La Corea abierta y democrática

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Durante años nos han dicho que Corea del Norte es un estado dictatorial y hermético del que no se sabe nada salvo la maldad de sus dirigentes y la terrible represión y explotación de su pueblo. Curiosamente todos sabíamos quién gobernaba allí y sus programas de defensa y economía, pero no teníamos ni pajolera idea de quién mandaba en la modélica y desarrollada Corea del Sur. Esta semana nos hemos enterado.

En realidad el intento de autogolpe de estado de estos días en Seúl por parte de Yoon Suk -yeol —¡por fin hemos sabido quién mandaba en a Corea democrática y abierta!— no es nada anormal si tenemos en cuenta la historia del estado surcoreano desde el armisticio de 1953. Hasta bien entrados los 80, Corea del Sur era un estado claramente dictatorial dirigido las más de las veces por militares golpistas. Creo que la mejor forma de definir los golpes de estado y traiciones en la cúpula del poder sería decirles que ocurría, allí de verdad, lo que día y noche nos han dicho que ocurría en el Politburó de Stalin.

Si me dejo llevar por mi vena de historiador podría aquí empezar a desvelar toda la historia del estado surcoreano desde los tiempos de la guerra, donde la directriz de las fuerzas surcoreanas y norteamericanas era el asesinato sistemático de cualquier civil llegado del norte en prevención de una potencial quinta columna. También en cada ciudad que tomaban. No existen cifras oficiales de víctimas de esta práctica pero, por ejemplo, en Taejon en, 1950, según Domenico Losurdo, 1700 coreanos fueron obligados a cavar sus tumbas antes de ser asesinados.

Pero centrándonos en tiempos más modernos, lo cierto es que hasta el lavado de cara que supuso para la dictadura surcoreana la celebración de los juegos olímpicos de Seúl, en este estado había una enorme lista de libros prohibidos, de prácticas abusivas sobre los trabajadores, y de represión terrible contra cualquier intento de oposición a los sucesivos militares que iban ocupando los puestos de poder. En occidente curiosamente sabemos mucho de las prácticas de purga y represión del gobierno norcoreano, pero hasta esta semana muy pocos conocían, por ejemplo, la Masacre de Gwangju en 1980, ocurrida cuando en dicha ciudad sindicatos, estudiantes y ciudadanos se levantaron contra el déspota de turno, Chun Doo-hawn, recién llegado al poder, como no, con un golpe militar.

Pero es que llegando ya a la actual Corea del Sur, plenamente democrática según nos dicen, esa que surgió a partir de los movimientos democratizadores de los 80 y de los juegos de Seúl en una operación muy similar a la de nuestra «modélica transición», por más que todas las instituciones sistémicas aprueben la actual estructura del gobierno surcoreano, lo cierto es que los partidos están muy influidos por las grandes corporaciones que al amparo del modelo Chaebol controlan el país. LG, Hyunday y Samsung son quienes deciden de qué se habla y qué llevan en su programa los partidos y gobiernos.

Sobre las condiciones de vida de la mayoría del pueblo surcoreano, libre y feliz, según oímos, en contraste con el terrible terror y represión que se practica en el vecino del norte, más allá de lo que nos muestran películas como Parásitos (Boon Joon-ho, 2019) sepan que en Corea del Sur es obligatorio permanecer en el puesto de labor hasta que el jefe decida irse. Dado que la inmensa mayoría de la clase obrera surcoreana vive lejos de su lugar de trabajo, muchos operarios y estudiantes, ante la imposibilidad de llegar a sus casas en horas razonables, duermen en saunas por cinco euros la noche. Estas condiciones de trabajo hacen que el alcoholismo esté muy extendido entre la clase trabajadora surcoreana, siendo común que algunos de los clientes de dichas saunas mueran por la mezcla de alcohol y calor. Y lo más estremecedor de todo: en Corea del Sur hay anuncios y carteles con motivos familiares en lugares como los andenes de metro, puentes etc. El motivo es que la presión laboral extrema ha dado como resultado índices de suicidio récord y allí donde uno podría acudir a quitarse la vida se hace campaña para convencerle de lo contrario.

Vemos, pues, que que un gobernante surcoreano decida implantar la ley marcial por riesgo a perder una votación parlamentaria, no es nada extraño y, de hecho, si lo comparamos con sucesos como los de Gwangju en 1980, en realidad es de lo más suave que ha ocurrido en Corea del Sur desde la creación del estado. Por lo menos esta vez parece que el mandatario golpista se irá sin llevarse a nadie por delante. Pero de todo esto los medios que nos informan no nos habían hablado en décadas. Estaban muy ocupados convenciéndonos del hermetismo y la maldad de Corea del Norte. Mostrándonos las purgas de políticos norcoreanos, que en no pocas ocasiones «resucitaron» apareciendo en desfiles o celebraciones algunos meses más tarde. Esta vez nos hemos enterado de cosas que ocurren en la abierta y democrática Corea del Sur. Sería un buen momento para comenzar a informarnos de verdad de la situación en tierras coreanas. ¿Empezaremos a ver en los documentales y medios que profusamente nos hablan de Paracuellos y Katyn lo sucedido en Taejon o Gwangju?

Cuadro de Pablo Picasso inspirado en los fusilamientos de Goya sobre las matanzas de prisioneros por parte de norteamericanos y surcoreanos en la Guerra de Corea.
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Yago Pérez Varela
Yago Pérez Varela (Madrid). Aunque en cierta época se fijó en las ciencias, acabó notando que la historia era su pasión y lo que le gustaba. La historia le ha permitido ejercer labores gratificantes en documentación e investigación, pero al ser un villano también ha conocido empleos precarios. Quiere a su villa natal de Madrid, aunque le preocupa ver que a veces paga el precio de ser capital de un país, y como tal, refugio de oligarcas.

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