Por M. Engracia Martín Valdunciel (Abolicionistas Aragón)
Este certero dicho puede aplicarse al gobierno, en general, y a las ministras de “igualdad”, en particular, porque, muy a menudo, intentan que la doblez se filtre en la sociedad. Ocurre en muchos ámbitos, por ejemplo, con la Ley de Memoria Democrática: existe un texto legal desde el año 2022, sí, pero, de facto, se evidencia poca voluntad política para hacerlo realidad: por ejemplo, obligar a retirar emblemas, nombres de calles, etc., que hacen apología de la dictadura; sancionar actos que defienden el fascismo; dedicar medios para disponer de archivos dignos y en condiciones adecuadas para hacer realidad la búsqueda de la verdad; ilegalizar fundaciones, como la Francisco Franco, que vindican la figura del dictador; aplicar la justicia internacional en nuestro país, etc. Del mismo modo, se celebra este año “España en libertad, 50 años”, pero en 50 años no ha habido tiempo para dignificar la muerte de miles de desaparecidos y asesinados por la brutal represión franquista, que siguen en cunetas y fosas comunes…
Lo propio sucede con la agenda feminista; es sabido que intentaron colar una “ley abolicionista” de la prostitución que, en realidad, no podría tildarse de abolicionista: pretendían recuperar la posibilidad de castigar figuras del proxenetismo, que el mismo psoe despenalizó en 1995. Pero ni siquiera han sido capaces de desfacer el entuerto que significó un salto cualitativo para el incremento de la “industria del sexo” desde finales del siglo pasado en España… Así hasta llegar a ser, a día de hoy, un país puntero…en puteros y proxenetas. También difunden por tierra mar y aire el logro de haber eliminado la famosa q y el signo más de la sopa de letres… pero las leyes trans sigue ahí, intocables. Podríamos seguir con el sistema educativo en que la formación en igualdad entre chicos y chicas se ha visto suplantada por las diversidades generando confusión sobre la realidad biológica de las personas, enmascarando el machismo, etc.,…sin que parezca preocuparle mucho el tema a sus responsables. En la misma sintonía de impostura contamos con textos oficiales que utilizan el término género con una doblez imposible debido, por una parte, a que tienen obligación de cumplir con tratados internacionales —como el de Estambul—y, al mismo tiempo, cumplir con los sofismas de la legislación trans. Así, por un lado, género puede comparecer como una construcción cultural del patriarcado —un corsé machista que permite jerarquizar en razón de sexo, que silencia y somete a las mujeres—y, por otro, y al mismo tiempo, ese ministerio, tan inclusivo, asume que género puede ser una “identidad sentida”. La cuadratura del círculo… Contamos con leyes de igualdad sí, pero con las “leyes trans” aquellas corren el peligro de verse neutralizadas…
El descaro es también evidente en el nuevo Pacto de Estado contra la violencia de género. Violencia es un término que tiene que ver con agresividad, crueldad, coacción, sometimiento, etc., etc. Todo eso es la pornografía y la prostitución. Pues bien, el nuevo Pacto no contempla ni la pornografía ni el sistema prostitucional como verdaderas pedagogías de la crueldad que son; escuelas de desigualdad que han sido analizadas como fuentes de misoginia y causa de agresiones desde diferentes ámbitos —antropológicos, sociales, educativos, psicológicos, médicos, jurídicos—. Suponen violencia real (que la pornografía no es “ficción”) y violencia simbólica por cuanto ambas formas de explotación sexual de mujeres y niñas (principalmente) mandan un mensaje terrible a la sociedad sobre lo que son o pueden ser, no lo olvidemos, todas las mujeres: objetos al servicio de los hombres. Contamos con gobiernos y ministerios que, de nuevo, juegan a la doble verdad: dicen luchar contra la violencia contra las mujeres, pero, al mismo tiempo, son incapaces —o, directamente, no quieren— ir a las raíces del cáncer social que es el machismo. El aumento de las cifras de asesinatos y de agresiones sexuales de diferente tenor hablan por sí solas.
No obstante, a pesar del ninguneo, este 8 M ha habido abundantes manifestaciones feministas en nuestro país; también otras que, supuestamente, atienden los derechos de las mujeres en un popurrí de mensajes, contradictorios a menudo: se dicen feministas pero no cuestionan, por ejemplo, la abolición de la esclavitud sexual de las mujeres o “la identidad de género”. La señora Redondo, que aspira al imposible de estar en misa y repicando, declaró que asistiría a ambas…Los grandes medios simplifican: para ellos todo es feminismo —aunque, en realidad, se hacen eco del “feminismo inclusivo”—… generando confusión, funcionando cual tinta de calamar. Así, sólo desde el descaro, se pueden difundir declaraciones tan estólidas de la ministra Redondo: «Hay muchas cosas más que nos unen que nos separan»… ¿Qué puede unir dos posturas contradictorias? Que nos explique la señora ministra qué liga al feminismo con quienes reclaman cosas —como blanquear la prostitución, la pornografía, los vientres de alquiler o la “identidad de género”— que, justamente, suponen torpedos a la línea de flotación de los derechos de más de la mitad de la sociedad. Pero les debe parecer que queda muy inclusivo lo imposible, sorber y soplar al mismo tiempo.
Toda esa propaganda tiene que ver con cómo se ejerce la censura y el control en las sociedades actuales. En las comunidades pre-modernas y pre-cibernéticas la cuestión consistía en esquilmar herramientas de análisis y pensamiento a la sociedad. Recordemos que pocos (en masculino) sabían leer: a las mujeres les estuvo vedado el logos desde el principio de los tiempos. Lo propio ocurría con los esclavos. Por consiguiente, leer podían hacerlo pocos; pero, además, se sancionaba, se torturaba, se mataba si se disentía del saber dominante. Por diferentes motivos y estatus, Miguel Servet u Olimpia de Gouges pagaron la discrepancia con su vida. Ya desde la modernidad, a medida que se fue extendiendo la ortopedia educativa, los sistemas de censura se han ido modificando. De hecho, el filtrado de la información ha funcionado de forma harto eficaz con la desaparición de las mujeres del relato histórico. Desde el XX, en las sociedades occidentales la población se ha ido incorporando a los procesos de alfabetización. Cosa diferente es suponer que la gente disfrute de lectura comprensiva y, probablemente, sospechar que pueda leer entre lineas, indagar en subtextos o ejercer la crítica, sería ir demasiado lejos. Y no por casualidad: una cosa es instruir a los sujetos para que produzcan y otra, muy diferente, educar ciudadanos con autonomía ética, intelectual, política. Cierto que los sistema educativos tienen potencialidad para reprimir y liberar, como analizara tan brillantemente Carlos Lerena, pero en nuestras sociedades actuales muchos indicios apuntan a que la balanza se inclina por la pedagogía de la sandez y la estolidez emocional. No es azar, cuanto más se limita el pensamiento es más improbable que se cuestione la desigualdad o la falta de justicia social. Antes se dejaba a buena parte de la sociedad a oscuras; ahora, justamente, nos ciegan con toneladas de bits de información inconsistente, innecesaria, inane, dificultando la comprensión y las razones del porqué de las cosas ; prueban a desorientarnos de diferentes formas, entre otras, a través de las pantallitas, entretenidos y pasmados con la comunicación permanente.
Existe libertad de expresión, sí, pero también se filtra la información, aunque hoy no se puede censurar como ayer: se recurre a la neutralización, a la confusión, al doble pensamiento, como denunciaba Pilar Aguilar. Así parece ocurrir con el día en que las mujeres reclaman derechos que se sustituye por el marketing “del día de”, promocionado como si se tratase de una moda más… El sistema ensaya trivializar tanto la protesta que deviene, a menudo, en una fiesta baladí. Alguien podría argüir que mejor disponer de un día (o una semana) que nada, pero no estamos seguras de hasta qué punto la banalización sobre “el día las mujeres” en los grandes medios, radio, tve, moda, “redes sociales”… en batiburrillos ininteligibles, en revoltijos confusos —que poco o nada explican de por qué el resto del año las mujeres están desaparecidas— puede devenir en hartazgo y afirmación de lo que hay. En la radio, por ejemplo, el día 8 de marzo, son capaces de dedicar espacios a obras de músicas y compositoras… pero en modo alguno revelan el androcentrismo que las ha mantenido, y mantiene, en la oscuridad. Eso implicaría tomar medidas radicales en muchos ámbitos y no parece que se esté por la labor. Por supuesto, por seguir con el ejemplo, las programaciones pueden olvidar al día siguiente que hay compositoras, intérpretes, directoras de orquesta, ensembles de mujeres que compiten en inferioridad de condiciones en las redes de poder masculinas…Auténticas genias siguen ausentes de los libros de texto, las profesionales de la música o no están o son anecdóticas en conciertos afamados, en los programas de los grandes auditorios, en las discográficas…
La trituradora del patriarcado capitalista trata de invalidar el sentido de las reclamaciones ciudadanas. Da igual que sea el “día de la paz” que el “día de las mascotas”… Se cumple formalmente un día —performativamente, incluso, porque se montan saraos para todos los gustos, marbetes y colores, tal como el mercado exige, esto es, que la gente pueda “elegir”— pero de ello no tiene que seguirse coherencia alguna en las decisiones políticas. Quizá, habituada a la incoherencia y el espectáculo, la sociedad ni la espera ya. Así, el “día de la paz” coexiste con el hecho de destinar millones de euros a las guerras del capital (véase actualmente en Europa la sangría de los presupuestos de los Estados para contentar al amigo americano). Se intenta neutralizar la potencia democrática de justas demandas sociales, como viene ocurriendo con las vindicaciones feministas. El bulldozer patriarcal-capitalista procura anular la indignación de las mujeres y prueba a suplantar la agenda feminista por una lista de deseos a la carta o una ringlera de felicitaciones.
En fin, la tinta de calamar en connivencia con los grandes medios de comunicación es recurrente y no deja de producir sonrojo e indignación. Un titular rezaba recientemente: “El muro del feminismo frente a la amenaza global de la ultraderecha marca el camino del 8M”… Como si no supiéramos que la derecha o la ultraderecha, los socio-liberales del gobierno o la ristra de formaciones de la auto-identificada izquierda coinciden en la misoginia. Obviamente, la ultraderecha nos lleva a un indeseado escenario medieval, pero eso no significa que el resto de formaciones atienda las reclamaciones de dignidad de la mitad de la sociedad: la prostitución o la pornografía, por ejemplo, son temas en los que el consenso, de facto, existe.Y luego se obstinan, de forma machacona hasta el hastío, en que todo es feminismo, a pesar de las incoherencias y el sinsentido —lo mismo que le ocurre a la señora ministra, que no discierne—. Insisten en que el feminismo está dividido, que, en realidad, hay que hablar de “feminismos”, que existe “debate”, que hay que clarificar posturas…Ante este panorama, como ya otras compañeras han manifestado en este y otros medios, no queda sino seguir analizando, argumentando, construyendo desde abajo redes intelectuales y sociales, como siempre ha hecho el feminismo… pero, también, es hora quizá de apoyar formaciones políticas que tengan como bandera la agenda feminista, o sea, el horizonte una sociedad más justa.








