Juan sin miedo

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Juan Sin Miedo es un sugerente cuento para infantes escrito por los hermanos Grimm, que narra las aventuras de un joven valeroso en la vieja Europa.

Nosotros, los peruanos, tuvimos –sin que fuera de leyenda- otro Juan Sin Miedo, de quien, este 24 de diciembre se cumplieran 44 años de su partida. Juan Velasco, fue figura emblemática del Ejército Peruano, y uno de los hombres más descollantes del Perú del Siglo XX.

Se fue un día como hoy, en la víspera de la fiesta navideña, y sin ninguna convocatoria previa, centenares de miles de hombres y mujeres se volcaron a calles y avenidas de la capital, para acompañar hasta su última morada a este valeroso soldado que supo dar lecciones de coraje y consecuencia en los duros años del pasado.

No podría ignorarse una fecha como esta. Ni perderse la ocasión de rendir homenaje a una figura que supo encarnar los retos del momento y alzar la dignidad al tope poniendo en las manos de millones de peruanos las más altas responsabilidades de su tiempo.

Y hay que hacerlo, a despecho de quienes vieron afectados sus mezquinos intereses, o de los que cantan, en tono lúgubre, demoniacas amenazas contra el pueblo.

Unos y otros clamarán dolientes por la “democracia rota”, como si fuera entera la que tuvimos antes, y que asoma reciclada en nuestro tiempo; siempre al servicio de viejas camarillas defensoras de un pasado de hambre y de miseria, de servilismo y obsecuencia.

Hoy se repiten las mismas monsergas de antes. Se llenan la boca hablando obscenidades en procura de denigrar una figura que luce enhiesta en el corazón de todos los que alguna vez soñaron con un porvenir mejor para la patria.

El odio acumulado por los espectros del pasado; no podrá nunca afectar la imagen, ni la figura, de quien ahora es simplemente un hombre de leyenda porque vive sonriente en la cumbre de la historia.

César Calvo, una de las voces más calificadas de nuestra poesía, aludió en su momento, y  con creciente adhesión y cariño, a “los ojos de Juan”, y los  comparó con los de Pachakutek “cuando alzó fortalezas más altas que los cielos”;  con los de Tupac Amaru “cuando eligió ser muerto, antes que ser silencio”;  con los de Bolívar, cuando miraba “debajo de la sombra”; con los de Leoncio Prado, Atusparia y Mariano Melgar, el cantor y guerrero “que afila todavía sus ojos en el viento”.

Premonitoriamente, el poeta, aseguró con fuerza. “No han de apagarse nunca tus ojos, compañero / En los ojos de todos, han de seguir abiertos / Han de seguir por siempre soñando, combatiendo”.

Y vale recordarlo porque finalmente, resultó cierto. Hoy, cuando la luz se apaga y caen las lágrimas del pobre; cuando nos ataca la silente mirada de los niños con hambre; cuando asoma cada mañana una esperanza, y cae por la tarde; agobiada por el peso de la frustración, o de la inconciencia; los ojos de Juan alumbran un camino.

Y recordamos con ellos la historia ya vivida. El rostro curtido del obrero, las manos ajadas de quienes cultivan la tierra, la risa esplendorosa de la muchacha andina; la lánguida canoa que surca los ríos de la selva; el mar azul que baña nuestras costas.

En cada expresión de grandeza, en cada grito de batalla, en cada gesto de esperanza, los ojos de Juan renuevan el compromiso que muchos conocimos, y que valoramos, aun en nuestro tiempo.

El Perú comenzó a ser distinto desde el inicio de su gestión, el 3 de octubre de 1968; pero se bañó en dignidad y en firmeza pocos días más tarde, cuando las tropas de la  Primera Región Militar con sede en Piura, ocuparon las instalaciones de la empresa imperialista y recuperaron para el Perú los yacimientos de Talara.

Aunque en nuestra historia se repitieron retrocesos, signados por el accionar de deplorables y corruptos gobiernos, no volvimos -como país- a ser el mismo de antes. Hoy, es posible constatarlo.

Quedó atrás el latifundio, y las formas de explotación inicua en nuestra serranía. También ese modo frívolo y aristocrático de mirar a los peruanos como espectros de un pasado lacerante y vasallo.

Hoy el Perú es otro, a despecho de los poderosos, porque tiene un pueblo que piensa y que combate; porque vive otras expresiones de su historia; porque siente por sus venas el palpitar de viejos luchadores.

Y porque encara una nueva opción. Asumimos plenamente lo que dijera este excepcional Juan Sin Miedo: “Nuestra primera Independencia fue por eso una gran conquista histórica inconclusa porque fundamentalmente las condiciones reales de vida de la inmensa mayoría de peruanos permanecieron, en esencia inalteradas”.

En el pasado reciente, nuestro pueblo logró con titánico esfuerzo instalar en la cúpula del Poder al exponente de un Proyecto Nacional que tiene vigencia plena, y que puede concretarse, si es capaz de superar sus limitaciones y errores;  y avanzar por la ruta trazada hace 200 años por los Libertadores de América.

Y es que los ojos de nuestro  Juan Sin Miedo, siguen mirando; y las ideas del Amauta, siguen siendo un hilo fecundo y creador en nuestro tiempo.

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