Microcuentos antes de Navidad (I)

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Alberto Martínez; @DomingoAlbMtnez

La serenata

Imelda apoya el estuche en un banco y afina el ukelele. Un celador con mascarilla se detiene y mira hacia el patio; una doctora lo imita y detrás varios pacientes, entre ellos Angelino, su marido. Se conocieron en Brooklyn, hace toda una vida. Él era moreno e inquieto, ella cantaba y servía las mesas en un café destartalado. Angelino tenía la mirada sonriente, ahora se siente como un pez en el lavabo. Mejora cada día, pero esta es la primera Navidad que no van a estar juntos. Ella lo nota cuando hablan por teléfono, por eso se ha pintado los labios de rojo y lleva puesto el gorro de renos que le regaló los últimos Reyes.

Rasguea las cuerdas y empieza a cantar All I want for Christmas is you, de Mariah Carey. La voz le tiembla al principio, pero enseguida se entona. Angelino se ajusta las gafas. Oír a su mujer le hace pensar en el balcón de su casa, cuando ella riega los geranios y él, en la cocina, prepara la pasta y la observa con disimulo.

La sua piccolina, musita, la sua bambola.

Cuando termina, le lanza un beso a través de la ventana.

La vuelta al mundo con 80 años

Comprueba que lleva lo necesario: la biodramina para el mareo, el pasaporte, el termo de café con un chorrito de aguardiente que le habrá puesto Mamá, el cargador del móvil y el navegador GPS, las bolsas de plástico y los guantes desechables por si a algún reno le da por hacer sus cositas en mitad de un tejado (últimamente llegan a Laponia más multas que cartas), la documentación del trineo… Un rostro arrugado como una pasa asoma por la puerta entreabierta.

—Todo listo, boss.

—¿Las cadenas para la nieve?

Es Krampus, el viejo duende jefe, que asiente —ipso facto, boss— y desaparece.

El cuco da la hora desde su casita en los Alpes. Al incorporarse, ¡uf!, nota un crujido en la espalda. Piensa en todas las chimeneas que va a tener que subir y bajar durante horas, en el hollín y la mugre. «Estoy muy viejo para estas mierdas», suspira Santa Claus, frotándose los riñones. El año que viene lo manda todo por Amazon.

Y se va a Benidorm.

Unas piernas nuevas

menuda cola queda…, y la mitad serán suyos, como si lo viera, al negrito, mamá, al negrito, lo que hay que hacer por los hijos, salir del taller para entrar de mamarracho en el SEPU, si no fuera por la extra de qué, claro, pero los zapatos de la Cloti cuestan un riñón, que son especiales, le explica el doctor, los traen de Alemania, como el repollo, no te jeringa, quiero el Autocross Turbo de Falomir y el Hundir la flota de MB, el muñeco de He-Man con el castillo de Grayskull y el Supercinexin con la película de Popeye va de safari y Goofy esquiador olímpico, él lo único que quiere es que a la niña no se le engarabiten las piernas, para bailar, dice la Cloti con ese salero tan suyo: quiero unas piernas nuevas para bailar, ¿eh, papi?, se lo suelta así, ay, y a él se le rompe el alma, ya no le importa que le pinten la cara con betún ni tener que aguantar a mostrencos como este, un robot con luces que ande solo y la película de Pinocho y Gepetto en la tripa de la ballena, Donald en el río de los cocodrilos y el Oso Yogui en pánico en la despensa, yo sí que te voy a dar a ti pánico en la despensa, tú harás corto de bollycaos, ¿no, rico?, se le ha dormido la pierna y el Oso Yogui este, erre que erre, a ver si apaga el casete un rato, ¿por qué siempre le tocan a él los pelmas y no al Melchor de los? ¿Ya?, pues ale con tu madre, nene. Arrea a hacer puñetas…, y no te quejes de la colleja que va de regalo

Reciclaje profesional

La de vueltas que da la vida, piensa; y se retuerce en la silla, que ya le está haciendo un siete en el trasero. ¡Un camello!, ¡su reino por un camello! Observa el reflejo que le devuelve la puerta de la secadora: un anciano de pelo blanco, suspira, la barba descuidada, en ropa interior de franela (que también —se rasca con disimulo— habría que ir pensando en lavar) estampada con coronitas. ¡El oro, ay!, ¡esa es otra! ¿Cuánto no habrá él regalado? Y ahora no le llega (repasa la calderilla en la palma de la mano) ni para el aguachirle este de la máquina.

Saca el uniforme de la secadora, mientras por megafonía se repite el estribillo de una ranchera:

pero sigo siendo el rey.

Melchor se pone la chaqueta, el pantalón rojo Coca-Cola; se encasqueta el gorro con borla.

—¡Jo, jo, jo! —ensaya, para cuando el cliente le abra.

Se carga a la espalda la mochila de Glovo.

Y arranca el patinete eléctrico.

Postdata

A mi padre, que murió en la guerra, y a mi madre, que no le sobrevivió ni un par de años, tosiendo y tosiendo, fregando escaleras. A mi hermano Evaristo, cabo de la Benemérita, que un día agarró la tercerola, tiró para el monte y adiós, muy buenas, y al Desi, mi primo, el practicante. El Pasmao, que le decían los del bar de la plaza, ¡y tanto! Diez meses me tuvo paseo arriba, paseo abajo, hasta que le dio por hincar la rodilla, ¡qué hombre! Al Tío Fideo, el pastelero, y a su mujer, la Terele, que se echaron al café insecticida creyéndolo azúcar, ¡menudos dos cafres! El Marquitos, mi nieto, andará con el camión por Holanda, igual que su hermana, la Paula, de enfermera en Italia. Y la Vicentica, don Dimas y el Horten, a todos los otros, que ahora me olvido. Dichosa cabeza.

Queridos Reyes Magos:

Me llamo Etelvina y tengo 94 años. Estas son las primeras fiestas que voy a estar sola. Por eso, y como he sido tan buena, quisiera que me trajeseis la última Nochebuena que pasé con toda mi familia junta.

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