra, el hombre no tiene a nadie. Las horas discurren plácidas al compás de la corriente. El señor Ortega contempla el camino de las olas, las cañas de la ribera, que se arraciman como pollas de agua. El Ebro avanza sin descanso. La superficie verdilisa, el relampagueo de algún barbo, que salta y vuelve a sumergirse, dejando tras de sí una estela de chispas. Al otro lado del río, faldeando una loma, un rebaño de casas abandonadas asoman curiosas entre las aguas, abrazándose alrededor de la iglesia, cuya torre está hundida. La tarde languidece en el horizonte, apenas quedan algunas franjas desvaídas, unas nubes purpúreas, que poco a poco cubren el cielo como ceniza sobre las brasas.
Hace rato que los anzuelos se balancean al compás de la corriente. Aparta los mimbres, los aperos de trabajo, y se abandona a la paz y el reposo. Es ese momento en el campo en el que todo parece aquietarse, sumirse en un primer sueño tranquilo. Cerca de los ramajes umbríos, las cigarras del color de las hierbas pajizas discuten como lavanderas o jugadores de dominó en el bar de la plaza; en los zarzales, la ranita de san Antón deja oír su croar lastimero; alguna avecilla, puede que un mirlo acuático, se despide con su canto al sobrevolar las aguas; las rítmicas llamadas de los grillos y el zumbido de los caballitos del diablo son los únicos sonidos que dan contrapunto al adagio para cuerda de la naturaleza. El crepúsculo todavía no se ha extinguido y la noche es tibia como la caricia de una madre.
El señor Ortega levanta las cañas y revisa los anzuelos, el brillo metálico reverbera con un tono encendido, rojo sangre. El Ebro, padre prolífico y poderoso, ha marcado durante siglos la vida de sus habitantes, animales y hombres.
2
También la vida de mi pueblo, como la de tantas otras poblaciones de la ribera, giraba en torno al río, al transporte de mercancías entre los embarcaderos que jalonaban las orillas, en torno a las avenidas y las sequías, a los bellos laúdes que, con la gracilidad de una libélula, parecían deslizarse por la superficie, interpretando la partitura de las aguas. Cierta nerviosa efervescencia recorría las venas de los lugareños cuando las barcazas estaban amarradas, mientras se cargaba o descargaba y los tripulantes se preparaban para partir. Los patrones discutían en voz alta sobre las corrientes, fumaban dándose importancia a la vista de todos; se sabían respetados y, de pequeños, todos soñábamos con la vida en las aguas, que suponíamos llena de azares, con los lugares de los que sólo conocíamos el nombre (Miravet, Benifallet, Amposta) y que nunca veríamos de no llegar a convertirnos en navegantes. Cuando las embarcaciones desaparecían una tras otra por el Ebro, bien retando a las aguas, río arriba, bien siguiendo su curso, el embarcadero se quedaba vacío, luego las calles, la plaza. Cada uno volvía a sus quehaceres cotidianos con la incertidumbre y la desgana de quien espera noticias.
Chupo con fuerza la pipa y aún soy capaz de ver, a través del humo, las callejuelas solitarias del Albanalmar de aquel tiempo: bajo el sol abrasivo de la sobremesa, un perro busca cobijo a la sombra; a la fresca de la puerta entreabierta, sentado en la banqueta gastada de todos los días, el tío Angulo trenza los mimbres, rodeado de cestas a medio hacer y trozos de caña. También él montó el Ebro en sus riadas y tiró de la sirga; ahora confecciona con dedos hábiles capazos y cestos, y de tanto en tanto canturrea alguna de esas viejas tonadillas saladas:
Los tontos de Monzalbarba
y los valientes de Utebo
fueron a pescar un barbo
y pescaron un madero.
Varios fardos cubiertos de arpillera en el muelle, tres o cuatro mochuelos que han salido corriendo de casa, y sus gritos de algarabía, tras perderse por la calle de las Escuelas hacia el cruce de las Cuatro Esquinas, son pronto tragados por el silencio y el timbrar de las chicharras. Es la hora de la siesta: no se oye el martillo del tonelero ni tampoco al carretero, no hay ningún ruido en el taller del herrero. La gente se acoge a la fresca de los zaguanes. Mientras tanto el Ebro, el viejo y soberbio Ebro, avanza rizándose, centelleando a la luz del sol.
Rompiendo el espejo de agua dulce y silencio, el remanso de siesta por el que se desliza la sobremesa, se oye de repente un silbido; porque lo que primero era una sombra, ha ido creciendo hasta convertirse en una silueta bien definida que, a paso de arrastre si viene de Fayón o Mequinenza, o más rápidamente si baja de Fuentes o El Burgo, remonta el horizonte y al cabo, tras sortear azudes y norias, molinos harineros y aceiteros o almazaras, salvando con más o menos destreza los remolinos y las mil y una añagazas a las que lo somete el río, aquella silueta, ante las llamadas del improvisado vigía y los pájaros sobresaltados que levantan el vuelo y cruzan las aguas, es ahora un laúd. Todo cambia en unos segundos. Ya los gritos enmudecen el canto de las chicharras y los perros corren en círculos, sorteando entre ladridos y escorzos una catarata de piernas. Ya el tío Angulo se calla, levanta un momento los ojos del cesto y, aguzando la vista, observa el embarcadero. Ya se escucha el traqueteo furioso de los carros y de cada casa brota un cauce ruidoso de gente. El pueblo revive, se precipita en torrente: un enjambre de hombres y niños, un hormiguero de comerciantes (uno que discute a voces sobre el valor de un cargamento, otro que cierra el precio de un transporte de bidones de miel), mujeres que se acicalan a la carrera dando puntapiés a las gallinas, los viejos curiosos, un runrún de crecida afluye hasta el río. También a mí, casi arrastrado por mi abuela, me engulle la corriente antes de que pueda decir nada. La embarcación se acerca hacia el gentío, que la observa maniobrar como si se tratara de un portento de la naturaleza, como si de pronto hubiera asomado entre las aguas el legendario barbo de Utebo, del que se dice que dormía en la poza de San Lázaro, junto al zaragozano puente de Piedra, ese monstruo perverso que devastaba las vegas solo con agitar su cola descomunal. Conservo indeleble la imagen del laúd apuntado, las traviesas de pino brillantes de humedad. Afanándose en cubierta, el patrón y los peones manejan el timón y los remos; hombres que parecen figuras talladas, los rostros crispados, las camisas remangadas, uno con el torso desnudo, que se hincha y se deshincha como un fuelle, todos tostados por el sol. Mi madre se agacha para susurrarme con alegría:
—Mira, Clemén. Es el Espiadimonis…
Sobre el laúd están mi padre y mi abuelo. Este, conocido en el pueblo por el tío Marcial, tenía aspecto de tocón, bajo de talla pero recio, ancho de hombros. Llevaba siempre el pelo un poco largo, negro y descuidado, peinado a raya con las manos, tapándole las orejas y la frente, se lo tenía que apartar a cada rato de un manotazo para ver bien. Los ojos eran agudos, inquietos; emboscados bajo las cejas, me hacían pensar en las anguilas que se deslizan entre las algas y el cieno. Del mostacho frondoso que casi le cubría la boca salía una pipa de caña, generalmente apagada; de tanto en tanto se la quitaba para acariciarse el mentón, dándole vueltas a algún problema que tuviera que ver con el río. Lo único importante para él era lo que tenía que ver con el río. Sus besos eran más ásperos que habituales, picaban como un papirotazo, aunque peor era cuando se enfadaba —«Vine cap aquí, marrà, malcriat!»— y empezaba a lanzar piropos con la pipa rebotando en la comisura, entonces sí, encendida, soltando humo como una locomotora. Mi abuelo era pequeño, ya lo he dicho, peludo como una nutria; más que con piel, parecía cubierto con corteza de roble. Tendría yo cuatro o cinco años cuando se hizo un corte en el pie con la hoz grande, tan profundo que debía llegarle al hueso, o poco le faltaba. Apretó los dientes para no gritar, un gesto que luego le vería hacer más veces, pero no se quejó ni durante el camino a casa, que hizo cojeando y dejando un rastro de sangre, ni después, en la cura, cuando le desinfectaron la herida con sal y vinagre. A pesar de ir arrastrando el pie, no faltó ni un solo día al trabajo. Mi abuelo Marcial venía de una familia de navegantes, los Asenjo, y se había criado a caballo de laúdes y puntonas con las gentes del oficio. De mozo todavía no usaban animales para remolcar río arriba las embarcaciones, y los hombres sudaban sangre en la orilla, siguiendo los caminos de sirga por los que tantos habían tirado como forzados; las arrugas de sus manos formaban una intrincada maraña con las viejas cicatrices de pesca, quemadas por el sol y el roce de las cuerdas hasta volverse casi blancas. Había que ver a mi abuelo cuando tronaba y gritaba a los cuatro vientos en catalán (solo utilizaba la lengua de su madre para insultar o blasfemar, y para contar las pesetas) tachándonos de «curt de gambals sense pilotes!, gamarussos malparits amb cervell de gripau!». Entonces el pelo de la nuca se le encrespaba como las púas de un erizo.
(continúa mañana)








