Malismo

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Esta semana ha saltado la noticia con una nueva estafa al erario público de políticos de derechas. En este caso ha sido el vendido como «cercano y moderado» José Luis Martínez Almeida, alcalde de Madrid y portavoz del Partido Popular hasta el enfrentamiento que partió la formación en dos. La investigación no ha hecho más que comenzar, pero los detalles sobre el delito que la Fiscalía Anticorrupción achaca a dos comisionistas han indignado a mucha gente, y así lo han vertido en las redes sociales. Las mismas donde encima han aparecido mensajes de los imputados hablando de ejemplaridad en la pandemia y metiéndose con determinadas figuras, como los actores del cine español. Pero lo que me parece interesante son las respuestas que han recibido por parte de trolls y seguidores del PP madrileño. Básicamente variantes de «Cómo os jode, ¿eh, rojos?». Respuestas que también fueron las más habituales cuando la hermana de otro comisionista y posible, muy probable, carnicera de las residencias madrileñas, Isabel Díaz Ayuso se enfrentó a Pablo Casado a cuenta de los negocios que su familia habría hecho durante la pandemia.

Si hasta hace poco se adjudicaba a ciertos políticos demagogos o inoperantes la etiqueta de «buenistas» —por ejemplo, si daban ayudas económicas ineficaces en la práctica—, ahora parece abundar un fenómeno inquietante: algunos votantes y medios de comunicación parecen enaltecer y fomentar la crueldad, el abuso y los ataques contra adversarios políticos o determinados colectivos. El historietista y guionista de varios medios Mauro Entrialgo ha dado en denominar este fenómeno «malismo».

Hay que definir bien lo que es este malismo de nuevo cuño. Los políticos partidarios en mayor o menor grado de la economía liberal siempre han sido proclives a medidas o políticas que dificultaran la vida a ciertas personas o colectivos, pero tradicionalmente intentaban venderlas como necesarias o liberadoras en aras de bienes mayores o destinadas a paliar determinados problemas. El malismo, explica Entrialgo, consiste en que además se presume de ello. Y lejos de pasarte factura, una sarta de palmeros asalariados o no, te ríen la gracia y te aplauden habitualmente con el argumento de las gónadas: «¡Qué huevos le echa Trump!». Ya que nombramos al ex mandatario estadounidense, este era un modelo insuperado de malismo, siempre amenazando y presumiendo de su trato inmisericorde a los inmigrantes, a Corea del Norte, a Rusia a Irán y, sobre todo, a China.

Pero en España ya tenemos ejemplos clarísimos del fenómeno, y no sólo en ese Vox que presume de su desprotección a las víctimas de la violencia de género. Una de las máximas figuras del Partido Popular, Ayuso, ha cimentado su éxito en el puro malismo: ha insultado llamando «mantenidos y subvencionados» a quienes forman las llamadas colas del hambre, ha calificado de derroche las ayudas a madres con enfermedades graves, ha defendido la no investigación de los casos de pederastia en la Iglesia, y a la carta de una niña sin luz en la Cañada Real respondió que «Yo no gestiono sentimientos». También replicó que la izquierda «predicaba la moralidad». Yo, sinceramente, no veo otra posible conclusión a esta respuesta salvo que para ella defender cualquier tipo de ética es absurdo.

También García Albiol, durante su etapa como alcalde de Badalona, respondió sobre la muerte de tres personas en un incendio que eran «personas conflictivas que creaban problemas».

Recientemente el «cercano y moderado» Almeida, cuando lograron arrancarle el nombramiento como hija predilecta de Madrid de Almudena Grandes hizo una declaración chulesca y despectiva a la escritora desaparecida: «No merece ser hija predilecta de Madrid, pero ya tengo los presupuestos». Citando a Entrialgo, el creador del término del que hablamos, aquello significaba: «Mala gestión. Mala persona. Incluso mala educación. Malismo de libro».

Quien presume de actos y declaraciones como las citadas, en teoría, debería despertar un tremendo rechazo en todo el que lo oiga. Pero, sin embargo, Vox está ahí como tercer partido más votado de España, y Ayuso arrasó en las elecciones madrileñas presumiendo de obstaculizar cualquier medida de contención de la pandemia y de convocar manifestaciones contra las mismas para que los más egoístas pudieran tener su cañita en la mano.

Este comportamiento en las altas esferas tiene un efecto claro: si los dirigentes de las instituciones públicas dan ejemplo en el sentido de que la ética y la humanidad son algo secundario y de que la crueldad cuasi psicopática con los más desfavorecidos es muestra de fortaleza y valentía, un montón de cobardes y descerebrados se sienten liberados para dar rienda suelta a su bajeza y su ruindad: los delitos de odio y la violencia de género están aumentando.

Es preocupante ver que se perciba como una virtud de un político el molestar al adversario —les aseguro que casi siempre el motivo de los que votan a Ayuso en Madrid es que jode a los rojos al Sánchez—, pero cuando en virtud de este «mérito» se convocan manifestaciones de apoyo a los presuntos corruptos o aumentan ciertos delitos ya deberían saltar todas las alarmas. No se trata solo de imbéciles en Twitter.

Tweet de Mauro Entrialgo donde define el concepto del «malismo»

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